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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¡AY, LORD ACTON!

publicado a la‎(s)‎ 22 oct. 2015 15:27 por Semanario Voces

Hoy escribo por encargo. Alfredo quería poner en tapa –creo- algo relativo al poder y a los cargos a los que el poder suele ir adherido (o tal vez entendí mal y era sobre el poder adhesivo de ciertos cargos, de los que cuesta despegarse). Bueno, como sea, la cuestión es que el tema de hoy es el poder.

Uno dice “poder” e inmediatamente le zumba en la oreja (cual mosca inglesa) la frase del aristócrata e historiador inglés, Lord John Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Hermosa frase, redondita, simétrica, casi capicúa. Las frases sentenciosas y categóricas, sobre todo si son breves y bien construidas, tienen un poder de convicción casi hipnótico. Y ésta lo tiene. Uno la oye y siente que está de acuerdo. Aunque, claro, presenta algunos problemas. El principal es que sugiere corolarios no necesariamente ciertos. Por ejemplo, uno podría pensar que, si el poder absoluto corrompe absolutamente, el poder relativo corrompe relativamente. Y eso no es cierto. Conozco a algunos individuos con un poder muy relativo que son absolutamente corruptos. También podría llevar a pensar que la falta absoluta de poder es una garantía contra la corrupción. Y eso tampoco es cierto. Conozco a individuos sin ningún poder, carentes de toda relevancia social, que sin embargo están dispuestos a hacer cualquier cosa a cambio de muy poco, a veces por una simple sonrisa o una palmadita en la espalda dadas por los que sí tienen poder. Por último, tendría que pensarlo bastante, pero creo poder recordar incluso algún caso de personas con mucho poder que no fueron corruptas.

Pero dejemos de lado toda esa hojarasca. El bueno de Lord Acton sí dijo algo importante. Ligó al poder con la corrupción. Nos advirtió, de manera breve, hermosa y elocuente, sobre la potencialidad de corrupción que acecha al poder, sobre todo cuando el poder es mucho y –agrego yo- se extiende por mucho tiempo. Lástima que en el Uruguay no se lo haya tenido en cuenta cuando se le dio por tercera vez consecutiva la mayoría parlamentaria –la mayoría absoluta- al partido de gobierno. Hoy muchos se arrepienten. Es que “el poder absoluto…”

Basta con abrir un diario, ver un noticiero, navegar en las redes sociales o escuchar las conversaciones en el ómnibus, para imaginar en el aire el índice admonitorio de Lord Acton y oír una voz shakepeareana que nos dice: “El poder absoluto corrompe absolutamente”. Entonces, PLUNA, el INAU, ANCAP, la deserción liceal, las cárceles, los hospitales psiquiátricos, los índices de criminalidad, la contaminación del agua, las tierras devastadas por la ahora devaluada soja, la deuda pública de decenas de millones de dólares, la regasificadora y sus costosos misterios, los cargos de confianza, los contratos secretos, las AFAP que tragan millones y pagarán miserias, la bancarización que empezará a sentirse a fin de año, las exoneraciones tributarias a las grandes empresas y los impuestos voraces a los sueldos, la burocracia, la corrupción administrativa y los recortes presupuestales que empiezan por los medicamentos, se entienden mejor: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto…”.

Hay una imagen vulgar de la corrupción ligada al poder: la del gobernante o funcionario venal que se embolsa una coima o se apropia de bienes públicos. Es la imagen clásica de la corrupción. Pero no es la única, y quizá no sea la más dañina.

En su más recto sentido, “corromper” es degradar la naturaleza de una cosa o sustancia. Pienso en eso cuando veo que se pretende cumplir funciones públicas sin estar capacitado para cumplirlas; cuando se ocupa un cargo sin tener noción de qué hacer en él, salvo usufructuar sueldo, oficina, poder, secretaría, auto, chofer y exposición en la prensa; cuando ni dados vuelta de cabeza se les cae a ciertos jerarcas una idea y sólo son capaces de murmurar como “mantra” expresiones del tipo: “nuestra fuerza política”, “el plenario aun no se ha pronunciado”, “el Uruguay de los cambios”, “a la derecha le duele”, “el pueblo frenteamplista”, “vamos a escuchar a nuestros compañeros”, “yo defiendo a mi presidente y a mi gobierno”, “profundizar los cambios” y “gobierno progresista”.

