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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou:¿LA VERDAD ES REVOLUCIONARIA?

publicado a la‎(s)‎ 22 jun. 2014 8:21 por Semanario Voces

Antonio Gramsci, un importante y a menudo olvidado intelectual y militante marxista italiano, escribió una frase destinada a perdurar y a marcar a fuego a ciertas clases de hipocresía: “La verdad es siempre revolucionaria”, dijo, y agregó algo aun más audaz: “la verdad es la táctica de la revolución”.

Gramsci  escribió esas frases estando preso por motivos políticos, en la Italia de Mussolini, y gravemente enfermo, antes de morir a los cuarenta y seis años de edad. No sé exactamente por qué (o tal vez sí lo sé), volvió a mi mente hoy, mientras leía algunas noticias y recordaba otras.

Paso revista a algunas de esas noticias. Por enésima vez, el responsable de un lugar de reclusión de menores de edad infractores es acusado de golpear y maltratar a los menores a su cargo.  Un representante de entidades financieras (léase “bancos”) se queja de que los bancos perderán no sé qué clase de beneficios por la aplicación de la Ley “de inclusión financiera”, sí, esa que hará que prácticamente todas las transacciones económicas (incluidos el pago de sueldos, jubilaciones y alquileres) deban realizarse obligatoriamente a través del sistema bancario y que el endeudamiento alcance hasta a los que no tienen para perder nada más que sus cadenas . En el Plenario del Frente Amplio, el pasado fin de semana, los grupos políticos que respaldan a Astori no votaron a Sendic  como candidato a vicepresidente, no lo votaron en la primera votación, pero lo votaron después, dando así una dudosa apariencia formal de unanimidad a la fórmula aprobada por el Plenario.

Las noticias frescas se me mezclan con otras más antiguas, como el remate de los aviones de PLUNA, con el “caballero de la derecha” comprando lo que no iba a pagar, el empresario naviero que todos conocemos manejando los piolines por atrás y un montón de funcionarios y representantes políticos festejando como un éxito lo que en realidad era un desastre. También se me mezclan con estadísticas amañadas y con el Tabaré de duro rostro pastoral decretando que “vamos bien”. Y con el de su futuro competidor electoral, vendiendo como “renovación” al viejo aparato herrerista. Y, ¿por qué no?, se me mezclan con caras de gente a la que me gustaría ver muy lejos del Presidente de la República, ciertos empresarios o pseudoempresarios, del fútbol, de la salud, del carnaval, del transporte,  acostumbrados a medrar a la sombra del poder.

¿Qué tienen en común todas esas situaciones y otras que no menciono por falta de espacio o de pruebas?

Sencillo: tienen en común la falsedad, la hipocresía, la creencia en que desde el poder –desde cualquier posición de poder- es posible narrar la realidad como se quiere, o crearla de acuerdo al propio antojo.

¿Qué pasa en el Uruguay? ¿Por qué los que se enriquecen se quejan como si se empobrecieran, por qué quienes torturan a los débiles fingen protegerlos, por qué los fracasos se presentan como éxitos y los vicios privados como virtudes públicas, por qué los que deberían avergonzarse dan lecciones de moral?  Y, sobre todo, ¿por qué nadie cree conveniente decir las cosas como son?

Entre las muchas tradiciones de la izquierda, hay algunas muy buenas y otras nefastas. Una de las nefastas es la vieja tradición que aconseja callarse, silenciar la autocrítica y“barrer hacia adentro”, para “no darle armas al enemigo”, para “no hacerle el juego a la derecha”.

Esa tradición ha estado muy viva en estos años de gobierno frenteamplista. Y, en año electoral, se vuelve casi obsesiva. 

Cuando Antonio Gramsci escribió esa frase –creo que ya lo dije- estaba preso. Y no creo que fuera por casualidad.  Tal vez su prisión confirmara el carácter revolucionario –y peligroso para el poder-  de decir la verdad.

Quizá, sin saberlo, ese pensador revolucionario, de cuerpo enfermizo y mente clara, además de enfrentar al fascismo, estaba originando una bifurcación en la actitud histórica de la izquierda respecto a la descripción de la realidad y al concepto de “verdad”.

De alguna manera, la autoritaria tradición soviética de la única y vertical “verdad oficial”, estaba siendo desafiada por otra tradición naciente, la de la verdad horizontal y plural, la de la verdad como arma saneadora de la lucha y, a la vez, como instrumento en sí mismo revolucionario.

Las “verdades oficiales” impuestas desde el poder, sin importar de qué signo o credo sea el poder, tienen siempre el mismo efecto: retraen a personas sinceras y de buena fe y atraen a oportunistas, insinceros, autoritarios y corruptos. Esto no quiere decir, por supuesto, que todos los retraídos sean sinceros y de buena fe, ni que todos los atraídos sean oportunistas, insinceros, autoritarios o corruptos. Digo simplemente que los pasillos del poder y las verdades oficiales suelen atraer a éste último tipo de gente. Conviene no olvidarlo.

Un montón de sesudos estrategas frenteamplistas se devana el cerebro en estos días para explicar la escasa participación en las elecciones internas y, muy especialmente, la muy escasa votación de los frenteamplistas. Su tarea es dura, porque deben explicarlo sin molestar al gobierno ni al poder partidario. 

Quiero arriesgar una hipótesis sobre los motivos que explican ese creciente desinterés en la participación electoral, en especial en quienes nos sentimos “de izquierda” y hemos votado históricamente al Frente Amplio.

La hipótesis es simple: muchos de quienes hasta ahora votamos al Frente Amplio  no lo hicimos para que se privilegiara a la megainversión extranjera por sobre la inversión y el trabajo nacionales en los grados en que se lo hace, ni para que la educación  se estancara y continuara expulsando a tres cuartas partes de los gurises, ni para que la mitad de los uruguayos que trabajan ganara menos de $15.000, ni para que las políticas sociales se confundieran con la caridad, ni para que nos elogiaran los organismos de crédito internacionales, ni para que un montón de tránsfugas adictos a todos los gobiernos almorzara con el Presidente.

Hay verdades que se dicen a gritos y hay verdades que se transmiten en silencio, a veces simplemente con la ausencia.

Probablemente la actitud de muchos frenteamplistas, incluso en las internas, sea un grito disfrazado de silencio.

Ojalá fuera escuchado. Porque, se sabe, no hay peor sordo que el que no quiere oír

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