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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Des-concierto global

publicado a la‎(s)‎ 8 feb. 2017 16:27 por Semanario Voces

     


1)METHOL

Este enero, de vacaciones, lejos del trabajo y sus tensiones, releí un libro que ha vuelto a las manos y a las cabezas de muchos uruguayos en los últimos tiempos.

“El Uruguay como problema”, de Alberto Methol Ferré, fue publicado por primera vez en 1967. La leyenda - o el mito- dicen que fue escrito por el historiador, filósofo, pensador y estratega continental, además de teólogo católico (todo eso fue Methol), en veinte días, en el balneario “Las Flores”, aunque obviamente es la síntesis de años de estudio y meditación por su parte.

¿Por qué Methol y por qué ahora?

Cuando hay problemas, los uruguayos, a diferencia de otros pueblos, solemos preguntarnos si nuestra existencia tiene sentido, si lo que nos pasa no es consecuencia inevitable de nuestra pequeñez y de que nuestra identidad como país haya sido construida por decisiones geopolíticas ajenas (esencialmente inglesas), “antes un Estado que una nación”, por decirlo en términos de Methol. Uno no imagina a un ruso, a un chino, ni tampoco a un brasileño, preguntándose si tiene sentido que existan Rusia, China o Brasil. No es sólo una cuestión territorial. Son pueblos que poseen una identidad nacional, histórica y  cultural previa incluso a su actual conformación política. De alguna manera, siempre estuvieron históricamente condenados a ser lo que son. Lo contrario de lo que nos ocurre a nosotros, que, según Methol, fuimos arrancados del Virreinato del Río de la Plata y declarados Estado independiente cuando todavía no existía una identidad nacional que lo reclamara.

Esa debilidad original, de la que no siempre somos conscientes, suele presentársenos como duda existencial cada vez que enfrentamos dificultades o vemos el futuro poco promisorio.

Tal vez porque no atravesamos nuestro mejor momento, en lo económico, en lo político, en lo social y en lo cultural, algunas de las reflexiones de Methol adquieren hoy renovada vigencia. Lo mismo podría decirse de Roberto Ares Pons y Washington Reyes Abaddie, que fueron sus amigos y coincidieron en la mirada desde el revisionismo histórico.

La necesidad de pensar al Uruguay y a América en el marco de las enormes fuerzas e intereses geopolíticos que determinan su presente y su futuro es una lección ineludible de esa concepción histórica. Es decir, pensar lo que nos pasa desde la perspectiva reducida del “pago chico” es una forma de no entenderlo. Así como la política uruguaya del Siglo XIX era el reflejo de intereses y fuerzas europeas y continentales, que creaban y destruían Estados y gobiernos según su conveniencia, la del Siglo XXI reproduce los intereses y discursos de otros poderes supranacionales que modifican y reordenan al mundo según su conveniencia. Tal vez no tengamos todavía la distancia histórica como para percibirlo con tanta claridad, pero las evidencias son ya abundantes.

2)      TRUMP

El año empezó con la prensa internacional bombardeando a Donald Trump. “Fascista”, “dictador”, “racista”, “mentiroso”, “misógino”, “loco”, son los calificativos más comunes que se le destinan. Antes de que asumiera, ya hubo manifestaciones contra él en EEUU y en varias capitales del mundo. Los periodistas compiten con los intelectuales y con las estrellas de Hollywood para insultarlo en la prensa escrita y en la TV. Insólitos intérpretes de “lenguaje gestual” se ocupan de determinar el estado de su vida conyugal, el humor de su esposa y el aburrimiento de sus hijos. Y lo último: manejar la posibilidad de la destitución, o incluso del asesinato de Trump, se ha vuelto un tópico de buen tono en ciertos ámbitos mediáticos.

¿Qué hay detrás de tanta agitación preventiva?

Es cierto que Trump se ha movido rápido. El cierre de fronteras para los musulmanes y el muro en la frontera con México fueron promovidos casi al salir de la ceremonia de toma de mando. Pero, ¿es creíble que esas medidas sean la verdadera causa de tanta conmoción? ¿Acaso los gobiernos de Bush y de Obama (con Hillary a cargo) no bombardearon y mataron a cientos de miles, o millones, de musulmanes, por cierto muchos más que los que Trump no quiere dejar entrar?  ¿Acaso el gobierno de Obama no deportó en silencio a miles de indocumentados latinoamericanos?

