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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¿Vamos bien?

publicado a la‎(s)‎ 30 may. 2014 7:10 por Semanario Voces

Las resultados de las elecciones internas del próximo domingo no serán sólo un pronunciamiento del cuerpo electoral sobre las candidaturas que competirán en la elección nacional.

Probablemente estarán indicando también cuál es la temperatura de la opinión pública en otros temas. Especialmente respecto al plebiscito sobre la rebaja de la edad de imputabilidad.

Aunque la correlación de los resultados no es para nada segura, una elevada votación de Bordaberry o de Lacalle Pou podrían estar indicando la propensión ciudadana a votar afirmativamente en el plebiscito sobre la edad de imputabilidad. Por el contrario, si otros partidos o sectores fueran los más favorecidos, quizá eso nos estaría indicando que el éxito de la propuesta plebiscitaria es menos probable.

Es que, en una campaña sin sustancia y sin debates, en la que los candidatos apuestan a la imagen, a la sonrisa y a los “jingles”, la edad de imputabilidad se ha vuelto casi el único asunto discutible y discutido.  Una especie de “parteaguas” que indica de qué lado está cada uno.

En términos hiperesquemáticos, el apoyo a la baja de la edad nos indica a un candidato más bien conservadorón, serio y severo, incluso  a riesgo de resultar medio autoritariote, poco preocupado por lo “políticamente correcto” y orientado a captar a un electorado de centro o de centro derecha. En cambio, el rechazo a la baja nos habla de un candidato “progre”, de mente abierta, “políticamente correcto” y orientado a captar a un electorado de izquierda o de centroizquierda.

Vamos a entendernos. No es que el apoyo o el rechazo a la reforma nos convierta a cada uno en alguna de esas cosas.  Es que así es presentado el asunto y tal vez así lo lean muchos de los votantes.

En realidad -como todos íntimamente sabemos- el éxito o el fracaso de la reforma sobre la edad de imputabilidad no cambiará mucho las cosas.

El gurí que está dispuesto a arrastrar por la calle a una viejita para robarle la cartera, o a copar una casa, o a pegarle un tiro a alguien durante una rapiña, no se pondrá a hacer sesudos cálculos sobre cuál es el artículo de la ley penal por el que lo procesarán o sobre dónde lo encerrarán.  Apostará más bien a que es lo suficientemente vivo como para que no lo agarren, y, en caso de que lo agarren, a que es lo suficientemente macho como para bancarse que lo encierren donde lo encierren. Es psicología callejera elemental: el muchacho que se preocupa por el futuro, el que calcula los riesgos y evita correrlos, el que tiene a su alrededor adultos afectuosos que se los señalen, no se dedica a la rapiña.

Por otro lado, la combinación de la obsesión con la inseguridad  y las ambiciones electorales han terminado por juntar a los discursos políticos en una especie de limbo centrista, incoloro, inodoro e insípido. Así, en el afán de captar voluntades que podrían apoyar al adversario, cada vez es más frecuente que los partidarios de la baja de la edad argumenten que lo importante de la reforma no es la baja de edad en sí misma sino el que se creará un lugar de reclusión y de reeducación para menores de edad fuera del ámbito del INAU, al tiempo que los contrarios a la reforma aseguran que no es necesario bajar la edad de imputabilidad para aplicar los justos castigos a los menores que delincan.

Penoso debate “a la uruguaya”, sin vencedores, ni vencidos,  casi sin adversarios.  

Hay otras cosas patéticas. Por ejemplo, ver a Larrañaga, que al parecer siente ahora que se apresuró al pronunciarse contra la reforma, prometiendo policía militarizada y “mano dura” contra la delincuencia.  Uno se pregunta, ¿y la coherencia?

Pero, claro, por sobre todo eso planea ahora la sombra del gran candidato y casi seguro futuro presidente.

 Hace poco, repentinamente, Tabaré Vázquez decidió dar un giro a la campaña del  Frente Amplio. El giro consistió esencialmente en encararla desde una óptica optimista. “Vamos bien”, decretó satisfecho, para sorpresa de tirios y de troyanos.

Aunque sorprendida, la estructura oficial del Frente reaccionó a tiempo para acomodar su discurso, hasta entonces más bien defensivo, al optimismo del candidato favorito. De inmediato aparecieron estadísticas económicas maravillosas que demuestran cómo bajó la pobreza , cómo mejoró la educación y cuánto aumentó la inclusión social. Estadísticas, datos numéricos, de esos que se logran en un papel, sumando lo que se quiere y restando lo que sobra.

Sin embargo, algunos datos de la realidad, incluso numéricos, no apoyan el optimismo del candidato.

No me refiero al aumento del número de delitos. Tampoco a que más de la mitad de la población laboralmente activa gane menos de $15.000. Me parece mucho más importante otro dato: el de que entre seis y siete de cada diez gurises uruguayos no terminan la enseñanza de nivel secundario.

¿Todos tenemos claro que hoy, para ocupar hasta los más humildes empleos, se exige tener secundaria completa?

Sí, para ser ascensorista, o cajero/a de supermercado, se exige secundaria completa. Ni hablemos de trabajos de mayor remuneración.

Eso quiere decir que en un futuro muy próximo casi tres cuartas partes de nuestra juventud no va a estar capacitada para desempeñar  trabajos calificados que les permitan ganar sueldos decorosos.

¿Cómo vamos a ir bien en esas condiciones?

A ver, lector, ¿durante cuántas elecciones  el tema “enseñanza” ha sido puesto a la cabeza de las necesidades del país? ¿Y qué se ha hecho hasta ahora?

¿Cómo es que “vamos bien”, entonces?

Iremos bien si se mira el ingreso “per cápita”, porque alguna gente está ganando mucha plata. O si se mira la recaudación de la DGI, porque de que se recauda mucho nadie puede dudar. Hasta se puede creer que vamos bien porque se gasta mucho. Pero gastar mucho no es lo mismo que gastar bien.

Aceptemos que “vamos bien” en la macroeconomía. Pero,  ¿qué pasa en lo social? ¿Qué sociedad estamos construyendo, si la mayoría de los jóvenes no termina los niveles obligatorios de enseñanza, los que necesita para trabajar?

En el fondo, el pseudo debate sobre la edad de imputabilidad es una gran nube de humo que permite que pasen desapercibidos los problemas realmente importantes.

Los delitos no van a disminuir porque se encierre a los chiquilines a los dieciséis años en lugar de a los dieciocho, como quieren algunos. Tampoco van a disminuir si se hace la vista gorda y se  los acaricia con algodones , como quieren otros.

Los delitos disminuyen cuando aumentan la educación y el trabajo calificado y bien pago.

Las dos cosas para las que no estamos preparando a los jóvenes.

Esos mismos jóvenes cuya pobreza cultural y material disimulamos en las estadísticas con transferencias económicas y asistencialismo social

 Esa es la causa de que los delitos aumenten. Y sobre todo es causa de la enorme falta de entusiasmo, de solidaridad y de integración que afecta a la sociedad uruguaya

Por eso no “vamos bien”.

 

 


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