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Estupideces

publicado a la‎(s)‎ 30 abr. 2010 16:56 por Victor Garcia | Semanario Voces

El 14 de abril, en el Centro Militar, su presidente, un general retirado cuyo nombre no registré, habló para su cofradía y el mundo, en acto recordatorio de los soldados caídos en lucha contra la subversión. En primera fila, adustos, rostros de cureña, solemnes de toda solemnidad, el inefable Daniel García Pintos y dos ex presidentes de la República. El actual, y el ministro de Defensa, no fueron invitados porque a ese templo castrense tienen prohibido entrar (hay un cartel en la puerta) quienes hayan sido penados por “innombrables”. ¡Lo que se perdieron!

En un discurso plagado de consabidos lugares comunes, pronunciado con voz de mando y leído desacompasadamente –como es de rigor-, tras referencias a no pedidos de perdón y a no arrepentimientos (¿por parte de quiénes y en virtud de qué eventos del pasado?; no me quedó claro el punto), de pronto, sorprendiendo a propios y extraños, emitió un concepto tan inopinado como preocupante: ¡persistiría, hoy, 30 años después, el estado de guerra interno establecido por el Parlamento, antes de que el proceso cívico – militar  se hiciera cargo de la situación! ¡Ningún tratado de paz se firmó! –dijo el señor carlanco. ¿Entre qué partes?  Para el Guiness.

En realidad, historia repetida: en febrero de 1945, dos meses antes de que Hitler se pegara un tiro en su bunker de la cancillería, Uruguay, desnivelando la balanza (de la cordura) le declaró la guerra al Eje; beligerancia que duró hasta 1953 –año en el que, sacando al Ejército de su pelea virtual contra la nada, le cortaron los extraordinarios beneficios especiales que percibía, apenas compensatorios de los riesgos a que son sometidos los soldados en cualquier enfrentamiento bélico-. Parece mentira pero es verdad.

 La perplejidad que me provocó el hecho de saber que estoy viviendo en un país en plena guerra civil no te la puedo trasmitir. Por eso no te la trasmito. Inefable le dicen a eso, ¿no? Reíte de la NASA. Ciencia ficción. Es el globo del tiempo. Brick Bradford a nivel clarín.

Bien.

En las antípodas de lugar y circunstancias, recordando a los ocho militantes comunistas de la Seccional 20ª, Paso Molino, asesinados el 17 de abril de 1972, el senador y secretario general del PCU, Eduardo Lorier, hizo uso de la palabra y, sin mencionarlo, aludió al Pepe y le criticó iniciativas sobre el tema militar.

“Nunca podrá haber perdón porque jamás hubo confesión ni arrepentimiento” por parte de ellos.

Parece frase desprendida de sermón jesuíta. Iguales palabras. La culpa individual en el centro. ¡Excomúlgueseles! Pero. Pero... ¿Quién o qué es titular de la potestad de perdonar ese crimen? ¿Si los sicarios, tras confesar las barbaridades que perpetraron, hubieran dicho: Me arrepentí, habría perdón? ¿Acaso un exorcismo colectivo? ¿Agua bendita marxista – leninista para después? En el marco de la doctrina de la seguridad nacional, la llamada guerra sucia, fue estrategia institucional pentagonista seguida, acá, por los mandos uruguayos. Cuando los Goyos  se declararon responsables de todo lo actuado en esa emergencia, tenían razón: en las Fuerzas Armadas la verticalidad impera, se planifica, no hay libretazos. La tortura, los asesinatos, las desapariciones, el robo de niños, todo, fue resorte de los máximos jerarcas. No, de los Cordero, de los Gavazzo, ejecutores de cuarta, mandaderos. La cuestión es socio-política. Los aspectos morales, como en Hiroshima, tienden al infinito –o a cero-.

 La paz, no “firmada”, de una guerra aún ¿vigente?, o  se logra por decisiones y acuerdos políticos, al margen de plausibles pero neutras consideraciones éticas, o se aguarda a que todos los agonistas de aquel drama hayan muerto –y el tema entre en el olvido, como todas las cosas de la vida –desde los caídos, aquí, en los levantamientos del 97 y del 4, a los  55 millones en la cuenta de Stalin y a los evaporados con napalm en Vietnam-. En todo caso, cualquier salida posible vendrá del futuro –que se fabrique o que simplemente se deje venir. Lo que pasó no tiene arreglo. Percutir sobre lo ocurrido es una forma de ahondar brechas y ponerle fresa al dolor.

Guste o no, el milicaje  forma parte de la sociedad. Nació con la Patria. O antes. Funcionarios públicos. Pesando en el  presupuesto de la Nación. Con hospitales, Cajas de Jubilaciones, miseria y sitios de vacaciones para los galones en Santa Teresa. ¿Se toma como si fuera gente? ¿Se elimina, al transformar el Estado? ¿Se integra a la comunidad con tareas de beneficio social, en lugar de estar todo el tiempo al pedo en los cuarteles?

Como para esto no hay magia ni control remoto, habrá que sentarse, primero a dejar los esquemas en el tacho de la basura, después a pensar (mucho), y luego a discutir (milicos incluídos, por supuesto), y más luego a decidir. ¿O vos, lector, tenés otra? Decila o callá para siempre.

“El país no se divide por los que usan uniforme o mameluco sino entre pueblo y oligarquía” –dijo Lorier-; y siguió con clásicas oposiciones binarias. Los porteros y escolares usan uniforme; los presos, mamelucos; a veces conviene precisar -o dejar lugar para matices-; a los tajos podemos lastimarnos.

“Hay que separar la paja del trigo, depurar a los militares de aquellos golpistas que no vacilaron en asesinar a 8” –también dijo. ¿A 8 o a 800? “Aquellos golpistas” ya se depuraron por retiro; todos están cobrando jubilación; desde entonces acá, pasaron dos generaciones.

También defendió la necesidad de “cambiar las relaciones capitalistas de producción”.  ¿Revolución?  No. “Lentamente”. ¿Evolución? No. “A manera de experiencia piloto”. ¿Pruebita en el desván? Sí. “En entes paraestatales testigos”. 

Parece que el valor del silencio se va a cotizar en bolsa. 

>> por J. L. Baumgartner 

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