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Fábula del ángel caído y el hada piadosa Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 14 nov. 2011 10:29 por Semanario Voces
 

 

 

El ángel nació ángel, igual que todos los ángeles. Pero, apenas asomó su cabecita por entre las piernas de la que lo trajo al mundo, pegó un alarido premonitorio, como si supiera lo que le esperaba de allí en más. Desde el inicio entró en barrena. Era de suponer: madre soltera, adolescente, pobre, “marginal”, según la definición de los sociólogos de la época.

 

Fue en caída libre: poco o ningún cariño, muchos golpes, hambre, frío, suciedad, la intemperie o una covacha por hábitat, no terminó la escuela. Todas malas. Hasta que, en una esquina del centro, se encontró con ella. Se había trasladado allí porque entre las montañas de basura del barrio se hacía cada vez más difícil la supervivencia. Al menos en su nuevo paradero, de vez en vez, algún transeúnte le daba unas monedas que, juntadas con celo, le permitían llegar a ella. Se la presentó uno que andaba en la misma que él, quien le enseñó cómo armar la pipa y dónde y qué fulanos la vendían.

 

No podría explicarlo en palabras, pero, cada vez que la aspira con fruición, se siente tan bien como nunca antes se sintió. Aunque lo difícil viene cuando el efecto pasa. Entonces es lo peor de lo peor. Como si las fauces de unos perros rabiosos lo desgarraran por dentro, de la cabeza a los pies. Hasta la próxima dosis.

 

Hoy fue un mal día. Malo, malo, pero malo. Venía de una larga abstinencia. En toda la jornada, nadie le dio ni siquiera “una chapa”. Sin saber muy bien por qué, se metió en el contenedor de la esquina y empezó a revolver. De pronto, las encontró: un montón de pastillas multicolores. Con sus manos mugrientas, desgarró los paquetes en los que -si hubiera sabido, lo hubiese podido leer- figuraban los extraños nombres de todas ellas.

 

Se las metió juntas, en un gran puñado, en la boca. Tragó. Salió del contenedor. Agarró una de las cajas de cartón que algún comerciante de la zona había dejado ahí al lado. Caminó unos pasos, luchando con el gélido viento que venía del mar. Colocó el recipiente en la rinconada, entre el edificio y el paredón del baldío. Antes de meterse, levantó la vista y, unos metros por encima de su cabeza, vio la ventana con la luz encendida en la que se recortaba la silueta de un hombre. Sin saber cómo ni por qué, de entre la niebla que empezaba a inundar su mente, emergió la idea: “¡Qué papa la vida de ese! Ojalá yo…”. Para entonces, ya se había estrellado, inconsciente, contra la oscuridad total.

 

*

 

El hada piadosa nació de la cabeza de la joven artista. La pensó buena, sensible, ayudadora, aunque un poco despistada. La pintó en una pared de la calle Maldonado. No tiene varita mágica, ni vestido largo de seda y tules, ni bonete con una estrellita en la parte superior. Va enfundada en algo parecido a un traje de buceo a rayas blancas y rojas. Su poder reside en su mirada. Si se posa en alguien que sufre, por un hechizo benefactor, le concede un deseo, el que el desdichado quiera.

 

*

 

Se despierta entre sábanas limpias. Mete sus pies descalzos en las pantuflas. Camina hasta el baño. Se mete bajo la ducha y manipula las llaves del agua hasta que esta sale tibia. (Nunca lo había hecho, pero, de alguna forma extraña, sabe cómo proceder). Una vez frente al espejo, saca la maquinita del botiquín y se afeita. Se enfunda el pantalón y la camisa, que huelen al suavizante. Arma el nudo de la corbata. Desayuna un café con leche y tostadas. (Nunca lo había hecho, pero, de alguna forma extraña, sabe cómo proceder). Sale del apartamento. Baja en el ascensor. Ya en la calle, se sube a un ómnibus. Se apea frente al edifico de oficinas y entra. Toma una tarjeta del tablero y la introduce en el reloj. (Nunca lo había hecho, pero, de alguna forma extraña, sabe cómo proceder). Una mujer, desde detrás de un mostrador, con amabilidad, le da los buenos días. El le sonríe y le responde. Ocupa su puesto tras el escritorio y empieza a trabajar. (Nunca lo había hecho, pero, de alguna forma extraña, sabe cómo proceder)…

 

 

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