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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou: CAMISETAS

publicado a la‎(s)‎ 3 abr. 2014 0:54 por Semanario Voces

                                          “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”.

La semana pasada publiqué un artículo que trataba sobre la eventual venida al Uruguay de presos de Guantánamo. Soy uno de los tantos que pensamos que hay que dar asilo a esa gente y así lo dije. Además agregué que el asilo debe ser asilo y no un servicio de carcelaje externo prestado a los EEUU,  e hice algunas críticas a declaraciones de Mujica y de otros integrantes del gobierno que presentaron el asunto como un intercambio de favores con el gobierno de los EEUU.

En la página de Facebook de Voces, el artículo recibió una serie de reproducciones  y de comentarios. Y es sobre eso que quiero hablar hoy.

Una parte de los comentarios, por suerte, fueron reflexiones sobre el tema en sí mismo. Es decir, opiniones sobre la conveniencia o inconveniencia de dar el asilo, sobre los términos en que se debe darlo o negarlo  y sobre el acierto o desacierto de encararlo como un favor a los EEUU.

Pero, para mi sorpresa, más de la mitad de los comentarios consistieron en ataques feroces y en defensas incondicionales al gobierno, a menudo con insultos y desde la más absoluta  desatención o indiferencia hacia los argumentos del ocasional interlocutor virtual.

Para mostrar el clima de la controversia, basta decir que, refiriéndose a Mujica, abundaron comentarios del tipo “¡¡VIEJO SUCIOOOOOO!!”. Del otro lado tampoco se quedaron cortos. De hecho, algunos partidarios del Frente Amplio parecen sentir asco (y así lo manifiestan) por cualquier expresión opositora.

No voy a reproducir ni a abundar sobre las “lindezas” que se intercambiaron en este caso, porque están en línea con lo que parece ser el clima que predominará en las campañas electorales de este año, y muy especialmente con la forma en que se están manejando los temas políticos en las redes sociales virtuales.

Sin embargo, quiero destacar una frase que alguien incluyó entre los comentario al artículo del que hablo. La frase, que sirve de epígrafe a esta nota, es de Ignacio de Loyola, el fundador de la orden religiosa de los Jesuitas, y –la reitero- dice: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”.

Así, terrible, plena de lógica militar, la cita, hecha por un partidario del gobierno,  parece sintetizar lo inadecuado del clima político en el que vivimos y viviremos durante los próximos meses.

La visión del gobierno del Frente como una fortaleza, y más aún como una fortaleza asediada, es preocupante. Por cierto que no se puede ser ingenuo y creer que en política las luchas son de guante blanco. Pero la idea de una fortaleza (por definición, cerrada, defensiva  y rodeada por un exterior hostil) es la negación de lo que un movimiento político democrático y popular debe ser si quiere crecer y prosperar. 

La clave de un movimiento democrático y popular es la apertura, la apuesta no a la defensa sino a la expansión, a la conquista de nuevas voluntades y de nuevas cabezas.

Lamentablemente, en el Uruguay de hoy, tanto para el oficialismo como para la oposición, la lógica política se asemeja más a la de la metáfora militar de fortalezas sitiadas.

La consecuencia  es que los asuntos públicos no se discuten ni se juzgan por lo que en sí mismos son, sino por quién los propone. Para unos, todo lo que el gobierno plantea es  “bueno y progresista”. Para otros, “malo y demagógico”. Por decirlo en criollo, se piensa con la camiseta, no con la cabeza. 

Hace ya muchos años, Jean Jacques Rousseau había advertido sobre los peligros de lo que él llamaba “asociaciones parciales”, es decir lo que nosotros llamamos partidos u organizaciones políticas. Rousseau sostenía que la formación de bloques de opinión consolidados llevaba a que los ciudadanos perdieran independencia y a que el interés partidario se antepusiera al interés general.

En los últimos tiempos se han planteado y discutido temas vitales para la sociedad uruguaya.  La crisis educativa, la instalación de “megaemprendimientos” orientados a explotar o extraer recursos naturales, las políticas sociales, la aplicación de medidas de “discriminación positiva” por razones de sexo y de raza, las políticas tributarias, el concepto de impunidad, la relación entre el derecho nacional y el internacional, las libertades que nos concedemos o nos negamos en materia de consumo de sustancias, el papel que le asignamos al capital financiero en nuestras vidas, la administración del Estado y el respeto o el desprecio por la institucionalidad son algunos de ellos. Algunos, para bien o para mal, ya  han sido resueltos. Otros están pendientes.

Tal vez me equivoque, pero tengo la sensación de que muchos de esos temas han sido mal discutidos. Hemos tomado posición sobre ellos en función de nuestras adhesiones partidarias, más que como consecuencia de un análisis ciudadano libre y meditado.

Más de doscientos años después, la advertencia de Rousseau sigue siendo válida.

Quizá, aunque no tengamos ninguna alternativa aceptable a la organización partidaria, sería recomendable esforzarnos un poco en analizar y discutir los asuntos públicos desde la óptica del interés general de la sociedad, mirado incluso a largo plazo.

Con la cabeza y no sólo desde las camisetas.      

 

 

                            


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