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Indisciplina partidaria: Bautismo por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 13 feb. 2014 15:00 por Semanario Voces

En la redacción de Voces se decidió que, a partir de esta primera edición del año, esta columna debía tener un nombre. No el título semanal, que varía cada jueves en función del tema del que trate, sino un nombre permanente, que de alguna manera exprese el espíritu general de la columna, como ocurre con la de Pippo y con las de otros colaboradores estables.

A fin de año, cuando Alfredo y Jorge me lo dijeron, no estuve de acuerdo.

“¿Por qué atarme a un título?”, pensé, “¿Por qué condicionar la libertad de la columna?”, me dije y les dije.

Ellos argumentaron varias cosas: “es bueno que el semanario tenga espacios fijos y reconocibles”, “al lector le gusta saber qué esperar de ciertas páginas”, “además le da identidad a lo que escribís”.

A mí no me gusta embretarme, pero descubrí que en la redacción no sólo Alfredo y Jorge pensaban de ese modo. Y las mayorías son las mayorías. Así que medio acepté y contesté que en febrero lo definiríamos, con la secreta esperanza de que durante el verano se olvidaran del asunto.

Supongo que el segundo diluvio universal, que parece haber empezado en enero y en el Uruguay, no ayudó mucho. Quizá la escasez de playa, la falta de bronceado, o la expectativa de un carnaval bajo agua, agudizó la memoria de Matías, que hoy, martes (estoy escribiendo el martes), me llamó temprano para reclamarme el artículo y el nombre de la columna.

Demoré en contestarle porque no había pensado más en el asunto. En la tarde me llamó Alfredo. Yo, gracias a Matías, ya había meditado un poquito y tiré dos o tres propuestas. No le gustaron a Alfredo, ni a Nora (que en este caso estaba atenta). A mí tampoco me gustaban mucho. Quedé en  llamar en pocos minutos con otra idea.

Media hora después, propuse el nombre que pueden ver (espero) encabezando esta página. A Alfredo no lo convenció mucho y a Nora le parecieron dos palabras muy largas. Quedamos en darnos un ratito para meditarlo.

Ya era de noche cuando volvió a llamar Alfredo. Acababa de consultar a Jorge, que dio el argumento definitivo para que el nombre quedara: “si en “El País” Carlos Maggi pudo titular a su columna “Producto Bruto Interno”, ¿por qué Hoenir no va a poder ponerle a la suya “Indisciplina Partidaria”?” ¡Grande, Jorge!

Así, con ese hondo entusiasmo colectivo, bautizamos a este espacio.

Ahora me toca explicar por qué ese nombre, que surgió así, con desgano y a las apuradas, me fue ganando y convenciendo de a poco.

Este es año electoral (sí, ya sé, no es precisamente una primicia). La cuestión es que los años electorales no son años cualesquiera. Traen tensiones, ambiciones y esperanzas, conflictos, publicidad abrumadora, discursos interminables y mucha, mucha, mucha disciplina partidaria. Es decir, si bien a los partidos políticos nunca les gusta que sus militantes y votantes se aparten o cuestionen la línea partidaria, en los años electorales decididamente no lo toleran. Cada cual debe alinearse en la orientación de su partido y de su candidato, sin admitir dudas, críticas o cuestionamientos, ni de adentro del partido, ni mucho menos de afuera.

Quizá por eso, en años electorales, es muy difícil o imposible para cualquier gobierno hacer cosas constructivas, sobre todo si requieren acuerdos con la oposición, así como es difícil para todos decir en nuestros respectivos partidos verdades de las que duelen, u oír debates profundos, o simplemente reflexionar más allá de la afiebrada lógica electoral, para la que toda duda esconde una defección y toda crítica una posible traición.

¿Es posible, en períodos como esos, pensar fuera de la disciplina partidaria? ¿Sería conveniente hacerlo?

