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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Detrás de Odebrecht

publicado a la‎(s)‎ 16 feb. 2017 10:45 por Semanario Voces   [ actualizado el 16 feb. 2017 10:46 ]

El de la empresa Odebrecht parece ser el mayor caso de corrupción (de los hasta ahora descubiertos) en la historia del mundo. Según la información disponible, es un entramado de coimas, contratos y concesiones irregulares de obras públicas y maniobras financieras que involucra

 

a presidentes, ministros y altos funcionarios de más de una decena de países en varios continentes.

Para quien no lo tenga presente, Odebrecht es una compañía de origen brasileño (en realidad es una multinacional) dedicada principalmente a la ingeniería y la construcción pero con fuertes inversiones en la agroindustria y la industria química.

Si nos atenemos a la versión oficial, el destape del asunto Odebrecht fue consecuencia del interminable escándalo brasileño denominado “Lava jato”. El “Lava jato” comenzó hace unos cuatro años como una investigación sobre una relativamente modesta operación de desvío de fondos y lavado de dinero, en la que aparecían involucrados varios políticos brasileños de diversos partidos. La investigación condujo a descubrir que gran parte de los fondos desviados provenían de Petrobras, y que en la percepción de coimas por permitir la maniobra  podrían estar involucrados muchos parlamentarios y más de un ex presidente, lo que produjo un nuevo escándalo aun más grande (el de Petrobras). A su vez, la investigación sobre Petrobras condujo a Odebrecht, que era una de las principales empresas contratantes de la gigantesca petrolera brasileña y la vía por la que se habría desviado muy buena parte del dinero sustraído a ésta.

La investigación en Brasil, además de a políticos de todos los partidos brasileños, salpicó a gobernantes y funcionarios de varios otros países. Hablamos de cifras aún desconocidas pero sin duda monstruosas, de muchos miles de millones de dólares, que en definitiva fueron sustraídos al pueblo brasileño y a los pueblos de los otros países donde Odebrecht obtenía contratos públicos leoninos en base al pago de coimas.

Y aquí la cosa se vuelve aun menos clara. Porque, alegando que el pago de esas coimas se hizo  a través de sus instituciones financieras, EEUU y Suiza abrieron investigaciones judiciales sobre Odebrecht y varias de sus colaterales. En la investigación abierta en EEUU, los directores de la empresa admitieron su culpa y se comprometieron a pagar una multa de miles de millones de dólares a EEUU, Suiza y Brasil. Es extraño, entre otras cosas, que la información proveniente de EEUU y de Suiza sea la más completa respecto a los gobernantes latinoamericanos coimeados, pero no mencione la comisión de irregularidades por parte de funcionarios o banqueros estadounidenses ni suizos, así como es extraño que la multa correspondiente a Brasil se pacte en un proceso abierto en los EEUU.

Entre los países afectados por las maniobras de Odebrecht se cuentan, además de Brasil, EEUU y Suiza, otros países latinoamericanos cuyos gobernantes habrían recibido coimas, como Panamá, Argentina, Ecuador, Colombia, Perú, República Dominicana, México, Guatemala y Venezuela, así como varios países africanos y alguno asiático. En lo más íntimo, a Odebrecht, a través de una colateral, se le adjudicaron también obras en nuestra regasificadora. Y quien vino al Uruguay a interceder por esa adjudicación fue Fernando Pimentel, miembro del PT, en esa época ministro de Dilma Rousseff y actualmente gobernador del Estado de Minas Gerais.

FIFA, PANAMÁ, ODEBRECHT.

No sé si a ustedes les pasa, pero a mí esta historia me produce una sensación de “deja vu”. ¿Recuerdan los casos de la FIFA y de los “Panamá papers”?

En el caso de la detención de jerarcas latinoamericanos de la FIFA (entre ellos nuestro ínclito Figueredo) también hubo colaboración judicial de los EEUU y Suiza. Repentinamente, algo que todos sabíamos o sospechábamos resultó objeto de una acción fulminante del sistema judicial estadounidense y de la policía suiza. ¿Por qué? ¿Por qué en ese momento y no en las décadas anteriores? ¿Por qué EEUU se creyó habilitado a intervenir? ¿Por qué el operativo alcanzó sólo a latinoamericanos y no a dirigentes estadounidenses y europeos (salvo Blatter) del fútbol? ¿Qué o quién hizo la denuncia e instigó a ese procedimiento?

