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ESTADÍSTICAS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 6 dic. 2012 11:30 por Semanario Voces
 

Hay que contratar más policías, aumentar las penas y bajar la edad de imputabilidad porque los índices de criminalidad han aumentado mucho.

El gobierno está haciendo la mejor gestión de la historia porque los indicadores económicos señalan que el PBI y las inversiones aumentaron mucho y los índices de pobreza y de marginalidad.se redujeron en porcentajes maravillosos

 

Las políticas de minoridad no tienen nada que ver con la delincuencia porque sólo un pequeño porcentaje de los delincuentes procesados son menores de edad.

Fulano va a ser presidente porque un tanto por ciento de los encuestados ha dicho que lo votaría. Pero, ¡cuidado!, porque ese porcentaje variaría si compitiera con Zutano, y se reduciría en tanto si compitiera con Perengano.

El aborto debe ser legalizado porque por año muere tal número de mujeres a causa de abortos ilegales. Y el asunto debe ser plebiscitado porque un tanto por ciento de la población ha respondido de tal o cual manera a las preguntas de determinada encuesta. O no debe serlo porque otro tanto por ciento respondió diferente a otra encuesta.

La violencia doméstica, o los accidentes de tránsito, o cualquier otra desgracia, son la principal causa de muerte, y un asunto político central, porque las estadísticas indican que cada tantos minutos muere alguien por alguna de esas causas.

 

NÚMEROS QUE MATAN

Las estadísticas se han vuelto el argumento privilegiado en toda discusión pública.

Ya no importa si las cosas son o no son. Ni si algo es importante o no lo es. Ni cuáles son los fundamentos para jerarquizar un problema o los criterios para buscarle una solución. Tampoco si lo que se propone hacer es lógico, sensato, justo o conveniente. Lo importante es respaldar con números aquello que se afirme o se quiera hacer.

Una reciente polémica entre el Ministerio del Interior y un “Observatorio” particular, vinculado al Partido Colorado, sobre las cifras anuales de homicidios, puso en evidencia esta realidad.

El “Observatorio” afirmó públicamente que el Ministerio mentía al dar las cifras anuales de homicidios. La base para esa afirmación era una estadística paralela, obtenida mediante el recuento de los homicidios sobre los que da noticia la prensa. La diferencia, en todo caso, era de unas veinte muertes, en un total de varios cientos.

El Ministerio salió enérgicamente al cruce de esa versión, afirmando que sus cifras son verdaderas, que los criterios estadísticos que utiliza son los recomendados por el BID y los mismos que aplica un número considerable de países latinoamericanos. Aprovechó a agregar que el Uruguay está estadísticamente en buena posición en el ranking de esos países.     

Desde ese momento, la polémica prescindió olímpicamente de las causas de los homicidios, de sus efectos y de lo que debería hacerse para evitarlos. Lo importante era cómo se los contaba. Porque quien pudiera agitar en la mano números válidos tendría la razón.

 

SOBRE UNA FORMA DE ARGUMENTAR

¿En qué momento las estadísticas se volvieron la “vedette” del debate público? ¿Por qué colonizaron a la política, desplazando al instinto, a la intuición y al sentido común de los viejos caudillos y a la retórica de los viejos “dotores”, invocadora de valores morales, plagada de teorías y de citas de la antigüedad clásica?

El momento, aunque no bien determinado, seguramente sea la segunda mitad del Siglo XX. El por qué es mucho más importante y difícil de determinar.   

Probablemente la clave esté en el creciente prestigio y protagonismo de las ciencias sociales.

Existe algo que podríamos llamar la paradoja del positivismo. Paradoja por lo que, pese a que la confianza ciega en la razón y en la ciencia ha perdido pie en la epistemología, sigue campeando en el saber popular, que se somete sin dudarlo mucho cuando alguien alega el carácter “científico” de cualquier afirmación.

Ese fenómeno ha beneficiado, más que a las ciencias sociales, a los cientistas sociales, sociólogos, politólogos, economistas, etc., cuya opinión cumple ahora el papel de “sabio de la tribu”.

Pero hay otro problema. El hecho es que, por alguna razón, los cientistas sociales suelen sentir una especie de complejo de inferioridad ante las ciencias “duras”. Ansiosos de producir un saber “cientifico”, objetivo y apodíctico, tienden a adoptar los métodos de las ciencias “duras”. Así, la medición y el conteo se valoran mucho más que cualquier otro método. El resultado es que aquellas cosas que no pueden ser contadas o medidas dejan de ser objeto interesante para la mayor parte de los cientistas sociales.

