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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Batlle

publicado a la‎(s)‎ 26 oct. 2016 16:04 por Semanario Voces

De la larga vida de Jorge Batlle, me interesa destacar un momento muy preciso, tal vez porque en toda vida humana hay al menos un momento que define quienes somos. Pero antes de hablar de ese momento quiero contarles algunas cosas.

Anoche, cuando recién enterados del fallecimiento acordé con Alfredo García que me ocuparía del tema, sentía que tenía mucho para decir. ¡Hay en el país tantos recuerdos buenos y malos ligados al apellido Batlle y en particular a Jorge Batlle! Pero hoy, martes de noche, no estoy tan seguro. A lo largo del día, oyendo los discursos y las declaraciones de sus amigos, de sus partidarios y de sus adversarios, sentí que los temas se me angostaban. Porque se habló mucho y muy acertadamente sobre él. Se recordaron sus ideas liberales, en política y en economía, su convicción republicana, su enorme vocación política, su  inteligencia, cultura, capacidad de trabajo y curiosidad insaciable, su optimismo irreductible, las inagotables anécdotas y el sentido del humor, a veces irónico y hasta impertinente, que le sobraba. Tabaré Vázquez, por ejemplo, dijo algo que comparto: que era una de las personas más inteligentes que había conocido. Y Luis Antonio Hierro, en el cementerio, recordó la firmeza republicana con que, siendo presidente, enfrentó la que probablemente haya sido la mayor crisis económica en la historia del país.  

Quizá no se habló tanto (los entierros tienden a ser adustos) de la personalidad lúdica de Batlle, de esa forma casi juguetona de ver y de vivir la vida, de ese divertirse y reírse a mandíbula batiente ante cosas que otros encaran con ceño fruncido y gesto admonitorio.

Hace cuatro años, lo entrevistamos por última vez con Alfredo para Voces, con Rodrigo López como fotógrafo. Los ex presidentes, supongo que aquí y en la China, suelen ser individuos un poco amargos. No se acostumbran del todo “al dolor de ya no ser”. El retrogusto del poder les queda en los labios y quema. No parecía el caso de Jorge Batlle. En algún momento de esa última entrevista, salió el tema de su presidencia y de lo mal que le había ido. “Noooo”, nos dijo, muerto de risa, “A mí me faltó tiempo. Si hubiera tenido un año más, me reeligen”. La frase, que lo pinta de cuerpo entero, parece disparatada. Pero basta pensar en la evolución de la economía al inicio de  la siguiente presidencia (la primera de Tabaré Vázquez) para percibir que no era tan loco lo que decía. 

Debo de haber hablado con él cuatro o cinco veces en mi vida. Dos de ellas entrevistándolo periodísticamente. De cada una de esas entrevistas salí con la cabeza hecha un bombo, como si me hubiera tirado por una montaña rusa empinadísima. En 1986, Jorge Lauro y yo lo entrevistamos por primera vez, con Roberto Estévez como fotógrafo. Entre muchas otras cosas, nos dijo: “El comunismo ya fue”, y agregó provocador, a las risas: “Sólo van a quedar comunistas en Albania y en Uruguay”. La Unión Soviética se disolvió en 1989, pero tres años antes él ya la daba por liquidada. Por supuesto, no le creímos. Nos explicó que el fracaso de la producción de trigo condenaba a la Unión Soviética. Tampoco le creímos. Ese día, además de recitarnos fielmente la introducción de la “Historia universal de la infamia”, de Borges,  nos vaticinó muchas otras cosas sorprendentes. Salimos del Palacio Legislativo (Batlle era senador) creyendo haber hablado con un loco. Pero, en el correr de los siguientes cinco años, todo lo que nos dijo se cumplió meticulosamente, empezando por la caída del “socialismo real”.    

