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Indisciplina partidaria: EL CASO SUÁREZ Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 3 jul. 2014 13:30 por Semanario Voces

El Uruguay se aleja material y psicológicamente de un nuevo mundial de fútbol y las aguas vuelven lentamente a su cauce. Ya no más el país paralizado a la una de la tarde para ver “el” partido.

  Ya no más la ansiosa comunión de todo un pueblo tras la camiseta celeste. Hasta los periodistas deportivos han perdido el fervor y la omnipresencia en las emisoras de radio y televisión.

En todo el país, “desde el Cerro a Bella Unión”, la esperanza colectiva fue sustituida al principio por la rabia. Rabia contra la FIFA, que sancionó a Suárez, contra los ingleses que “dieron manija”, contra los italianos que se quejaron, contra los brasileños que “no querían enfrentarnos”. Ahora, poco a poco, la rabia va dando paso a la resignación y a un secreto sentimiento de frustración porque, una vez más, por esas o por otras razones, nos es esquiva una gloria futbolística a la que –contra toda lógica- los uruguayos nos creemos históricamente destinados.

Lentamente, a regañadientes, el país retoma su marcha. Los camiones cargados de soja y de madera recorren y rompen las carreteras; las oficinas públicas, apagados los televisores, vuelven a su soporífera rutina; los alumnos liceales, pasadas las vacaciones de invierno, volverán a estudiar y a desertar como antes, incluso los políticos recuerdan con cierta timidez que estamos en plena época electoral y se preparan a reiniciar la campaña.

No es la primera vez que el Uruguay pasa por un proceso así. De hecho, para los que nacimos después de 1950 y ya tenemos unos cuantos mundiales encima, era casi una rutina. Sólo el año 2010 nos dejó entrever un pálido reflejo de gloria, luego de décadas de oscuridad.

Lo peculiar de este año es que, por un lado, el 2010 nos había agigantado la esperanza, y, por otro, que esta vez hubo un protagonista individual,  un “héroe”: Suárez.

Extraño papel el de Suárez. Parece destinado a promover debates sobre temas respecto de los que, a juzgar por sus declaraciones, probablemente no tenga ni noticia. Así, en el mundial de 2010 puso literalmente a todo el mundo a debatir sobre ética, sobre si es lícito que un equipo se beneficie por la infracción cometida por uno de sus integrantes y sobre si una sanción que resulta inocua (el penal errado por Ghana) purga la falta y “limpia” el resultado.  Después, tras el incidente con Evra, nos hizo discutir sobre racismo y sobre la legitimidad del dudoso proceso mediante el que el fútbol inglés sancionó al propio Suárez. Ahora nos obliga a discutir sobre el significado antropológico de un mordiscón, sobre la naturaleza económica y política de la FIFA y sobre la injusta distribución del poder en el mundo.  ¡Qué jugador! ¿No?

Tengo que resistirme a la tentación que ataca a todo uruguayo de comentar la estrategia de Tabárez y de hacer de crítico deportivo o de director técnico. Mi “burrez” futbolística va a ser una ventaja en este caso. Porque el tema de esta nota no es el fútbol, ni los procedimientos disciplinarios de la FIFA, ni tampoco, pese al título, la conducta del jugador Luis Suárez. El tema de esta nota, aunque no lo parezca, es la actitud de los uruguayos ante el fútbol.  O, en otras palabras, las razones por las que el triunfo o la derrota futbolística nos resultan tan importantes.  Aunque probablemente eso me obligue a hablar sobre la FIFA y sobre Suárez.

Mi hipótesis es que la frustración individual y colectiva que sentimos ante la derrota de la Selección no  es en realidad consecuencia de la derrota sino que la precede. Es decir: el fútbol nos importa tanto porque esperamos recibir de él satisfacciones, motivos de orgullo y sentimientos de autojustificación que, por alguna razón, nos faltan.

Tal vez la mejor prueba de ello sea la cambiante percepción que hemos tenido en estos días respecto a la FIFA y al mismo Luis Suárez.

Cuando la Selección salió hacia Brasil, el campeonato mundial era el escenario difícil pero adecuado donde demostraríamos la calidad de nuestro fútbol, lo apropiado del “camino” o “proceso” de Tabárez y, si era necesario,  nuestra mágica “garra”. Nadie veía ni quería ver el oscuro entramado organizativo del futbol ni el sacrificio que esa organización le imponía -y la resistencia que le generaba- al pueblo brasileño.

