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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Cuestión de términos

publicado a la‎(s)‎ 7 dic. 2016 13:05 por Semanario Voces

¿Cuándo nos cambiaron el diccionario? ¿En qué momento, palabras como

 

“libertad” e “igualdad”, o “tolerancia”, fueron

 

sustituidas por “diversidad”, “equidad”

 

y “no discriminación” ¿Cuál es el sentido de esa “neohabla” orwelliana que va imponiéndose disciplinadamente en el mundo?

La inquietud volvió a hacérseme presente (hace tiempo que me da vueltas en la cabeza) cuando una amiga y ex compañera de Facultad me contó que su hijo de 13 años le había dicho que la palabra “tolerancia” parecía indicar que uno aceptaba  

algo que le molestaba, y que era mejor hablar de “respeto a la diversidad de opiniones e integración”, porque “eso nos enriquece”.

La mayor parte de esos cambios terminológicos no son inocuos, en el sentido de que las palabras sustitutas no significan lo mismo, no denotan la misma cosa que las sustituidas.

Aunque se nos quiera hacer creer lo contrario, “libertad” no es lo mismo que “diversidad”.  La diversidad es una cuestión de hecho. Que en una sociedad haya musulmanes, cristianos, judíos, heterosexuales, homosexuales, transexuales, socialistas, partidarios de la libre empresa y anarquistas, nada nos dice sobre los términos en que esos individuos conviven y se relacionan. La libertad es el estatuto que les permite a todos ellos  ser lo que son y convivir como lo que son, así como permite convivir sin ser ninguna de esas cosas.

Algo similar ocurre con la igualdad (incluso si la pensamos como igualdad formal, ante la ley). La igualdad, en ese sentido, es un concepto bastante objetivo. Uno puede verificar si todas las personas son tratadas con igualdad por una ley. No ocurre lo mismo con la noción de “equidad” tal como se la suele interpretar, confundiéndola con una alegre y discrecional carta blanca para establecer nuevas discriminaciones, supuestamente compensatorias (eso depende de la subjetividad de quien dicta la norma) de otras discriminaciones existentes con anterioridad. Se me dirá que tratar en igual forma a situaciones desiguales no es justo. Y en parte es cierto. Lo es si la política igualitaria está pensada en función de la situación de los más ricos o poderosos. Pero la justicia material puede hacerse respetando el principio de igualdad formal, sin establecer nuevas desigualdades también  injustas, mediante políticas públicas universales pensadas en función de  la situación de los más desfavorecidos. Ejemplos sobran. ¿Qué otra cosa son  –o deberían ser- una enseñanza pública de buen nivel, un sistema nacional de salud en serio, o una digna cobertura jubilatoria universal? Son políticas que comprenden a todos, sin distinción de raza, sexo o confesión religiosa, pero que interesan especialmente a los menos favorecidos por los privilegios y por la fortuna. Porque los ricos y socialmente influyentes tienen también derecho a asistir a escuelas y hospitales públicos y a jubilarse, pero no se beneficiarán de ello tanto como los pobres y excluidos.      

 Con la tolerancia pasa algo especial.  La palabra “tolerancia” tiene un cierto gustillo arcaico. Además, alguna de sus  acepciones  (“casa de tolerancia” fue sinónimo de prostíbulo) predispone contra ella. Uno puede creer que contiene estigmas de antigua resignación cristiana, la predisposición a sufrir mansa y sumisamente.  Tal vez por eso tiene menos “rating” y despierta menos entusiasmo incluso que “libertad” e “igualdad”.

Los términos que la “neohabla” políticamente correcta propone para sustituir a “tolerancia” son “respeto a la diversidad” y “no discriminación”. Quizá no parezca obvio, pero el concepto de tolerancia no sólo tiene importantes diferencias con el de “respeto a la diversidad” y sobre todo con el de “no discriminación” sino que puede terminar teniendo un sentido opuesto.

