Artículos‎ > ‎

Hacia un verdadero progresismo Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 26 oct. 2012 14:11 por Semanario Voces
 

Motiva este artículo otro, que leí en los últimos días, que la revista The Economist publicó bajo el título “True Progressivism”, que se traduciría como “Verdadero Progresismo”, y que en su copete destaca que se necesita una nueva forma de política de centro que enfrente la desigualdad sin dañar el crecimiento económico. Tras haberlo leído, publiqué el siguiente tweet: “Un artículo que deben leer quienes quieran ser candidatos a presidente en Uruguay. Y considerarlo en sus programas.”

Ahora, con alrededor de 7.000 caracteres por delante, en vez de apenas 140, me propongo fundamentar mi recomendación, compartiendo con el lector los elementos principales del artículo referido.

En primer lugar The Economist dice que en el núcleo hay una falla en materia de ideas. Quizá de manera simplificadora, pero entendible y con razón, expresa que la derecha aún no se ha convencido de que la desigualdad importa, mientras que la premisa básica de la izquierda es subir las tasas del impuesto a la renta de los más ricos para aumentar aún más el gasto. Señala que esto último es imprudente cuando economías débiles requieren atraer emprendedores y cuando los gobiernos ya tienen un tamaño considerable. En ese contexto es que se plantea el repensar las cosas de un modo más contundente y a eso llama Verdadero Progresismo. Especialmente, debido a que se considera que la desigualdad ha alcanzado un nivel en el cual puede resultar ineficiente y nociva para el crecimiento.

The Economist considera que eso último es más evidente en los países emergentes. Y cita como ejemplos cómo en China se canaliza el crédito hacia empresas estatales y allegados, mientras que la élite también se beneficia de los monopolios; o lo poco que tienen que ver la riqueza de los ricos en Rusia y en India con el emprendedurismo. Mientras tanto, según la publicación, en los países ricos el amiguismo está mejor disimulado, pero igualmente existe: señala por ejemplo que una de las razones por las cuales una fracción considerable de la riqueza está en Wall Street es el subsidio implícito otorgado a los bancos “demasiado grandes como para caer”; o el caso de profesiones bien remuneradas que tienen como base prácticas restrictivas. Y con acierto apunta a la más injusta de todas las transferencias, el gasto asistencial mal focalizado: el gasto social muchas veces termina direccionado a quienes son relativamente ricos. Se muestra el caso del subsidio para vivienda en los EEUU, donde el subsidio al quintil más rico, mediante alivios en la tasa de interés hipotecaria, es cuatro veces el gasto en viviendas para el quintil más pobre. Dicho sea de paso, mucho de esto se ha visto en los últimos años en Argentina, con subsidios a los combustibles, a la electricidad o al gas, generales, que dan lugar obviamente a mayores transferencias hacia quienes más consumen del bien subsisdiado.

Dice The Economist que si la brecha de ingresos adquiere una amplitud significativa, puede conducir a menos igualdad de oportunidades, especialmente en educación. Y aprovecho para señalar que lo mismo ocurre en casos como el de nuestro país, donde existe una educación ofrecida por el Estado, de mala calidad y a la que acceden los más pobres. Ya referí en Voces el análisis de mi amigo y colega Claudio Sapelli, que ha mostrado que la distribución de los resultados de las pruebas Pisa en nuestro país es más desigual que los de la actual distribución del ingreso, lo que augura un deterioro de ésta en la próxima generación.

La propuesta

The Economist resume su propuesta, a la que atribuye “robar” ideas tanto de la izquierda como de la derecha, para enfrentar la desigualdad sin dañar el crecimiento económico, en tres puntos: competir, focalizar y reformar.

Competir. Propone atacar los monopolios y los intereses creados. El mundo emergente necesita introducir transparencia en los contratos con el sector público y leyes anti monopolio. No en vano Slim, el más rico del mundo, hizo su fortuna en las telecomunicaciones en México. También hay mucho para abrir en el mundo rico: es clave la reforma educativa y la introducción de la capacidad de elegir; ningún financista ha hecho tanto daño a la movilidad social en EEUU como los gremios de docentes. Digo yo, ¿y por casa cómo andamos?

Focalizar el gasto público en los pobres y en los de menor edad. Dice The Economist que en los países emergentes de Asia mucho dinero va para subsidios universales al combustible que favorecen desproporcionalmente a los ricos y que en los de América Latina muchos recursos se dirigen a sostener pensiones muy elevadas de relativamente ricos. Pero la agenda principal está en los países ricos, donde se deben ajustar los sistemas previsionales. El dinero ahorrado por la reducción de subsidios o la adecuación de otros beneficios, debe ir a la educación pre escolar y al reentrenamiento de los desocupados.

Reformar los sistemas impositivos. No para castigar a los ricos sino para recaudar impuestos más eficiente y progresistamente. En las economías pobres, donde la evasión es elevada, el foco debe ponerse en bajar las tasas y aumentar la aplicación de la ley. En las ricas, los avances deben darse en la eliminación de deducciones que benefician a los más ricos, como es el caso de las deducciones por intereses hipotecarios; achicar la brecha entre las tasas que gravan salarios e ingresos de capital; y depender más de impuestos eficientes que recaen especialmente sobre los ricos, como algunos tributos a la propiedad.

Finalmente, The Economist expresa que algunos aspectos de esta agenda ya han empezado a ser acometidos en diferentes países, y destaca, entre otros ejemplos, que América Latina ha invertido en escuelas y fue pionera en asignar transferencias de dinero condicionadas a los más pobres. Del mismo modo, Suecia ha revisado su reconocidamente amplio sistema de bienestar y ahora tiene un sistema universal de vouchers para la enseñanza.

Si bien hay algunos indicios de cambio, la publicación considera que los políticos tienen aún un largo camino por recorrer. El instinto de la derecha es habitualmente hacer el Estado más pequeño antes que mejor. Y el error de la supuesta igualdad de la izquierda, ante una realidad que se ha vuelto más compleja y negativa, consiste en la única respuesta de aumentar los impuestos a los más ricos.

Conclusión

Más allá de caer en estereotipos clásicos como los de derecha e izquierda, a The Economist no le falta razón y puntería con el tema elegido. El pragmatismo de tomar lo mejor de cada lado es tan lógico como razonable. Mientras que en las posiciones extremas se prioriza un objetivo por sobre el otro, el enfoque propuesto, por el camino del medio, busca cumplir con los dos en forma simultánea, lo que no es para nada imposible.

Y en lo que respecta a nosotros, en Uruguay, es además muy oportuno. Estamos a poco de empezar una campaña electoral, ya que aunque sea todavía muy temprano, todos sabemos que lamentablemente es así. Y, para bien del país, dado que eso inexorablemente ocurrirá, puede ser un buen momento para que los respectivos “centros de estudio” partidarios tengan un rol más significativo que el que sus líderes políticos le han asignado en el pasado, para lo cual es necesario el cambio en la actitud del líder. Que más allá de fungir como elementos decorativos y de apoyo, de reclutamiento y de redacción de un programa que pocos leen, los centros de estudios de los partidos y sus sectores den un paso hacia las ideas, los principios y los fundamentos. Y, con la cabeza abierta, que dejen entrar las buenas ideas que siempre se podrán encontrar en la vereda de enfrente. En cualquiera de las dos.

Comments