Artículos‎ > ‎

INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¿CON SANGRE ENTRA?

publicado a la‎(s)‎ 8 may. 2014 11:17 por Semanario Voces

La madre llegó enojada a la escuela. Buscaba a una maestra, a una en particular, la que el día anterior había rezongado y enviado a la Dirección a un hijo de ella (de la ahora furiosa madre) por participar en una pelea y tomar una puerta a puntapiés.

  Cuando encontró a la maestra, la mujer la  tomó por el pelo y la sacudió hasta quedarse con mechones en la mano, luego la empujó para hacerla caer al piso y le “pateó” la cara causándole pérdida de piezas dentales.

Los hechos fueron contados por la prensa y confirmados por el Poder Judicial, que procesó a la agresora por los delitos de “lesiones” y “atentado”, aunque “sin prisión”.

Días antes, un padre fue procesado por encerrar a dos docentes en un salón y amenazarlos. En ese caso, el motivo de la agresión parece haber sido la discrepancia del hombre con el tipo de comida que su hija recibía en el comedor escolar.

Se podría pensar que éstos son hechos aislados, que desentonan con el clima habitual de convivencia en los centros educativos. Pero no es así.

Las amenazas y la violencia, incluso física, son frecuentes en nuestra  enseñanza. Compruébenlo. Hablen con los docentes. Yo lo he hecho y estoy sorprendido. Sin esforzarme mucho, me enteré de otros seis casos recientes de violencia contra docentes, que de alguna manera involucraron la actuación de los padres, no precisamente para bien. Hasta donde sé, ninguno de esos casos tomó estado público.

La violencia no es causada sólo por los alumnos. Muchas veces son los padres los que insultan, destratan, amenazan y agreden a maestros y profesores. Con frecuencia para “defender” a su hijo o hija de alguna clase de sanción aplicada por los docentes.

Estos casos espectaculares, que terminan con procesos penales, son apenas emergentes de un clima distorsionado y violento mucho más generalizado de lo que se cree. Por cada uno de estos casos que llegan a la Justicia, trascienden a la prensa y alarman a la opinión pública, hay cientos que pasan desapercibidos, tal vez porque la agresión no se concretó físicamente, o no tuvo consecuencias graves, o porque se limitó a insultos y a amenazas. A menudo estas cosas no trascienden porque los docentes prefieren dejarlas pasar, ya sea porque creen que no vale la pena o porque temen desafiar la furia del alumno o del padre o madre agresores.

El resultado de estas situaciones es lamentable. Por un lado, porque ningún proceso educativo sano puede cumplirse bajo temor. Por otro, porque los alumnos terminan viendo a la violencia como un procedimiento no sólo natural sino también exitoso, y pueden creer que es la mejor forma de resolver los conflictos, lo que constituye la negación de la enseñanza.

¿Por qué hay violencia en los centros de estudio?

La respuesta es simple. Hay violencia porque la hay en toda la sociedad, en la calle, en el tránsito, en los hogares, en los bailes, en el deporte.

Contra lo que solemos creer, la sociedad uruguaya ha sido violenta desde siempre. Primero, la colonización. Luego, las guerras de la Independencia. Después, guerras civiles sangrientas. Entre medio, el exterminio de los charrúas. Casi enseguida y hasta 1904, más guerras civiles. En 1933, un golpe de Estado con asesinatos, deportaciones y prisiones. Entre los años 60 y principios de los 70, una vida política polarizada y cargada de violencia, efectiva o latente. Luego la dictadura del 73, como expresión mayor de violencia institucionalizada.

Tal vez, si nos miramos a nosotros mismos con perspectiva histórica, lo que llamamos “paz” sean sólo períodos intermedios entre etapas de violencia institucionalizada. En otras palabras, decimos que vivimos “en paz” cuando la violencia no es ejercida desde o contra las instituciones políticas. Pero, ¿qué ocurre en el tejido menudo de la vida privada? ¿Cuánta violencia constante soportamos y ejercemos todos y cada uno de nosotros? ¿Es casual el prestigio místico de la figura del matrero, del “guapo”, del “pesado” y del que” va pa´delante” en el imaginario popular?  ¿Acaso la “viveza criolla” no tiene también una carga de violencia, aplicada más por la astucia que por la fuerza?