Por ejemplo, es mucho más fácil y seguro contar la cantidad de homicidios ocurridos en un año, o  medir la intención de voto o el crecimiento de las exportaciones, que estimar los efectos que traerá la pérdida de religiosidad, o la libertad sexual, o el surgimiento de una nueva teoría filosófica, o los cambios de contenidos del sistema de enseñanza, en una sociedad determinada. Por eso, una cantidad ingente de cientistas sociales se vuelca a contar votos y homicidios, o a medir exportaciones, mientras que los otros temas, que en realidad son tan o más importantes, quedan librados a la especulación filosófica o a pensadores “outsiders”, que siempre los hay.

Hasta acá la simple dada cuenta de un hecho: la sociedad uruguaya, al menos, es cada vez más propensa a aceptar aquellos argumentos que son presentados como “datos científicos objetivos”. Aunque no los entienda y desconozca los criterios con los que fueron medidos o contados.

 

LAS ESTADÍSTICAS “MIENTEN”

“Mienten” de varias formas.

Para empezar, porque no son objetivaS. Quien decide los criterios de medición está decidiendo también, en buena medida, qué parte de la realidad tomará en cuenta y cuál será el resultado que obtendrá. Es lo que puso en evidencia, en un tema de fácil comprensión, el debate metodológico entre el Ministerio del Interior y el “observatorio” del Partido Colorado. Esto lo sabe también todo el que hace encuestas, en las que el resultado depende mucho de cómo se formulen las preguntas.

En segundo lugar, la investigación en ciencias sociales altera la realidad. No es como en las ciencias naturales. El volumen de las lluvias caídas al Norte del Río Negro no cambiará cuando se difundan los resultados de la medición. En cambio, la intención de voto, o el número de actos de violencia, o la confianza en el sistema bancario, pueden modificarse y en general se modifican cuando se difunden mediciones sobre ellas. Ignorar que los pretendidos “datos científicos” operan como argumentación o como incidencia sobre la realidad,  sólo puede ser ingenuidad o mala fe.

En tercer lugar, hay una falacia muy habitual en nuestro medio. Es la de justificar una medida cualquiera (baja de la edad de imputabilidad, uso de métodos inconstitucionales para combatir la violencia doméstica, etc.) por los altos índices estadísticos del problema que se pretende resolver. El que un problema sea grave o estadísticamente muy frecuente (que no es lo mismo) no significa que cualquier medida sea adecuada o justificada para resolverlo. Son dos debates distintos, que solemos mezclar alegremente. 

Lo más importante, sin embargo, es que las cosas más delicadas y trascendentes de la vida suelen no dejarse medir ni contar con facilidad. Los cambios culturales, la pérdida o creación de valores, los sentimientos, los cambios de actitud ante la vida, ocurren silenciosamente y por causas a menudo sutiles. Cuando aparecen en las encuestas o en las estadísticas, ya es tarde. Ya se produjeron. Y sus efectos, deseables o indeseables, son irreversibles.

 

¿HAY OTROS MÉTODOS?

Claro que hay. Y además son indispensables para hacer cosas de gran importancia.

Supongamos una modificación relevante en el sistema educativo, o un cambio en las políticas sociales. ¿Con qué criterios se debe decidirlos?

Si esperamos por las estadísticas, pasarán años hasta que los índices de aprobación, desaprobación y deserción, o los de inclusión social, nos digan si las reformas fueron positivas o negativas.

Es decir, hay decisiones vitales que deben tomarse en base a criterios que no son la medición de lo existente.

¿Qué hacer, entonces?

Hay muchas posibilidades: la observación de lo ocurrido en otras sociedades (siempre que no se copie y se sea capaz de estimar las diferencias con nuestra realidad); la escucha de la opinión de los directamente involucrados; el análisis sensato de experiencias propias anteriores; el sentido común; la clara definición de lo que se quiere lograr; la capacidad de imaginar alternativas y de prever sus efectos. En fin.

La cosa es que estas posibilidades se usan poco. En buena medida, porque estamos convencidos de que sólo podemos confiar en lo que nos es estadísticamente demostrado, lo que además nos evita tener que involucrarnos y pensar demasiado..

Este artículo no pretende negar la validez de las estadísticas. Sólo intenta decir que tienen sus carencias y que no son el único método. Que podemos y debemos abrirnos a otras formas de razonar y de debatir.        

 

    

 

 

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