El “respeto a la diversidad” y la “no discriminación”, que se suelen usar como equivalentes, evocan una atmósfera de paz y armonía. El respeto a la diversidad se asocia en los discursos públicos con la pacífica convivencia de etnias, culturas y orientaciones sexuales diversas.  La no discriminación reafirma la idea de un trato no solo respetuoso sino amable, afectuoso e “indistinto”, entre los miembros de las distintas etnias, culturas y orientaciones sexuales. Quizá el paradigma de ese imaginario sería un grupo multirracial de estudiantes de Harvard o de funcionarios de la ONU, cada cual con su color de piel, su traje típico, su inclinación sexual y su mate, su hoja de coca o su taza de té, todos comunicados en un “esperántico” inglés y galvanizados por su adhesión a los políticamente correctos principios de “respeto a la diversidad” y “no discriminación”.

El problema es que el mundo y la vida real no son así. Uno no convive sólo con personas de buenos modales de las que se diferencia por el color de piel, la orientación sexual y la infusión favorita. Convive con fanáticos del fútbol, con gente que se niega a ceder cualquier privilegio, con secretos admiradores de Hitler y no tan secretos admiradores de Stalin y de Mao Tse Tung, con burócratas trepadores, con devotos locales de la Asociación de Amigos del Rifle, con estatistas y privatizadores, con fundamentalistas religiosos, con militares nostálgicos, con partidarios de la pena de muerte, con revolucionarios “de café con leche” que creen su deber “agudizar las contradicciones del sistema” (como si no fuera ya bastante contradictorio), con los que se compadecen de los rapiñeros y los que quieren fusilarlos, con quienes creen vivir  “El Fin de la Historia”, con los que cantan loas a la tecnología y los que no notan diferencias entre éste capitalismo y el del Siglo XIX,  con mujeres que están seguras de habitar en un “patriarcado” y sectas que se preparan para el Armagedón.

Por eso es necesaria la tolerancia. Porque uno, salvo que sea un hipócrita, no puede respetar íntimamente la diversidad de todos aquellos con los que discrepa. Y mucho menos puede no discriminarlos. Discriminar, en su sentido original de “separar o diferenciar una cosa de otra”, es una actitud humana básica, esencial para la vida. Uno debe discriminar para elegir a sus amigos, para adoptar una ideología o una postura ante cualquier asunto, para elegir un partido, votar a un presidente o un delegado y para casi cualquier cosa que vaya a hacer. Si no discrimináramos seríamos literalmente tarados.

La exigencia de respetar a todas las diversidades y no discriminar a ninguna es inhumana. Por eso, tras ella, se esconde el peligro del autoritarismo. Incapaz de prodigar su respeto y su no discriminación a todas las variaciones vitales humanas, el “no discriminador” rápidamente establece límites, tras los cuales está lo ferozmente discriminable.  Preso de su exigencia moral desmedida (la de respetar a todos y no discriminar a nadie) debe excluir prácticamente de la categoría humana a aquellos a los que no quiere o no puede respetar y no discriminar. Así, los musulmanes, ciertas costumbres o patologías sexuales, quienes no comparten las convicciones no discriminadoras, quienes profesan una ideología que les resulta discriminadora, se vuelven automáticamente pasibles de ser perseguidos. Como casi siempre ocurre, los extremos se tocan, y el más radical no discriminador suele volverse el peor inquisidor.

En el Uruguay sobran los ejemplos: locales nocturnos clausurados, bajo pretextos, por promover el uso de cierta ropa por las mujeres, una milonga suspendida por presunta discriminación homofóbica, concursos literarios con temas preferenciales, humor políticamente correcto impulsado por un Gobierno Departamental, presiones sobre una revista para quinceañeras por escribir sobre los celos de los noviecitos y el intento de impedir la emisión de una telenovela de origen turco, son algunas de las “perlas” producidas por los y las campeonas del “respeto a la diversidad y la no-discriminación”. Ni hablar de la agresividad y de la violencia moral y física que recorre a toda la sociedad y estalla en los estadios y en las redes sociales.   

La tolerancia es una virtud modesta. No pretende una imposible ecuanimidad hacia todo lo diferente o discrepante. Exige, nada más, dejar vivir y expresarse al diferente y al adversario. Abstenerse de iniciar violencia y enfrentar a aquél con quien discrepamos bajo ciertas reglas.  No busca imponer el amor, sino la paz. Quizá por eso es más sabia.

Me pregunto si, para educar a nuestros hijos, no debemos desempolvar la vieja noción de tolerancia, como aprendizaje del difícil arte de convivir con nuestros adversarios, tal vez sin amarnos, pero también sin matarnos. 

 

   


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