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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Después del TISA

publicado a la‎(s)‎ 9 sept. 2015 12:57 por Semanario Voces

¿Cómo leer la decisión de Tabaré Vázquez de retirar al Uruguay de las negociaciones relativas al TISA?

Hay una lectura inmediatista, menuda, por no decir menor, que se enfrasca en el juego de la política interna y lee todo lo que ocurre como un deportivo avatar de ganancias y pérdidas de los partidos, líderes y agentes de la política nacional.

Desde esa óptica, para algunos, lo ocurrido con el TISA fue una pulseada, en la que el PIT-CNT, Pepe Mujica, el Partido Comunista y los socialistas ortodoxos, o “removedores”, le doblaron el brazo a Astori, a Nin Novoa, al Frente Líber Seregni, a la oposición blanca y colorada, y eventualmente -¿quién puede saberlo?- al propio y enigmático Tabaré Vazquez.  Para otros, lo que hubo fue una maquiavélica vuelta de carnero del PIT CNT y de Mujica, uno porque estaba enterado con antelación y el otro porque Uruguay ingresó a las negociaciones del TISA durante su presidencia.

Para muchos votantes frenteamplistas, el hecho significa simplemente un nuevo triunfo de “la unidad frenteamplista” sobre “la derecha rosada”. Las apresuradas declaraciones y twitteos de Bordaberry, Lacalle Pou y Larrañaga, instando a Tabaré Vázquez a desoír al Plenario y ofreciéndole su apoyo para continuar con el TISA, avalan puntualmente esa inocente lectura frenteamplista. 

Para algunos empresarios (sobre todo los que esperan contratar con el Estado), la decisión fue una sabia medida que protege al trabajo y a la industria nacionales. Para algunas cámaras empresariales y para ciertas visiones tecnocráticas, es una respuesta anacrónica de un país que rechaza el progreso y le teme a la competencia.

Para ciertos observadores, representa un triunfo de la izquierda sobre la derecha; para otros, un triunfo de la visión conservadora sobre la renovadora.

Para algunos politólogos, el hecho (como todos los hechos) augura cambios en la intención de voto para las elecciones de 2019, cosa que será largamente demostrada luego con encuestas y presentaciones televisivas.  

Pero es posible hacer otra lectura de todo el fenómeno. Y diría que esa otra lectura es además indispensable.

Si alzamos por un minuto la vista del batiburrillo interno, veremos que el TISA es, ante todo, una negociación secreta. Tan secreta, que lo primero que se supo de ella provino de  documentos que fueron filtrados y difundidos por WikiLeaks.

En esencia, el TISA es un tratado cuyo objetivo es que los Estados que adhieran a él renuncien a proteger, regular y competir en el área de los “servicios”. Conviene aclarar que “servicios” puede ser prácticamente cualquier cosa: la actividad financiera y bancaria, la enseñanza, los seguros, las comunicaciones, casi todas las formas de contratación con el Estado, etc.

La clave está en que todo Estado que adhiera se obliga a no competir en esas áreas, a no proteger a las empresas nacionales que compitan en esas áreas y, sobre todo, a no crear nuevas reglamentaciones en esas áreas. En pocas palabras, el Estado se ata a sí mismo de pies y manos, incluso en la posibilidad de legislar, para no obstaculizar a las empresas extranjeras que pretendan invertir o contratar en su territorio.     

 Algunas de estas condiciones ya se vienen imponiendo a través de otros contratos y tratados, como los tratados de protección de inversiones y los contratos secretos que ha firmado el Uruguay con empresas como “Montes del Plata”. La gran novedad que trae el TISA es que el compromiso estatal de no competir, ni proteger, ni regular, ya no estará limitado al área concreta de la economía en que invierta determinada empresa extranjera. En el TISA es al revés. El compromiso estatal de no intervenir rige para todas las áreas de la economía, salvo aquellas que el Estado expresamente haya excluido antes de suscribir el tratado, lo que significa que aquellas áreas que el Estado no se reserve, y todas las nuevas que surjan por el desarrollo tecnológico (en energía, comunicaciones, biotecnología, informática, etc.), quedarán automáticamente comprendidas en el régimen de desregulación que impone el TISA.

