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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: El efecto Neptuno

publicado a la‎(s)‎ 22 mar. 2017 16:18 por Semanario Voces

En 1845, el astrónomo Urbain Le Verrier predijo la existencia del planeta Neptuno sin verlo, al observar, en la órbita de otros planetas, anomalías que sólo podían explicarse por la existencia de un cuerpo desconocido que las causara.

Descubrir la existencia de algo invisible a partir de sus efectos visibles no es un fenómeno raro. De hecho, imaginar la existencia de una causa desconocida para hechos inexplicados parece ser lo habitual en las hipótesis científicas, a partir de las cuales comienza la investigación. Cabe preguntarse si en la vida social las cosas son muy distintas.

En los años 70 del Siglo pasado, varios países del América del Sur, incluido Uruguay, experimentaron golpes de Estado. En aquellos momentos, para quienes los vivimos, parecían hechos inconexos, a duras penas explicables por las situaciones políticas internas de los respectivos países. Fueron necesarios más de treinta años, y que los EEUU desclasificaran sus documentos de la época, para que se supiera en forma irrefutable que los golpes militares fueron una estrategia regional planeada y digitada -Escuela de las Américas y Henry Kissinger mediante- por los gobiernos de los EEUU en el marco de la “guerra fría”.   

Hoy vivimos también hechos en apariencia inconexos e inexplicables. ¿Por qué los mismos fenómenos se producen al mismo tiempo en tantos países? Basta explorar un poco las redes sociales para descubrir que en Uruguay, en Argentina, en España, en Perú, en Brasil, entre muchos otros países, la gente discute lo mismo: la corrupción de los gobiernos, la violencia y la delincuencia, los conflictos “de género”, los “millennials”, las minorías, la discriminación positiva, los derechos de las mascotas, pero además compra la misma ropa, ve las mismas películas, oye la misma música, lee –si lee- los mismos libros y piensa las mismas ideas.   

En materia política y  legislativa pasa algo parecido. A mediados de la pasada década de los 80, Uruguay y otros países de América aprobaron leyes de forestación muy similares entre sí. Se hizo por sorpresa, sin debate y sin que nadie expusiera las razones. El Banco Mundial financió la plantación de árboles y nadie preguntó nada. Ahora, hace pocos años, todos los países de América aprobaron o tienen en curso leyes de bancarización. Entre medio, muchos aprobaron reformas que les dieron a sus Bancos Centrales considerable autonomia del poder político, todos votaron leyes contra el lavado de activos y el terrorismo, incorporaron a sus códigos la figura penal del femicidio, firmaron tratados de protección de inversiones que los someten a la jurisdicción de organismos internacionales, instalaron zonas francas, se obligaron a dar información tributaria a otros Estados y crearon organismos de defensa de la competencia comercial.

Si miramos a los medios de comunicación, en particular a las grandes agencias y cadenas multimedia occidentales, la sensación de homogeneidad es la misma. Hay guerras dramáticas para todos y otras ignoradas por todos, gobernantes respetables y otros despreciables (aunque unos y otros cometan las mismas atrocidades), los conflictos son maniqueos, con buenos y malos, o tan complejos que nadie puede entenderlos. Los hechos, los crímenes y los impactos informativos se acumulan sin que sea posible distinguir qué ocurre realmente detrás de ellos. Los atentados, las tragedias, los escándalos y las declaraciones altisonantes se mezclan con los romances, la moda, las “tendencias”, el pensamiento, el espectáculo y el arte como pseudotransgresión destinada al consumo. La pluralidad de fuentes informativas que comunican lo mismo tiene hoy el poder de construir la realidad, una para-realidad vacía y confusa, en que los hechos se transmiten privados de alma y son rápidamente sustituidos por otros, a la vez distintos e iguales.   

La explicación de tanta coincidencia surge sola y es “globalización”. Aunque, dicho así, parecería que la globalización fuera casi un fenómeno natural, como la lluvia o un tornado.

