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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: BRASIL: ¿ÓPERA DOS MALANDROS?

publicado a la‎(s)‎ 20 abr. 2016 14:57 por Semanario Voces

¿Qué decir sobre lo que pasó el domingo en Brasil?

El circo en que se convirtió el Parlamento, con payasos y fieras, lo vimos todos. Que la corrupción involucra a oficialistas y a opositores también lo sabemos, aunque muchos quieran ver la corrupción de un solo lado. Y que el país vive una crisis institucional, en la que va a ser difícil que alguien logre legitimidad política para gobernar, supongo que es fácil intuirlo.

Quizá valga la pena sacar un poco el foco del Parlamento, alejarse del conventillo de la casta política y observar otras cosas que están ocurriendo y, sobre todo, otras cosas que no están ocurriendo.

El PT es un partido que se construyó desde abajo, hace treinta y tantos años largos, y que fue aunando las luchas sindicales, de las que surgió Lula, con las de militantes de izquierda y cristianos, comunidades de base, el movimiento de los “sin tierra”, estudiantes, intelectuales y artistas con posturas ideológicas críticas.

Con esos antecedentes, es muy llamativo que la defensa del gobierno haya sido ante todo parlamentaria y no haya incluido, hasta ahora, un paro general, ni una marcha nacional, ni fuerte agitación callejera, ni una conmoción popular lo suficientemente significativa como para hacer pensar dos veces a quienes quieren hacer caer al gobierno. Es cierto que la central sindical (CUT) y el Movimiento de los sin tierra convocaron manifestaciones de apoyo y que hubo concentraciones en las principales ciudades, pero algunas de ellas, como la de Río de Janeiro, fueron más espectáculos artísticos que actos políticos, sin contar con que también la oposición realizó actos similares. Por otra parte, concentraciones de cincuenta mil personas, en una población de más de doscientos millones, son una pobre expresión. Todo indica que una gran parte del pueblo brasileño no se sintió tocada por la suerte de la Presidente Rousseff, ni por la del gobierno, ni por el arresto de Lula, líder histórico y siguiente candidato del PT. De hecho, las encuestas de opinión indican que, al momento de la sesión parlamentaria del domingo, el 60% de los brasileños estaban de acuerdo con el juicio político.

¿Cómo se explica ese “desenganche” entra la opinión pública brasileña, incluidos los movimientos sociales organizados, y el partido que se creó para defender sus intereses y representarlos políticamente? ¿Qué ocurrió durante los trece años de gobierno del PT que explique esa frialdad o falta de compromiso popular?

DO MALANDROS

Lo primero que a uno le viene a la mente es la corrupción. Y no es una suposición errada. El vaciamiento de Petrobrás, las coimas y la desviación de fondos hacia las arcas del PT y hacia los bolsillos de sus dirigentes, incluidos probablemente los del propio Lula, no son hechos menores. Personalmente pude comprobar que muchos brasileños, de cualquier ideología, quedaron atónitos al enterarse de que el gobierno había fundido nada menos que a Petrobrás, una empresa emblemática de “lo brasileño”. Si a eso le sumamos la casi certeza de que buena parte de esos fondos malversados fueron destinados a pagar sobornos a los legisladores opositores para lograr alianzas políticas y a financiar la campaña electoral del PT, no es difícil entender el desconcierto de los ciudadanos modestos que ven al poder desde lejos.

La corrupción es un fenómeno muy antiguo, pero la forma en que está jugando actualmente en la suerte de ciertos gobiernos es un hecho social que merece análisis más profundos.

Hay muchas definiciones teóricas del término “corrupción”. Las más estrechas la identifican con el apoderamiento de recursos públicos para beneficio propio de un funcionario. Las más amplias la extienden a cualquier uso ilícito del poder político o de las competencias administrativas que distorsione el funcionamiento y la confiabilidad de las instituciones públicas. Prefiero la segunda definición, porque no es necesario robar o coimear para que haya corrupción. Lo que daña a una sociedad no es tanto el robo material, sino la pérdida o ausencia de confianza en las instituciones. La gestión personal de José Mujica es un buen ejemplo. Nadie ha dicho que se apoderara de bienes públicos. Sin embargo, su gestión socavó la confianza social en el funcionamiento de las instituciones del Estado y en el cumplimiento de las normas que lo regulan,    

En Argentina, en Venezuela y en Brasil la corrupción, tanto en la acepción del provecho personal como en la de pérdida de credibilidad institucional, es un mal endémico. Está metida en la cultura política de esos países probablemente desde antes de que se declararan independientes.

