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Estado de guerra Por Marcelo Jelen

publicado a la‎(s)‎ 16 abr. 2011 10:46 por Semanario Voces   [ actualizado el 29 abr. 2011 7:39 ]




 

 

La escena les resultará familiar a muchos judíos. La actividad central en los clubes juveniles patrocinados en la diáspora por partidos políticos israelíes, a los que asisten niños, niñas y adolescentes liderados por algunos adultos, es una formación marcial, el mifkad.

 

Por lo menos hasta hace algunos años, estas instituciones impartían un entrenamiento militar muy básico, sin armas blancas ni de fuego. El momento culminante del majané, el campamento de verano, era el robo de la bandera: quienes se quedaban en casa planificaban el ataque con ese objetivo. Hay victoriosos, derrotados y, a veces, lesionados. Por suerte, también se enseñan primeros auxilios.

Pocos judíos lo cuestionan. En general, lo avalan. Esta exposición temprana a la violencia refuerza, en un círculo vicioso, la misma convicción que le da origen: que el odio contra los judíos no cesará jamás, que es preciso prevenir el ataque, que Israel como estado nacional judío es la única garantía de supervivencia y que el enemigo puede aparecer debajo de cualquier piedra.

Esta banalización de la guerra crea un estado mental que justifica agresiones a enemigos reales o supuestos como si se tratara de la heroica rebelión del gueto de Varsovia.

¿Cómo? ¿Acaso Israel no es un pueblo de paz?

La respuesta es un sí enfático y un no también enfático. La militarización del estado judío y de su sociedad es extrema. Igual que en la Canaán bíblica, que en los también bíblicos reinos de Israel y Judá y en el poco conocido kanato de los jázaros en el Cáucaso septentrional entre los siglos VII y X de la era cristiana. Todos ellos vivieron en guerra casi constante desde que Abraham abandonó la avanzada Caldea rumbo a la patria que, según él aseguraba, le prometió para su descendencia un dios nuevo, severo y con pretensión de único.

Despojados de territorio —esclavos en Egipto, exiliados en Babilonia tras la destrucción del primer templo, errantes tras la del segundo—, los judíos sufrieron atrocidades injustificables, excepto en breves periodos como los de convivencia con musulmanes y cristianos en la península Ibérica a fines del primer milenio. Pero cuando dominaban su sagrada heredad, la guerra contra los vecinos (y también, vale aclarar, la rebelión contra los imperios) era su circunstancia habitual. Salomón, que reinó en paz durante 40 años, recibió el castigo divino por llevarse demasiado bien con el mundo exterior, en especial con sus mujeres.

Pasaron los milenios. Tras la victoria aliada que puso fin a la barbarie nazi, muchos sobrevivientes reclamaron indemnización. La ONU lo aceptó, pero no la pagó ella sino los palestinos, aquellos que habitaron durante siglos la tierra que los judíos creen obsequiada a Abraham.

Acá la cosa se complica. El siglo XX estaba lejos de la gesta bíblica. Ya predominaban los estados nacionales, una reacción de las ciudadanías a las artificiosas alianzas entre casas reales y a la vocación imperial de los sátrapas de turno. También había mutado la definición de judío, tan simple en la antigüedad: lo era sólo quien profesaba la religión. Hoy hay judíos creyentes, ateos, agnósticos y hasta budistas, como Leonard Cohen. Hoy, el judaísmo es religión, nacionalidad, comunidad, cultura, humor, estado de ánimo o todo eso junto, y hay quienes creen, incluso, que existe un “gen judío”. Hoy, la imposibilidad de definir un estado judío se combina con la paranoia para detonar lo peor de los fundamentalismos, lo peor de los nacionalismos, lo peor de los expansionismos, lo peor de militarismos, lo peor de los autoritarismos.

¿Hay salida? Difícil. El necesario cambio de mentalidad de la ciudadanía israelí parece distante. Gobernantes de los años 90, empezando por Isaac Rabin (asesinado en 1995 por un judío ultraortodoxo), procuraron conducir a su pueblo por ese camino, que quedó trunco. Las reivindicaciones de los palestinos, a quienes ya no se les pueden exigir más concesiones, se reforzarían con el cambio democrático que prometen las revueltas árabes contra los autócratas, cuya solidaridad se ha limitado al discurso.

Lo que da más pena es que los israelíes no hayan visto en sus primos, los descendientes de Ismael, hijo de Abraham y primer árabe expulsado de su tierra, el reflejo del dolor al que ellos mismos fueron sometidos durante tantos siglos. Que no se hubieran acercado a la tierra que creen prometida con el talante abierto, creativo y adaptable de los emigrantes que fueron, sino con la vocación marcial de los redactores del Antiguo Testamento. Que se hayan quedado tan solos y suicidas como los guerreros en Masada.

 


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