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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Diversidades

publicado a la‎(s)‎ 24 ago. 2016 14:19 por Semanario Voces



Si para algo ha servido el llevado y traído episodio de las declaraciones de Cordera es para que muchos nos preguntemos cuáles son los límites de la libertad de expresión en nuestro país, o qué se puede decir públicamente y si hay cosas que no pueden ni siquiera ser dichas.

Hace pocas horas, una amiga se preguntaba y preguntaba, en las redes sociales, si uno es libre de ofender y de humillar en ejercicio de la libertad de expresión.

La pregunta es oportunísima. No por Cordera (a estas alturas, muchos empezamos a estar hartos de Cordera, de los detractores de Cordera y de los defensores de Cordera) sino por algunos criterios que vienen planteándose en los debates públicos y que merecen ser analizados.

En nuestro país, los márgenes legales de la  libertad de opinión y de expresión son bastante amplios. En el Código Penal existen cuatro grandes límites. Está prohibido difamar o injuriar públicamente a las personas. Está prohibido hacer apología pública de actos delictivos. Está prohibido instigar públicamente a otros a cometer cualquier clase de delitos. Y finalmente, por reformas más recientes, está prohibido incitar, por cualquier medio apto para la difusión pública, al odio, el desprecio o la violencia contra las personas por motivos raciales, religiosos, de nacionalidad, de sexo o de género. Fuera de eso, la libertad de expresión, al menos en teoría, es ilimitada.

Sin embargo, algo anda mal con esas normas, o con la interpretación que de ellas se hace.

DE ESO NO SE HABLA

Basta una rápida revisión de los medios de prensa y de las redes sociales (que hoy son una de las formas más eficaces de hacer pública una opinión) para constatar que la prohibición de discriminar por razones religiosas no ampara a la religión islámica, contra la que, haciéndola mecánicamente responsable de actos terroristas, suelen hacerse afirmaciones que serían inadmisibles respecto de cualquier otra religión. De hecho, hay quienes ven con buenos ojos –y lo dicen- las medidas discriminatorias que se están adoptando en Europa contra los musulmanes (restricción de la inmigración, prohibición del velo, etc.).

Algo similar pasa en los medios periodísticos y en las redes sociales con el sexo masculino, más precisamente con los hombres heterosexuales, que son –somos- objeto de acusaciones genéricas que se considerarían inadmisibles si fueran dirigidos contra las mujeres o contra cualquier clase de personas homosexuales.

Más lamentable aun, lo mismo pasa con los homicidios. Las muertes por tortura, cometidas durante la dictadura, hace treinta o cuarenta años, y las muertes por violencia de género, son consideradas gravísimas, se lleva su registro y ocupan grandes y prolongados espacios en la prensa. Pero, ¿qué pasa con los “ajustes de cuentas”, los diarios asesinatos de comerciantes y las ejecuciones de jóvenes de barrios humildes a manos de la policía? No pasa nada. Una mención en el noticiero y después la impunidad y el olvido.

PRINCIPIOS 

Hay dos principios clásicos en un sistema jurídico garantista. Uno es el de igualdad y el otro el de libertad. Uno obliga a que las normas se apliquen a todas las personas por igual. El otro permite que pueda pensarse, decirse y hacerse todo lo que no esté estrictamente prohibido por una ley.

Todo indica que –como lo señalaba Soledad Platero hace pocos días- esos principios están siendo sustituidos por una difusa sensibilidad, sumamente subjetiva, para la que las leyes sólo son aplicables a aquellos casos que la conmueven y sólo pueden  decirse aquellas cosas que no la afectan.

La sensibilidad “políticamente correcta”, subjetiva, como todas las sensibilidades, está dispuesta a aplicar las leyes cuando la víctima la conmueve o el victimario le es odioso, así como está dispuesta a desaplicarlas cuando la víctima y el victimario le son indiferentes. Del mismo modo, preconiza la libertad de expresión cuando la causa le es simpática, y está dispuesta a reprimirla cuando la causa le es ajena o molesta.