Para completar el panorama, cualquier incumplimiento de este régimen de desregulación estatal será  juzgado por tribunales internacionales (así lo establece el TISA). Eso significa que, si el Estado uruguayo hubiese aceptado integrarse, habría podido ser llevado a juicio por empresas multinacionales ante tribunales internacionales dedicados a proteger “la libertad de comercio” (imagínense el caso Philips Morris multiplicado por “n” veces).

Para comprender la situación, hay que asumir que al sistema económico global -y al capital global- las fronteras y los Estados les quedan chicos e incómodos. El capital financiero, la industria química, las compañías petroleras, las empresas agroindustriales, entre otras, no están dispuestas a seguir siendo controladas por los Estados; no quieren someterse a sus leyes sociales, ambientales o laborales, no quieren tener que pagar impuestos ni sufrir limitaciones fronterizas, ni depender de los gobiernos que el azar de las elecciones democráticas pueda depararles.

El TISA es eso: la renuncia de los Estados a gobernar y a controlar las inversiones extranjeras en su propio territorio; la posibilidad de que los inversores transnacionales dicten sus propias reglas, sin ser interferidos por las instituciones políticas y los gobernantes que elijan los habitantes de ese territorio.

Entramos en un nuevo tiempo, en que los Estados, los gobiernos, las leyes, el sistema republicano, e incluso la misma democracia, que siempre habían sido manipulados por los grandes capitales, son declarados un obstáculo caro y anacrónico por quienes manejan los grandes intereses  transnacionales. La situación actual de Grecia –más allá de cualquier error de los griegos- es un buen ejemplo del futuro que puede esperarnos.

Como diría un conocido periodista uruguayo: “Así está el  mundo, amigos”.

En ese contexto, ¿tiene sentido seguir pensando la política en términos de “frenteamplistas contra rosaditos”? ¿Acaso los hechos no están demostrando que el vaciamiento de poder amenaza a todo el Estado y a las instituciones democráticas, sin importar quién los gobierne?

El TISA no fue rechazado por Tabaré Vázquez por casualidad, ni sólo por una conjura interna de la izquierda y del movimiento sindical. En estos días he conversado con varios caracterizados militantes blancos e incluso con algunos colorados. Varios de ellos me admitieron –en privado- que lo del TISA “era un disparate” y que sus dirigentes máximos, Bordaberry, Lacalle Pou y Larrañaga se habían equivocado al embanderarse con él.

Hay un sentido común uruguayo, el mismo que nos ha llevado a evitar el TLC con los EEUU y a votar contra la privatización de empresas públicas cada vez que hemos podido, que nos lleva a desconfiar de cosas como el TISA. No por ser de derecha ni de izquierda, sino por ser básicamente democráticos y republicanos.

 Tabaré Vázquez –de quien me separan infinidad de discrepancias- tiene bien desarrollado el olfato para percibir ese “sentido común uruguayo” y se cuida siempre mucho de enfrentarlo o desafiarlo.

Sería una ingenuidad creer que con el retiro de las negociaciones por el TISA este asunto está terminado. Por el contrario, se presentan ante nosotros dos grandes problemas.

El primero es que los grandes lineamientos de la economía mundial están definidos y las presiones y estratagemas para imponerlos tomarán nuevas formas, otros tratados internacionales, contratos con ciertas empresas, presiones de la OCDE o de la OMC, y nuevos mecanismos de pseudointegración, respaldados por la consabida “cháchara” tecnocrática y las amenazas de perder trenes y quedar aislados.

Habrá que estar alertas y lúcidos para que en el Parlamento no se voten, en secreto y “a tapas cerradas”, como se hizo con la bancarización, nuevas normas que comprometan la autonomía democrática del país. Porque lo cierto es que la política nacional no es ya sólo una pulseada de Pepito contra Cuquito. Los intereses directos de las empresas transnacionales son un nuevo actor político al que ya no se puede ignorar.

El otro problema es que un país no puede definirse a sí mismo sólo por el rechazo de tratados o imposiciones inconvenientes.  Es necesario otro proyecto, económico, social, educativo, político y de inserción internacional para subsistir como sociedad autónoma y democrática.

Estamos muy lejos de tener ese proyecto. Ojalá  la noción de que nos falta nos ponga también un objetivo  ante los ojos.

 

   

 


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