Siempre me han pasado cosas ambivalentes con Jorge Batlle. Como todos los militantes de izquierda de mi generación, nací considerándolo un enemigo. Era el infidente, el Partido Colorado, socio electoral de Pacheco Areco; para nosotros, era la voz política de la oligarquía, de la burguesía y del imperialismo. Al mismo tiempo, la historia de mi familia se entrelazaba de formas extrañas (el Uruguay es una aldea) con la su familia y con la de él mismo. Mi abuelo, Juan Sarthou, nacido en Argentina y llegado al Uruguay de niño, a principios del Siglo XX, fue uno de los tantos anarquistas que se convirtieron en militantes batllistas al influjo del fenómeno social que fue el batllismo de “don Pepe”. Después, en el conflicto entre las listas 14 y 15 (la primera de los hijos de don Pepe y la segunda de su sobrino, Luis Batlle) apoyó decididamente a Luis Batlle, de quien llegó a sentirse muy amigo. Fruto de esa amistad, mi padre frecuentó de niño la chacra de Luis Batlle, junto con el hijo del Dr. Capeletti, médico de mi familia y también gran amigo de Luis Batlle (por Chile anda Ricardo Capeletti, que no me dejará mentir). Allí jugaban de niños mi padre y Jorge Batlle. Años después se reencontraron en la Facultad de Derecho, en listas gremiales enfrentadas. Pero algunas noches Jorge “arrimaba” a mi padre hasta su casa en un jeep que tenía. En la misma Facultad, Jorge reclutó para el batllismo de la “15”, de su padre, a varios jóvenes brillantes de su generación, el más destacado, Zelmar Michelini. Muchos años después, Jorge y mi padre volvieron a reencontrarse en el Senado, uno oficialista, medio disidente  (era el segundo gobierno de Sanguinetti), y el otro opositor enconado. Se llevaban bien y, aunque votaban siempre lo opuesto, mi padre se divertía mucho con las pullas y comentarios malévolos con que Jorge “gastaba” a propios y ajenos. Se entenderá por qué, al pedirle una entrevista en 1986, aunque era la primera vez que lo veía, me parecía conocerlo de toda la vida.        

Antes y después de eso pasaron tantas cosas… la dictadura, el complejo ajedrez de la salida democrática, en la que perdimos tanto, los triunfos electorales de Jorge en la interna colorada y sus fracasos en lo nacional, sus frases inolvidables, su presidencia, la Comisión para la Paz, la aftosa, el corralito, sus lágrimas en Buenos Aires.

Al final, mi principal discrepancia con él –aunque enorme- era la concepción económica. En política, Jorge era un liberal clásico. En economía no era clásico. Era un neoliberal, con toda la barba. Uno de los primeros a los que oí exponer el dogma neoliberal (otro fue Ramón Díaz, y más tarde Luis Alberto Lacalle, padre). ¿En qué se diferencian un liberal y un neoliberal? En que el liberal Identifica a la libertad con la libertad económica y a la intervención del Estado en la economía con una dictadura, sin preocuparse de si la libertad es gozada por quien no tiene qué comer ni dónde caerse muerto. En cambio, los neoliberales hablan de “eficiencia”. Están convencidos –y tratan de convencernos- de que la economía, dejada al libre juego de la oferta y la demanda, terminará generando riquezas abundantes que se derramarán por todos los niveles de la sociedad. Para el neoliberal, la intervención estatal (salvo para dar préstamos) no sólo compromete la libertad, compromete la eficiencia económica, que es su valor más sagrado. Que ningún país haya logrado la equidad por vías neoliberales, y que todos los experimentos neoliberales terminen concentrando riqueza en pocas manos y miseria en las del resto, no arredra a los neoliberales. Los neoliberales, parafraseando a Borges, “no son buenos ni malos, son incorregibles”.

Bien, Jorge era un neoliberal. Y en eso seguí discrepando con él hasta el último día de su vida. Pero no sólo se vive de la economía. Y llego ahora al momento del que quería hablarles desde el principio.

Cuando Batlle asumió la presidencia, el país estaba atragantado, indigestado por un silencio atroz. Años de secuestros, de prisiones, de torturas, de violaciones, de asesinatos y de desapariciones sencillamente no existían. El discurso oficial se negaba a reconocerlos y acusaba duramente a quien osara recordarlos. Nombrar esos hechos era “tener ojos en la nuca”, “cultivar el odio y el resentimiento”, “negarse a mirar hacia adelante”.

En eso, el gobierno de Jorge Batlle fue como una lluvia liberadora en un día pesado de verano.  La Comisión para la Paz no logró la justicia y tampoco la reconciliación como “estado del alma”. Pero el sinceramiento, el reconocimiento de que en el país, y desde el Estado, se habían cometido crímenes terribles fue una verdad liberadora. Admitirlo y decirlo, desde la máxima jerarquía del Estado, cumplió una función sanadora. Porque es importante que la verdad se diga, aun cuando no se logre cambiarla. La inteligencia de darse cuenta se la debemos y se la deberemos siempre a Jorge Batlle. Creo que a eso se debe, entre otras cosas, la sensación de tristeza colectiva con que hemos recibido la noticia de su muerte.

Hoy estamos nuevamente atragantados con otras cosas no dichas, otros silencios, otras mentiras. Lo que se sospecha y se comenta en la calle es muy distinto de lo que se dice en los pasillos del poder y se declara en los comunicados oficiales.

Nos están haciendo falta nuevos actos de sinceramiento.   

  


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