IDEOLOGÍAS

Si las ideas debieran ser juzgadas por sus efectos sociales, casi ninguna superaría la prueba.

¿Cuánta responsabilidad tienen el catolicismo y el protestantismo, en las zonas del planeta en las que imperaron, por la intolerancia religiosa y la represión sexual que los acompañaron?

¿Cómo juzgar al marxismo, a la luz de las experiencias autoritarias que se instalaron en su nombre en tantas partes del mundo?

¿Qué decir del fascismo y del nazismo?

¿Qué decir del liberalismo económico, de la desigualdad global, el consumismo, las zonas de miseria y destrucción ecológica y las dictaduras sanguinarias que ha creado o respaldado?

¿Quién nos asegura que el actual vacío y falta de sentido vital no son hijos de la hedonista “new age”, que arrancó en los 60, y de la escéptica postmodernidad que la siguió en los 70?

La “corrección política” es hoy una ideología más, con su propia receta para “arreglar el mundo”. Se propone hacerlo sin tocar el orden económico y las estructuras de poder mundial (esto debe tenerse muy presente), con actos de habla y gestos simbólicos compensatorios hacia las mujeres, los homosexuales y las minorías raciales, invirtiendo (que no eliminando) los privilegios históricos entre los sexos y las razas.

Como todas las ideologías, nació débil, reclamando tolerancia. Como todas, se vuelve autoritaria cuando logra cargos de poder, financiación, incidencia académica, influencia política. Y, como todas, trata de imponer un lenguaje que “visibilice” lo que le interesa visibilizar e impida nombrar lo que quiere ocultar. Por ejemplo, sus orígenes y fuentes de financiación. De eso tampoco se habla.

Y LOS RICOS MIERDA, MIERDA

Si hay una consigna que siempre detesté es la que contiene esa vieja canción: “que la tortilla se vuelva/ que los pobres coman pan/ y los ricos mierda, mierda”. Porque la justicia social no consiste en invertir los privilegios y las desgracias. Consiste en eliminarlos.

Los principios de libertad y de igualdad son el resultado de muchos siglos de cultura occidental. Establecerlos, al menos en nuestras mentes, costó muchas luchas y muchas muertes.

Sí, claro, no rigen ni nunca han regido. No hay ninguna sociedad que los haya materializado. Porque en realidad son instrumentos, guías, la brújula que ha guiado a todas las luchas emancipatorias, la abolición de la esclavitud, la organización de los sindicatos obreros, la derogación de las legislaciones racistas y las luchas feministas por la igualdad civil y el sufragio.  

Por algo todas las ideologías y regímenes de dominación han intentado eliminar a la libertad o a la igualdad. O a ambas.

Ahora, la “corrección política” sostiene que los dos principios han fracasado. A las trabajosas luchas por la igualdad les contrapone la “discriminación positiva”. Y a la libertad –de opinión y de expresión- le contrapone el “lenguaje políticamente correcto”, que cree cambiar la realidad prohibiendo las palabras que la describen.

NI OFENDO NI TEMO

La conclusión de este artículo cae por su peso: todas las ideologías que se propusieron reformar la sociedad, sacrificando los principios de libertad y de igualdad, fueron un error o una trampa.

¿Por qué habría de ser distinto en este caso?

Es harto discutible que la simbólica inversión de privilegios, la “discriminación positiva”, construya alguna vez justicia social, porque a la justicia social se llega por caminos equitativos o no se llega.

Pero de lo que no cabe duda es que las restricciones al lenguaje, que son también restricciones a las ideas, sólo pueden traer autoritarismo y pobreza intelectual.

La adultez intelectual, requisito para cualquier emancipación, sólo puede alcanzarse mediante el pleno y desprejuiciado manejo de las ideas y de la lengua, que son los instrumentos para analizar la realidad y para enunciar proyectos que puedan cambiarla.

 


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