¿Por qué las medidas racistas y chovinistas de Trump son mucho más indignantes, para cierta prensa, ciertos intelectuales y ciertas estrellas de Hollywood, que las guerras genocidas del trío Bush- Obama-Hillary, o el muro y las silenciosas deportaciones que los EEUU han practicado toda la vida?

La respuesta tal vez pueda sospecharse sabiendo quién o quiénes están detrás de tanta indignación y tinta mediática.  

Las ONGs financiadas por las fundaciones de George Soros, por ejemplo, esas que trabajan en áreas como género, sexo, identidad racial y derechos humanos, han adherido en masa a las manifestaciones anti Trump. Sabido es, también, que poderosas familias vinculadas a la industria petrolera, como los Bush, manifestaron su explícito apoyo a Hillary Clinton en las elecciones y hoy se oponen al gobierno de Trump.  Y no es ningún secreto que el estamento militar y la poderosísima industria armamentista estaban más que felices con la gestión pro bélica de los gobiernos de Bush y de Obama. ¿Se precisa mucho más para saber que hay poderosos intereses que ven con malos ojos la política de “fronteras adentro” anunciada por Trump?

Pero hay más. Apenas asumió, Trump dispuso el retiro de EEUU de varios tratado de libre comercio, en particular del Transpacífico, alegando que esos tratados han deteriorado la economía estadounidense y dejado sin trabajo a millones de personas. Curiosamente, por esas medidas recibió Trump el apoyo del Senador Bernie Sanders (el rival de Hillary en la interna demócrata) y de varias centrales sindicales. Pero sobre esos apoyos van a leer muy poco en la gran prensa global.

El fantasma del proteccionismo, de la intervención del Estado en la economía, parece ser lo que realmente molesta a los grandes intereses globales, muchos de los cuales tienen sus centros neurálgicos (no su dinero ni sus establecimientos) en los EEUU.  Esos grandes intereses globales, en particular financieros, de los que Soros y Rockefeller son buenos ejemplos, aliados a la industria petrolera y a la armamentista, son los nuevos enemigos que la administración Trump parece tener enfrente. No por ser racista, sexista o “cualquierista”, sino porque su discurso proteccionista, y su evidente intención de mandar, incluso por sobre el poder económico, resultan aspiraciones intolerables para quienes se han acostumbrado a manejar el mundo ignorando a los Estados y a los gobiernos.

El proteccionismo, entonces, ese fantasma supuestamente típico de los gobiernos populistas del tercer mundo, parece haberse instalado nada menos que en la Casa Blanca.  ¡Horror! ¿Se imaginan si otros gobiernos del mundo hacen lo mismo que Trump y se dedican a proteger su industria, sus  recursos y sus fuentes de trabajo?

Ninguna simpatía siento por Trump. Pero es imprescindible reconocer que quienes aspiran a derribarlo son peores que él, aunque dediquen millones de dólares a financiar causas políticamente correctas y económicamente inocuas.

EL SECRETO

En filas de lo que siempre se consideró “la izquierda”, y en no pocas personas que votan lo que siempre se consideró “la derecha”, hay un secreto celosamente guardado.

El secreto consiste en que estamos desconcertados. Porque ya nada parece ser lo que era. En los EEUU, el corazón económico de Occidente, quienes financian las causas tenidas por “nobles y progresistas” (género, identidad sexual y racial, derechos humanos, etc.) son los mismos que defienden la más cerril globalización económica, esa que destruye recursos naturales y deja sin trabajo a millones de personas. Al tiempo que son los más conservadores los que exigen la protección del Estado para defender el interés nacional y las fuentes de trabajo.

Hay muchas cosas que la realidad suele no ser. Suele no ser linda, suele no ser justa, y también suele no ser clara ni transparente.  Si algo permite reconocer a un manipulador es verlo asegurar que las cosas son muy claras y que los buenos están de un lado y los malos del otro.

El mundo es cada vez más complejo. Y las teorías que se han elaborado en los últimos dos siglos para aclararlo y simplificarlo resultan notoriamente obsoletas.

Quizá la tarea inmediata no consista tanto en cambiar al mundo como en entenderlo.

Aquí es cuando la lección de Methol adquiere vigencia. No porque la realidad sea la misma que él estudió en 1967, por cierto, sino porque descubrir los verdaderos intereses en juego en los procesos sociales o políticos es la clave para no perderse, para evitar ser una marioneta inconsciente de quienes mueven los hilos del dinero, de la prensa, del pensamiento y los discursos de moda.       

           

 

 


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