La derrota ante Costa Rica –sin Suárez- nos desconcertó pero no nos mató la esperanza.  Después, los triunfos ante Inglaterra y ante Italia –con Suárez- alentaron las expectativas más optimistas y agigantaron a Suárez hasta convertirlo en el héroe que el país deseaba.  Sobre el fin del partido con Italia, Suárez cometió su aparente “falta dental”, y la FIFA, alentada por Inglaterra y tal vez por otros competidores, lo sancionó en forma tal que lo eliminó del mundial.     

La reacción de los uruguayos, al menos de los que permanecíamos en el país, pendientes del televisor, fue de rebeldía y por momentos de casi locura. De pronto “descubrimos” que la FIFA es una mafia y que la organización del fútbol reproduce las inequidades que imperan en la organización económica y política del mundo. Fue un fenómeno extraño. Ví y oí a personas conservadoras, muy partidarias de la libertad de mercado y usualmente entusiastas ante todo lo que viene del “primer mundo”, convertirse de pronto a una suerte de “cheguevarismo” radical, descubriendo la injusticia, afirmando que “el Sur también existe” y concordando con Mujica en que la FIFA son un montón de “viejos hijos de puta”. Incluso, ante rumores de que uno de los “sponsors” de Suárez, una empresa  que fabrica y vende ropa deportiva, le retiraría su apoyo, se recordó que la empresa en cuestión explota el trabajo semi esclavo de niños y en las redes sociales hubo conatos de boicot contra ella. No por explotar a los niños, sino por retirarle su apoyo a Suárez. Se vieron y oyeron cosas muy locas en estos días.

Lo ocurrido respecto a Suárez no es menos fantástico.

Se fue a Brasil al tono de “pobre Luisito, con la rodilla lesionada”. Fue un gigante en el partido con Inglaterra y empezó a convertirse en héroe nacional. Contra Italia hizo o le pasó lo que todos sabemos y, ante la dureza  de la FIFA, empezamos a convertirlo en mártir y en símbolo nacional. Ahora se difundió una carta en la que admite veladamente el mordiscón y pide disculpas, y la opinión pública uruguaya, que no le reprochó el mordisco ni haberse hecho echar, lo critica por pedir disculpas.

Luis Suarez es muchas cosas. A veces pienso que demasiadas, o demasiado incompatibles entre sí. Es un gran jugador de fútbol, es un muchacho de origen humilde del Interior del país, es una estrella mundial, es un hombre con limitada formación cultural, es un hombre rico, probablemente el uruguayo que más dinero gana y sin duda uno de los dos o tres más famosos, es padre de familia, es cara comercial de toda clase de productos, parece un muchacho bueno y es querido por sus compañeros, es una persona pasional y potencialmente violenta a la que le cuesta  respetar las reglas y que no siempre logra controlar sus reacciones, es objeto de una admiración que –él debe saberlo-  puede desaparecer tras una mala temporada, y, como todos o casi todos los futbolistas, es también una pieza subordinada y prescindible en los oscuros engranajes del  negocio del fútbol.

Si le exigimos que encarne la dignidad nacional y que encabece solito una cruzada contra la FIFA, estamos muy locos. Le estamos exigiendo demasiado y, a la vez, estamos depositando nuestra autoestima colectiva en quien no puede sostenerla.

Antes, durante y después del mundial, Luis Suárez era quien es y la FIFA también. Luis Suárez un gran jugador de fútbol y la FIFA una mafia asquerosa y poderosísima. Si queremos ver en cualquiera de los dos otra cosa, los que estamos mal somos nosotros.

A Suárez lo mejor es dejarlo tranquilo. Que disfrute de su familia y continúe su carrera deportiva como mejor pueda. Ojalá juegue por Uruguay, brillante y más sereno, en próximos campeonatos.

Respecto a la FIFA, si de verdad estamos dispuestos a denunciarla y a desnudar su corrupción, excelente. Pero entonces se requiere mucho más que el enojo por una sanción injusta. Tal vez habría que estar dispuesto a ser expulsados de los engranajes del fútbol internacional. Y no olvidemos a la enorme cantidad de empleados, socios, adulones y dependientes que la mafia internacional del fútbol tiene en nuestro fútbol y en nuestro periodismo deportivo.

La gran pregunta es cuál es el vacío que, como sociedad, pretendemos llenar con ilusorios triunfos futbolísticos.

Me atrevería a decir que es la ausencia de una causa colectiva, capaz de comprometernos y de enamorarnos.

Tenemos acá nomás, en casa, un campeonato que perdemos sin jugar. Hablo de la enseñanza. ¿Alguien ha pensado en lo que sería nuestra sociedad si, por ejemplo,  todos pusiéramos en la enseñanza pública el mismo fervor, el mismo orgullo y la misma capacidad de sacrificio que ponemos para alentar a La Celeste?   

 

 

 

 

 


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