Quizá haya en esto un contenido de clase social. Cuando la violencia es ejercida desde las instituciones o contra las instituciones, todos, de una u otra manera, la percibimos y nos involucramos en ella. Las luchas entre independentistas y españolistas, entre blancos y colorados, entre golpistas y antigolpistas, entre izquierdistas y derechistas, comprendieron a todas las clases sociales. La violencia provenía de las instituciones o se ejercía contra quienes las controlaban. Entonces,  ningún uruguayo tenía dificultad en percibir su existencia e incluso, muchas veces, en justificar a una de las partes en lucha y desautorizar a la otra.

En cambio, cuando la violencia se ejerce a menor escala, en ámbitos privados y socialmente menos extensos, los sectores sociales más favorecidos tienden a no percibirla. Cuando es ejercida por policías corruptos o abusadores contra jóvenes pobres que no tienen dónde denunciarlos, cuando los “pesados” del barrio se “meten” con quienes saben que pueden “meterse”,  cuando los “vivos” de la escuela o del liceo someten a “bullying” al que consideran menos “vivo”, cuando un gurí “plancha” es denunciado a la policía por su solo aspecto de “plancha”, o cuando un grupo de “planchas” acosa a un gurí “cheto” (que a menudo es solo un poco menos pobre que ellos) por su solo aspecto de “cheto”, la percepción de la población acomodada y “bienpensante” es que “vivimos en paz”.

Es que la violencia “bajo cuerda”, es sufrida en mucho mayor medida por los sectores sociales menos favorecidos. Cuanto más cercanos a los márgenes de la sociedad están las personas, más expuestas están a la violencia. Y, en consecuencia, más dispuestos estarán también a ejercerla, aunque más no sea como respuesta.

Es importante aclarar que la marginalidad de la que hablamos no es sólo económica. Muchas veces, la marginalidad cultural es todavía más determinante de las conductas que la situación económica. Es decir, con los mismos ingresos económicos, una persona que disponga de las herramientas culturales para manejarse en sociedad estará mejor preparado para prevenir y defenderse de la violencia que quien carezca de esas herramientas.

Quizá ahora podamos replantearnos la pregunta sobre por qué hay violencia en los centros de estudio.

Una  hipótesis digna de análisis es la de que la marginalidad cultural ha crecido mucho en nuestro país. En otras palabras, que la violencia que alumnos y padres ejercen en las escuelas y liceos es consecuencia de que un sector cada vez más significativo de nuestra sociedad no se maneja  con los códigos bajo los que están pensadas nuestras instituciones. Por decirlo con más claridad: cada vez hay más gente que cree que los problemas se arreglan “metiendo huevo”, a trompadas o balazos.

Reitero: no es tanto un problema de pobreza como de marginalidad cultural. Porque la violencia se plantea también en centros de estudio de zonas ricas, en los públicos y en los privados.

Lamentablemente, sólo nos ocupamos de la marginalidad cultural cuando sus consecuencias terminan en un juzgado y llenan los titulares de diarios y noticieros. Pero el fenómeno crece y se profundiza cada día.

¿Qué hacer, entonces?

Para empezar, lo que no hay que hacer:  no hay que dictar una ley que penalice especialmente la violencia en los centros de estudio. Eso ya se ha hecho en el deporte y no da resultado. Las leyes para castigar la violencia, en todos los ámbitos, ya existen. En todo caso, hay que preguntarse por qué no se aplican más a menudo.

El procesamiento de los dos padres que hemos mencionado era necesario. Incluso cabe pensar que el procesamiento sin prisión de la madre que golpeó a la maestra fue una decisión demasiado débil. Mirémoslo así: ¿qué pensarán los chiquilines de esa escuela si, al día siguiente de bajarle los dientes a una maestra, la agresora anda por el barrio tan campante”

Pero el derecho penal es el último recurso de la sociedad para preservar ciertos valores. Si hay que aplicarlo todo el tiempo, si las conductas que se pretende evitar se generalizan, si a cada rato algún padre golpea o insulta al profesor de su hijo, el derecho no puede dar respuesta.

Lo que está fallando, entonces, es otra cosa. Está fallando el sentido que le asignamos a la educación. El problema es esa suerte de descreimiento que nos afecta a todos respecto a que la enseñanza –en particular secundaria- sea un camino para alguna cosa. Porque encontrarle sentido a las cosas es necesario para tenerles respeto.

Yo querría tener una receta mágica para ese problema. Pero la receta no existe.

Tal vez sería indispensable asumir que la crisis educativa es el mayor problema que enfrenta la sociedad uruguaya. Mayor que la inseguridad, que la corrupción, que las posibles crisis económicas. Darle solución sería una verdadera causa nacional, si alguna vez tuvimos alguna.

Ojalá que el año electoral no lo reduzca a un inoperante ítem más de los inefables programas partidarios.

 

 


Comments