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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Ataques de pánico

publicado a la‎(s)‎ 5 oct. 2016 14:11 por Semanario Voces

El despliegue de apoyo estatal a la marcha no ayuda a disipar la sensación de que ésta es una marcha oficialista. Los logos de la Intendencia de Montevideo en cada una de las banderas arcoíris colocadas en las columnas de alumbrado público, el logo del Ministerio de Desarrollo Social estampado en miles de folletos, los anuncios desde el estrado de qué ministerios declararon a la marcha “de interés”, y el presidenciable intendente Daniel Martínez apareciendo en primer plano en una pantalla gigante sobre la multitud parecen confirmar todas las sospechas.” (Gabriel Delacoste y Lucía Naser, en artículo publicado en “la diaria”, en el que comentan y celebran la “Marcha de la Diversidad” del pasado sábado).

Las cosas que mencionan Delacoste y Naser no ayudan, por cierto, a disipar la sensación de que la Marcha es oficialista. Tampoco la enorme cantidad de militantes de “la diversidad” –varios de ellos voceros mediáticos de la Marcha- que han ido ingresando como funcionarios jerárquicos y/o de confianza política en ciertas Intendencias o en el MIDES, ni el ostensible  apoyo material y moral que, desde sus cargos públicos, brindan a la Marcha.

El secreto de esa sensación de oficialismo es sencillo: la Marcha ES oficialista. Está organizada y promovida con apoyo y recursos de organismos públicos, las políticas públicas sobre asuntos de género y sexo son dictadas por los mismos funcionarios portavoces de la Marcha, es usada para promocionar abiertamente a figuras políticas del oficialismo y la mayor parte de las organizaciones que la convocan están ligadas al Estado a través de convenios, proyectos, financiación, integración de comisiones, cuando no a través de la doble condición de funcionario y dirigente de la organización. La conclusión es inevitable. Decir que produce “la sensación de oficialismo” es como decir que un grupo de gente con máscaras blancas y cruces prendidas fuego, que ahorca a un negro, “produce la sensación de racismo”. No hay ningún impedimento para ser oficialista. Pero conviene admitirlo.

No pensaba escribir sobre este tema. Pero Delacoste y Naser afirmaron en su artículo algo que me parece preocupante: “…quienes levantan las banderas del feminismo y la diversidad vienen siendo atacados con intensidad creciente desde hace unos cuantos meses. Su cooperación con un Frente Amplio que desde el gobierno se corre a la derecha le hizo perder credibilidad en una parte de la izquierda…”. Y enseguida agregan: “La manija en las redes, una vieja izquierda que nunca compró la “nueva agenda” y algunas columnas en Voces y en Interruptor muestran cada vez más abiertamente a sectores (cuyo tamaño es difícil saber) de la izquierda y la intelectualidad abandonando la causa o sospechando de ella.”. Y finalizan el punto diciendo: “(y no hablamos acá de las necesarias discusiones o de la autocrítica, sino de los ataques)”.

Pensaba dejar pasar el asunto. Me hizo cambiar de opinión el uso de la palabra “ataques”. Y en particular que Delacoste y Naser pretendan discriminar entre “las necesarias discusiones”, o “la autocrítica”, y los supuestos “ataques”.

¿Qué es un “ataque”? ¿Por qué ese término casi militar para referirse a opiniones emitidas desde “una vieja izquierda que nunca compró “la nueva agenda””, o desde un modesto semanario de reducido tiraje, sin apoyo político oficial ni opositor, o desde una publicación meramente virtual? ¿Quién decide qué es una “discusión necesaria” y qué un “ataque”? Si, leyendo a Delacoste y Naser, concluyo que la “Marcha de la diversidad” y varias de las organizaciones que la convocan están política y materialmente ligadas al oficialismo, ¿estoy “atacando a la diversidad” o estoy señalando un hecho que todos los uruguayos tenemos derecho a conocer?

MONEY, MONEY

La financiación de las entidades que pesan en la vida social dista de ser un asunto menor. Los partidos políticos, las organizaciones religiosas y las gremiales, los grupos de interés y de presión, los medios de comunicación, los centros de enseñanza, la investigación y la formación académica, las instituciones que brindan capacitación a los funcionarios públicos, entre otros, pesan mucho en las decisiones políticas y en la forma de ver la realidad del resto de los ciudadanos. Por lo tanto, la forma en que se financian esas actividades y las relaciones que mantienen con el Estado son asuntos de interés público primordial.