Dicen que las aguas que más se corrompen son las estancadas. ¿Cuánto hace que la supuesta “izquierda” gobernante no plantea una idea removedora? Creo recordar cuál fue la última y quién la dijo. Fue Pepe Mujica, que recorrió el mundo asombrando gringos con la idea de renunciar al consumo enloquecido del capitalismo salvaje y vivir una vida más auténtica. No es que haya inventado la pólvora, pero al menos era una idea. Lástima que, al mismo tiempo, su gobierno bancarizó al país, incentivó el crédito al consumo, extranjerizó la tierra, acogió y le perdonó impuestos a toda clase de empresas depredadoras de la naturaleza, desprotegió áreas verdes, protegió a empresarios delincuentes y nos endeudó a todos hasta las orejas. Ah, me olvidaba, de paso, Mujica, personalmente, hizo pelota a la institucionalidad y alentó el resentimiento social todo lo que pudo.

Si hacer política en grande es sembrar ideas, gobernar es crear institucionalidad, traducir y afianzar en normas y en instituciones esas ideas. Si no se entiende eso, no se hace política ni se gobierna. Se hace politiquería y se empollan cargos públicos. La ausencia de proyecto es a la política lo que el estancamiento para las aguas: causa de degradación.

Ahora estamos en el tercer gobierno frenteamplista y allí está Tabaré Vázquez, en la Presidencia, hierático, callado, esperando. ¿Qué espera? Probablemente que el desprestigio galopante que acecha a la burocracia frenteamplista la vuelva más dócil y la impulse a clamar por lo que él puede dar: una voz de mando y una mano dura, autoritaria. Otro que espera por “el poder absoluto”.

Una lectura apresurada de este artículo puede hacer creer que su tesis es que nuestros males, como sociedad, provienen de los gobiernos del Frente Amplio. Pero leerlo así sería un error.

Es al revés. Los gobiernos del Frente Amplio, y los gobiernos colorados y blancos que los precedieron, son o fueron así porque nuestra sociedad –nosotros- somos como somos o nos hemos convertido en lo que somos. Porque los gobiernos no hacen a las sociedades. Las sociedades hacen a los gobiernos a su imagen y semejanza.

Una república, una democracia, necesitan ciudadanos. Y nosotros, desde hace muchos años, no actuamos como ciudadanos. Somos hinchas de fútbol, funcionarios públicos, titulares de derechos, dueños de tarjetas de crédito, integrantes de una corporación o de una minoría sexual, beneficiarios del MIDES, paseantes de los shoppings, adictos al mate o a la marihuana, viajeros frecuentes, comedores de asado, público de Tinelli y de Petinatti, compradores de pilchas, de motos, o de autos 0K, a lo sumo votantes quinquenales (a veces fanáticos, como si se tratara de Nacional o de Peñarol) de algún partido político.

No nos comportamos como ciudadanos. Esa es la cuestión. Elegimos gobernantes como se elige al administrador de un edificio en propiedad horizontal. Para que se ocupe de los problemas comunes mientras que nosotros nos dedicamos a nuestros asuntos privados.

A no engañarnos, ese es el modelo de individuo que propone el mercado global. Por eso nos gobiernan, en vez de autogobernarnos.    

Sin embargo, ningún gobierno, ningún partido político, ningún interés, salvo en las dictaduras más atroces, puede hacer aquello que una ciudadanía informada y activa no quiere que se haga. Ese es el verdadero poder. El que difícilmente puede corromperse. Pero, ¿qué sabemos los uruguayos de nuestra economía, de nuestra enseñanza, de nuestras leyes? ¿Qué control ejercemos sobre los tratados internacionales que suscribe nuestro país y aprueban nuestros legisladores? ¿De qué nos informa nuestra prensa? ¿Para qué nos prepara nuestra enseñanza?

Yo querría terminar este artículo con un “Happy end”, una frase feliz y esperanzadora que nos permitiera confiar y dormir tranquilos. Pero lo cierro con dos interrogantes que creo civilizatorias, más que meramente políticas.

 ¿Es razonable pensar en un retorno-recreación de la idea de ciudadanía?

¿Hay otra alternativa?

 

 

 


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