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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ANEP, CEIBAL, GOOGLE: “MENAGE À TROIS”

publicado a la‎(s)‎ 1 jul. 2015 16:09 por Semanario Voces

Un reciente convenio celebrado por la ANEP y el Plan Ceibal con la gigantesca empresa de internet “Google” está despertando fuertes resistencias en ámbitos universitarios y docentes.

Según la información oficial disponible –que no es mucha-, el convenio permitirá a los docentes y a los alumnos acceder a diversos servicios y productos de Google a través de las “ceibalitas”, es decir de las computadoras del Plan Ceibal.

Las objeciones a la iniciativa contemplan diversos aspectos del acuerdo con Google.

 Un grupo de más de trescientas personas, en su mayoría docentes, emitió el pasado 4 de junio una declaración pública en la que advierte sobre la utilización por los estudiantes, en especial por los escolares, de los sistemas de Google. Señala la declaración que dicho uso generará una enorme masa de información (datos personales, intereses, pautas de consumo, etc.) que quedará almacenada en los servidores de Google, situados fuera de territorio uruguayo y que, por tanto, no estará sometida a la legislación uruguaya (ley 18.331) que protege la privacidad de los datos personales. Como es sabido, la información, en particular la relativa a intereses personales y pautas de consumo, es hoy una mercancía de elevado valor que se comercializa en el mercado. La declaración señala que Google tiene malos antecedentes en materia del uso de la información y que sobrelleva varios juicios en los EEUU por violar normas federales relativas a la privacidad de los usuarios.

En segundo lugar, la declaración pone de manifiesto la falta de información pública sobre los términos del acuerdo, lo que determina que se ignoren los términos concretos del acuerdo y si el mismo tendrá costos indirectos para el Uruguay,  así como que se desconozcan los fundamentos pedagógicos por los que el Estado uruguayo promoverá la utilización de las herramientas de Google y, sobre todo, cuál será el control que el Estado podrá ejercer sobre los contenidos de los productos educativos de Google.

Para conocer los términos del acuerdo y contestarse esas interrogantes, los impulsores de la declaración han presentado ante la ANEP, el pasado 10 de junio, un pedido de acceso a la información, que hasta la fecha no ha sido respondido (el plazo legal para que la ANEP dé respuesta a la solicitud vence el próximo 9 de julio). El mismo grupo ha formulado también, con fecha 26 de junio, una consulta a la Unidad de Regulación y Control de Datos Personales de la AGESIC.

 Varios organismos universitarios han manifestado también su inquietud ante el acuerdo con Google. Tal es el caso del Consejo del Centro Universitario de la Región Este de la UdelaR, de la asamblea de docentes del Instituto de Computación de la Facultad de Ingeniería de la UdelaR, del Consejo de dicha Facultad y del Consejo Directivo Central de la UdelaR.

Sin embargo, uno de los aspectos más preocupantes del asunto ha sido planteados por María José Santacreu, en un artículo publicado en “Brecha” bajo el título “La escuela googleriana”.

Señala Santacreu que, entre los servicios ofrecidos por Google a los alumnos, se encuentran los “Google apps for education”, que desarrollan una concepción educativa orientada hacia los nuevos valores necesarios para el mundo del trabajo. Curiosamente, según Santacreu, para la selección de esos valores, Google encargó a un equipo de investigación de la revista inglesa “The Economist”, que relevó la opinión de empresarios respecto a qué habilidades entienden que deben ser enseñadas a sus futuros empleados. Esas habilidades, según Google, que las recabó de “The Economist”, que las recabó a su vez de bocas empresariales, son “la habilidad para resolver problemas, el trabajo colaborativo y la comunicación”.

Es significativo que las habilidades requeridas por el nuevo mundo empresarial sean ante todo instrumentales: resolver problemas; trabajo colaborativo; comunicación. De estar a Santacreu y a los docentes firmantes de la declaración –y no veo razones para desconfiar de ellos-, en la nueva “areté” del trabajador corporativo, versión Google, no figuran la capacidad crítica ni el conocimiento teórico.

Si esas son las capacidades que desarrollarán los niños uruguayos educados por Google, pobres de ellos y pobres de nosotros.

A veces las cosas parecen pasar por casualidad, en forma inconexa. Así, un día se plantan árboles por todo el país y, veinte años después, providencialmente, aparecen las empresas papeleras. Otro día se empieza a hablar de la participación “público- privada” y después ocurren PLUNA y la regasificadora. O, de pronto, como de la nada, se promueve la despenalización de la marihuana, mientras el Sr. Soros envía emisarios, se abraza con Mujica y financia la campaña por la despenalización. O se aprueba la ley de bancarización, que pone todo el dinero del país en manos de los bancos y permite endeudarse ante ellos con más facilidad. O se resuelve ingresar al TISA. O se acuerda introducir a Google en la educación de los gurises.

Bien, es necesario buscar el hilo conductor, la razón común para todo ese ingente cúmulo de “casualidades” y “coincidencias”.

Estamos en un tiempo nuevo. Atrás quedaron las épocas en que el poder económico pretendía influir sobre los Estados y sobre los gobiernos. Ahora pretende sustituirlos.

La enorme acumulación de capital de las corporaciones transnacionales, los bancos, la industria química, la del armamento, la de la informática, la increíble megalomanía de algunos de sus operadores, como George Soros, que por decisión especulativa personal hunde economías, derriba gobiernos y dicta legislaciones, están determinando el surgimiento de ese mundo nuevo.

El “signo de los tiempos” es que funciones esenciales de los Estados están siendo absorbidas por las corporaciones. La función legislativa de los parlamentos es sustituida por tratados, acuerdos comerciales y “protocolos de buenas prácticas” impulsados por las corporaciones (el TISA es el mejor ejemplo), la función judicial es asumida por organismos, tribunales y arbitrajes supranacionales, las políticas económicas y tributarias son fijadas por los bancos acreedores (miren a Grecia), la emisión de moneda, vía “dinero electrónico” (me lo decía hoy un amigo dedicado al tema), parece a punto de ser asumida por el capital financiero, hasta las guerras se privatizan a través de las empresas suministradoras de armas, de tecnología militar, de inteligencia y de nuevos mercenarios.   

¿Sonará muy disparatado que también la fijación de los contenidos de la educación pase en los hechos a manos privadas corporativas? ¿Qué más conveniente, para una poderosa empresa de comunicación, que formar las cabezas de sus futuros empleados y clientes y, además, ganar dinero con la información obtenida en el proceso?

Lo de Google no debería sorprendernos. Y la indignación que eso causa en docentes y ámbitos universitarios es más que justificada.

Queda pendiente la pregunta del millón: ¿qué piensan los gobernantes “progresistas” de todo esto?

Lo que piensan es difícil saberlo. Lo que dicen, con tono entre sesudo y compungido, es siempre lo mismo: “Así son las cosas en el mundo y hay que adaptarse, aunque no nos guste; después de todo, no es tan malo; siempre podemos cobrar algún impuesto y hasta conseguir alguna computadora para los gurises”.

Incapacidad de pensar lo distinto. Triste política de la resignación, que ahora apunta también hacia los niños.  

 

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