Las respuestas son oscuras o inexistentes. La “familia del fútbol” seguramente las sabe. Los ciudadanos comunes no. 

El otro caso es el de los “Panamá papers”. Una información misteriosa y comprometedora sobre el paraíso fiscal panameño fue puesta a disposición de un grupo de medios de prensa, y la difusión de esa información permitió a la justicia estadounidense abrir investigaciones (¿por qué ella?) y, sobre todo, “escrachó” a Panamá como refugio seguro para el dinero y la información. Curiosamente, entre los clientes del paraíso panameño que fueron escrachados no había ninguna persona ni empresa estadounidense.

¿A quién le servía ese resultado? ¿Qué otros paraísos fiscales no fueron tocados?

Todo indica que se ha establecido un procedimiento: un cúmulo de información llega de pronto a cierto ámbito, la prensa, el poder judicial brasileño, o directamente el sistema judicial estadounidense. Luego, el sistema judicial y las fiscalías estadounidenses, en su papel de policía del mundo, toman cartas en el asunto, determinan culpabilidades y se aseguran de que sean conocidas urbi et orbi.

En todos los casos, la información parece ser mucho más amplia de lo que podría arrojar una investigación judicial ordinaria, al punto de que es imposible no pensar en fuentes mucho más conocedoras del entramado negocial y mafioso del que se trate.

CAMBIAR ALGO PARA QUE TODO QUEDE COMO ESTÁ

Desde el punto de vista de la opinión pública, esos operativos parecen una operación limpiadora. Pústulas, como la corrupción futbolística, el lavado u ocultamiento de dinero, o la corrupción de los gobernantes, son investigadas, purgadas y saneadas. ¿Por quién? Por el sistema de justicia (y espionaje) de los EEUU. ¿Quiénes pierden? Unos “hombres malos” que en el fondo no son más una minúscula parte del sistema de corrupción y poder del mundo.

 No sé a ustedes, pero a mí me cuesta aceptar la versión del juez Sérgio Moro como una especie de héroe solitario que hace justicia a puro coraje. Y me sigue pareciendo extraño el empeño del Supremo Tribunal Federal en esta causa, siendo que hace décadas que podría haberla emprendido contra la corrupción de la política brasileña.

Los hechos hacen pensar, más bien, que detrás del impulso investigador de los sistemas judiciales de EEUU y de Brasil, como del celo policial y judicial suizo, hay otros motores, otros factores de poder que, por razones que desconocemos, resuelven liquidar a ciertos “riquitos” advenedizos, recién llegados y bastante ordinarios, y de paso poner en evidencia a ciertos políticos demasiado angurrientos. ¿De qué otra manera explicar el repentino fervor de la justicia brasileña, que ha presenciado pasivamente la corrupción desde hace tantos años? ¿Y el de la justicia estadounidense? ¿Acaso no tenía motivos sobrados para investigar y procesar durante la crisis financiera de 2008, cuando los banqueros y financistas usaban el dinero de la refinanciación que les daba el gobierno para robárselo en forma de bonos suculentos?

TODO EN CALMA

Cuando el fenómeno Odebrecht haya pasado, dejará resultados sorprendentes.

Por un lado, la gente común tendrá la sensación de que algo se ha limpiado. Algunos ricos y poderosos serán juzgados y encarcelados en varios países. Mientras tanto, otras empresas y otros intereses, más ricos y más discretos, seguirán usando los mismos o similares métodos sin que nadie lo diga. Es más: en tanto no sean juzgados, se podrá presumir que no hacen nada ilícito. Obviamente, creer eso sería como creer que el fútbol se limpió por la detención de un pequeño número de dirigentes, o que los paraísos fiscales desaparecieron porque Panamá fue expuesto a la luz. Pero esa será la apariencia.

Por otro lado, la brecha de desconfianza que separa a los pueblos latinoamericanos de sus representantes políticos se ahondará más. Al menos una decena de gobiernos, algunos de ellos no del todo confiables para los inversores (Venezuela, Ecuador, el anterior gobierno de Brasil), serán –justificadamente- sospechosos de corrupción en grande. Algún ex presidente, confiable para los inversores pero políticamente liquidado (como Toledo), será enjuiciado y tal vez hasta condenado. Conclusión: los pueblos no deben confiar en los políticos. Y algo novedoso: los poderes judiciales –en última instancia, el omnicompetente sistema judicial estadounidense y el control financiero suizo- son la esperanza moral en esta región del mundo.  

Para pensar: ¿a quienes les sirven esos resultados?         

 


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