Sin embargo, en los tres países –en Argentina quizá menos- se habían instalado gobiernos que llevaban implícita la promesa de cambiar la tradición. Chávez y el PT, sin duda, prometieron desplazar a oligarquías corruptas y sustituirlas por una administración del Estado al servicio de los intereses populares. Incluso en la Argentina, después de la festichola menemista y del escape de De la Rua desde la azotea de la Casa Rosada, era de pensar que los Kirchner, con su aura de “peronismo de izquierda”, moderarían la corrupción. Al parecer fue al revés.

Pero, ¿la corrupción por sí sola explica lo que está pasando en Brasil?

Tiendo a creer que no.

DIME CON QUIEN DUERMES

.Los gobiernos del PT han sido un ejemplo típico de “progresismo”, esa línea política que se propone compatibilizar la apertura al más crudo capitalismo global con la aplicación de políticas sociales que mejoren la situación de los sectores mas desfavorecidos de la sociedad. Producción capitalista con políticas sociales “redistribuidoras” parece ser la receta teórica.

Como todos los gobiernos progresistas, el brasileño hacía gárgaras con estadísticas: tanto por ciento de inversión, tanto de crecimiento, tanto de reducción de la pobreza, tanto de reducción de la indigencia. Mientras tanto, para mantenerse en el gobierno, el PT fue haciendo alianzas con los sectores más corruptos de la política, del empresariado y del capital financiero.

Esas alianzas no eran platónicas. Había que ceder en políticas financieras, en politicas de tierras, en los tratos con las empresas, cerrar los ojos a negocios corruptos. Finalmente hubo que comprar los votos y los aliados para gobernar. Y, como era de esperar, no tardaron en aparecer dirigentes del propio PT que no vieron motivos para no embolsarse también algo de lo que se malversaba.   

Dilma Rousseff, su gobierno, los líderes del PT y sus simpatizantes, tanto brasileños como extranjeros, están –o estaban- convencidos de que la buena situación económica (sobre todo en el período de Lula) y las políticas sociales bastarían para perpetuarlos en el gobierno. Seguramente también creyeran que su permanencia en el gobierno era lo mejor, o lo menos malo, que podía pasarle al pueblo brasileño. Poco a poco, gobierno a gobierno, habrán llegado a la conclusión de que tenían una especie de impunidad absoluta, que siempre podrían pagar aliados y contentar a los votantes con politicas sociales benéficas.

Hasta que algo pasó, quizá el fin de la bonanza económica, y no pudieron seguir costeando los apoyos que habían comprado. Ya para entonces habían sustituido su alianza con los sectores y las organizaciones populares por acuerdos políticos y económicos con quienes, como el vicepresidente Michel Temer, eran en el fondo sus enemigos.

No fue sorpresa. Hubo avisos. Muchos dirigentes fundacionales del PT se apartaron en estos años. Pero no se les creyó o no se les dio importancia.

Una explosiva mezcla de distanciamiento de sus bases sociales originales, alianzas con enemigos peligrosos y corrupción a niveles impensados puede explicar el resultado del domingo. Sobre todo la pasiva frialdad con que fue recibido por el pueblo brasileño.

Hay conclusiones importantes a extraer de la experiencia brasileña.

Tal vez la primera es que el modelo “progresista” es inestable. Tarde o temprano, en especial en momentos de crisis, el poder económico reclama privilegios y pone en aprietos a los gobernantes equilibristas, negándoles los medios para mantener sus limitadas políticas sociales.

Porque –y esto es aun más polémico- el objeto de la política es siempre el poder. De nada sirven las concesiones graciosas y emotivas, los planes de ayuda, los programas sociales, si no van acompañados por una redistribución democrática del poder, es decir por la educación para la ciudadanía y por el diseño de instituciones aptas para el  ejercicio popular de esa ciudadanía.

Eso, por supuesto, no es sólo culpa del PT. Pero todas sus buenas intenciones fundacionales parecen haber seguido una dirección equivocada, hasta naufragar en el mar de la política convencional. 

 

 

 

 


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