Este año cumpliremos tres décadas de vida democrática, republicana y representativa. Treinta años de elegir presidentes y legisladores. En esos treinta años, los tres principales partidos  políticos han gobernado al país con discursos muy distintos. Sin embargo, hay cosas que no cambian, o cambian para peor. Así, tras todos esos años de democracia tripartidaria, casi tres cuartas partes de los chiquilines uruguayos no completan los niveles secundarios de enseñanza, y, de los que los completan, muchos no son capaces de comprender lo que leen ni de resolver problemas lógicos elementales; PLUNA, primero en manos del Estado, luego en las de Varig, y por fin en las de Leadgate, sigue siendo un agujero negro que se traga el dinero del país y la credibilidad de sus gobernantes; buena parte de la administración pública, “democratizada” por los colorados, “desburocratizada” por los blancos, y “reformada” por los frenteamplistas, sigue siendo una máquina pesadísima que se privilegia a sí misma e ignora a los ciudadanos “de a pie”; la marginalidad cultural, que empezó su crecimiento explosivo con la pérdida de empleos al final del período neoliberal de los gobiernos blancos y colorados, sigue aumentando subvencionada por las equivocadas políticas sociales de los gobiernos frenteamplistas; la inseguridad pública, relacionada en buena medida con la marginalidad cultural, sigue también su crecimiento sin importar el color del partido que gobierne; y, mientras nos desesperamos por privilegiar a la inversión extranjera, la riqueza se concentra sistemáticamente, siempre en las mismas o similares manos.

Ejercer la indisciplina partidaria es, creo, insistir en ver la continuidad de esos problemas, que sobreviven a todos los gobiernos. Es decir claramente que las conveniencias electorales partidarias no deberían acallarnos o distraernos de cosas en que nos va la vida. Y es también reivindicar el derecho y la necesidad de pensar con la cabeza puesta más allá de un domingo de octubre o de noviembre.

Esto que digo es válido, por supuesto, para nosotros, los frenteamplistas, respecto al Frente Amplio. Pero también lo es para los votantes blancos y colorados, cuyos dirigentes agitan banderas como si no fueran responsables de mucho de lo que nos pasa, como si no hubieran tenido la oportunidad de evitarlo o remediarlo.

Me pregunto, por ejemplo, si ser frenteamplista significa admitir lo que pasó en PLUNA, o que se firme casi a escondidas el contrato con Aratirí, por el que se entrega la extracción y exportación en bruto de hierro, al amparo de una ley hecha con nombre propio, al costo de sacrificar miles de hectáreas de tierra fértil y hacer un puerto, una regasificadora y un mineroducto, caros y/o ambientalmente riesgosos, para obtener unas ganancias que –basta leer la ley- no serán las que se anuncian.

También me pregunto si ser colorado y estar dispuesto a votar a Bordaberry significa creer que su propuesta “insignia”, la baja de la edad de imputabilidad, resolverá los problemas sociales del país y evitará la delincuencia como por arte de magia. ¿Alguien lo cree realmente? ¿Qué promete hacer Bordaberry que lo diferencie de los gobiernos de Sanguinetti y de Batlle, que tanto colaboraron para que socialmente  estemos como estamos?

Para terminar, hace pocos días vi a Lacalle (padre) en televisión, diciendo que su gobierno había privatizado parte de la gestión de las empresas públicas y que habría privatizado más si no se lo hubiera impedido un referéndum. Me pregunto si ser blanco significa compartir una visión neoliberal de la economía y privatizadora del Estado, como la que aplicó el único gobierno blanco de estas tres décadas. ¿Qué opinan al respecto Lacalle (hijo) y Larrañaga, candidato a vicepresidente de Lacalle (padre) en la anterior elección? ¿Es realmente eso lo que quieren los blancos hoy?

Los ciudadanos, de cualquier partido, tenemos un arma importante en los años electorales. Es el voto. Pero, si votamos acríticamente, arreados por banderas y movidos por el visceral rechazo a las banderas opuestas, desperdiciamos nuestra fuerza.

Hacer valer el voto es otorgarlo, o no otorgarlo, en función de compromisos claros y explícitos de los partidos y de los candidatos.

Pensar libremente, más allá de conveniencias partidarias,  y “apretar” a los candidatos, exigiéndoles ciertas políticas, haciéndoles saber que no se los votará si no se comprometen con ellas y que no se los volverá a votar si las incumplen, es ejercer la indisciplina partidaria. Una sana y democrática indisciplina que devuelve una parte del poder a donde debe estar: en manos de los muchos.         

 

 

 

 


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