Varias de las organizaciones “de la diversidad” reciben fondos de fundaciones extranjeras. No soy el primero en decirlo y el hecho no ha sido rebatido. Ahora, además, reciben financiación y apoyo del Estado. Nada de esto es casual. De hecho, como lo admiten Delacoste y Naser, la “diversidad” ha oficiado como coartada para disimular el alejamiento de los gobiernos del Frente Amplio de sus compromisos ideológicos y programáticos. Así, la enseñanza pública, que debería ser objetivo central de un gobierno popular, puede venirse abajo, pero se imparten en ella cursos de “género” y de “diversidad”. Se disimula la realidad con un maquillaje “inclusivo”, que deja intocada la fuente principal de injusticia social: la inequidad educativa, el abismo entre quienes pueden pagarse una educación privilegiada y quienes no pueden.

Tratando de demostrar que “la diversidad” no es tan oficialista como parece, Delacoste y Naser señalan que “La diversidad es mucho más que una bandera desideologizante que permite al FA correrse a la derecha manteniendo su cara progre. Esto queda demostrado en la proclama de la marcha, en la que se articulan posturas contrarias a las del gobierno sobre salud mental, violencia estatal, drogas y terrorismo de Estado”. Los temas elegidos para discrepar son reveladores. Nada que toque al modelo económico, nada sobre los salarios de $15.000, nada sobre la bancarización, nada sobre los impuestos, nada sobre el modelo agroindustrial y sus efectos sobre la tierra y el agua. ¿Es que los “diversos” no cobran sueldos bajos, ni pagan impuestos, ni toman agua?   

Dime quien te financia y de diré de qué hablas. Si te financian las fundaciones de Soros o de Rockefeller y te respalda el gobierno, no podés hablar del sistema financiero ni del modelo agroindustrial. Entonces es mejor callar, o hablar de salud mental, drogas, violencia y de un antiguo terrorismo de Estado.

Ahora se suma otro hecho. La “diversidad”, entendida como homosexualidad, es un mercado prometedor. El turismo “gay” mueve muchos millones de dólares en el mundo y no son pocos los empresarios y los gobernantes que han echado el ojo a esa fuente de ingresos. Convertirse en ciudad o país “gay friendly” es una condición conveniente para acceder a ella. El que un país se promocione como destino turístico por razones vinculadas al sexo  apareja consecuencias sociales inevitables. En el mundo hay muchos países dedicados al turismo sexual. ¿Deseamos convertirnos en uno más?  

CUANDO YA NO IMPORTE

 ¿Es posible que una expresión de diversidad se identifique con banderas, símbolos y discursos de cierta orientación sexual? ¿Tendría sentido una manifestación a favor de la diversidad religiosa o política que tomara como símbolo oficial a la medialuna islámica, o a la hoz y el martillo, o que decretara que la procesión de Corpus Christi es un acto de diversidad?

Hay incluso un error en las palabras elegidas como banderas. La diversidad es una cuestión de hecho. Que haya pluralidad de opiniones u orientaciones, en lo que sea, no depende de las reglas, depende de la realidad. Lo que las reglas pueden y deben asegurar es que exista libertad para que las diversidades existentes vivan y se manifiesten. Del mismo modo, la “no discriminación”, entendida como obligación de mirar con simpatía a todas las manifestaciones humanas, es una exigencia imposible. Porque, por ejemplo, entre las manifestaciones humanas están la homosexualidad y la creencia en que la homosexualidad es un pecado. Del mismo modo que están la ideología comunista y la convicción de que el comunismo es la decadencia de la libertad y de los valores occidentales. Lo que puede exigirse es un trato igualitario, desde la esfera pública, para todas esas orientaciones, creencias o convicciones, y, en la esfera privada, la más estricta abstención de violencia contra quien vive o piensa diferente que uno. “Diversidad” y “no discriminación” pretenden sustituir a las nociones de libertad e igualdad, pero lo hacen en forma inadecuada y potencialmente autoritaria. No tengo que sentir simpatía por los comunistas, ni por los homosexuales, ni por los heterosexuales, ni por los católicos, ni por los fascistas, para permitir que vivan y se expresen como quieran, en tanto me reconozcan igual derecho.    

En el fondo, la única forma de asegurar la libertad (y la diversidad, en lo sexual o en cualquier otra manifestación humana), es que ya no sea necesario explicitar o justificar la propia orientación o convicción, que esas diferencias ya no importen. En ese sentido, las políticas de “diversidad” van en la dirección equivocada.

Para terminar, me disculparán si discrepo con Delacoste y con Naser en que “sería justo que alguna vez nos gobiernen los gays, nos eduquen las trans”. Prefiero elegir a quienes gobiernan y que mi voto no se defina por la orientación sexual del candidato o candidata.

Me pregunto si decir estas cosas es un ataque o una discusión necesaria.     

 


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