EN ÓRBITA

Pienso en Le Verrier. Lo imagino estudiando las órbitas de ciertos planetas y preguntándose qué los desviaba, qué los llevaba a un recorrido distorsionado sin causa aparente.

Nosotros también tenemos hoy, ante nuestros ojos, órbitas sorprendentes.

Una de ellas es la enorme concentración mundial de la riqueza en manos de cada vez más grandes y poderosas empresas multinacionales, financieras, petroleras, armamentistas y de servicios.

La otra es que ese fenómeno vaya acompañado por el surgimiento de una especie de “sentido común” ideológico universal. Un pastiche de ideas, estética, publicidad y convenciones, una especie de “macdonalización” ideológico-cultural que aspira a ser válida en cualquier lugar del mundo. Es difícil describirlo y más aun definirlo. Pero sus palabras clave son reconocibles: “modernización, mercado, eficiencia, consumo, cliente, derechos, servicios, diversión, inmediatez, imagen”. Todo lo que no signifique pararse como sujeto pensante y preguntarse: “¿Hacia dónde vamos?”.

Los “gurús” de ese discurso global provienen de disciplinas distintas. Hay economistas, políticos, cientistas sociales, filósofos, periodistas, psicólogos, expertos en educación, en derechos humanos, emprendeduristas, marketineros y “todólogos”. La melodía puede variar, pero la letra es la misma: cantan loas al mercado y abominan del Estado, salvo cuando reclaman que el Estado los proteja.      

El discurso global está muy cercano a la hegemonía. Ha penetrado a las universidades, a los organismos internacionales y a los Estados. Les pide a los ciudadanos-consumidores-clientes confianza en los técnicos que “son los que saben”, y a cambio les ofrece amplias vidrieras para el consumo, diversión, libertad sexual, sustancias de todo tipo, una creciente batería de derechos personales y la irresponsabilidad por los problemas colectivos. A los más sensibles les permite incluso sentirse magnánimos, apoyando políticas sociales asistencialistas y medidas simbólicas de discriminación positiva, que no cambian la realidad pero la decoran.

Es, además, convincente. Dice: “el mundo está cambiando y no podemos quedarnos atrás, todo es posible si se tiene iniciativa, nunca tantos consumieron tanto, nunca fuimos tan libres, nunca estuvimos tan comunicados y nunca tuvimos tantas opciones”. Que tres cuartas partes de la humanidad no tengan esa libertad ni esas opciones no los arredra. Tampoco los afecta que muchos de quienes acceden al consumo padezcan angustia y sientan sus vidas vacías o sin sentido. Las industrias del medicamento, del espectáculo y del turismo tienen solución para esos males. 

¿CONSPIRANOIA?

¿Hay algún factor común entre la concentración de la riqueza y esa ideología global que impregna a los discursos tecnocráticos, a los políticos, a los medios de comunicación y a la educación? ¿Hay un Neptuno oculto que una a esas dos órbitas?

Desde luego, hay quienes afirman que existe una conspiración de los más ricos y poderosos del mundo para diluir toda resistencia a su poder en un mar de consumo, conflictos identitarios (de sexo, raza, religión, etc.), diversión y pseudotransgresión.

Pero no es necesario afiliarse a teorías conspirativas para explicar la conjunción de esos fenómenos. La concentración de medios económicos –creo que en eso Marx no se equivocaba- apareja poder ideológico. Quienes tienen la posición dominante en el sistema de producción, aprovechamiento y reinversión de la riqueza tienen no sólo la posibilidad sino la necesidad de moldear el pensamiento, las creencias y las escalas de valores del medio social en el que actúan. Ahora, claro, cuando el medio social comprende a todo el globo, el poder ideológico tiende inevitablemente a ser global. Por eso no puede extrañarnos que las universidades y los medios de comunicación de todo el mundo transmitan los mismos contenidos. La economía global requiere una ideología global.

Nunca como ahora el poder económico había concentrado tanta riqueza y se había expandido tanto. Eso explica por qué están en crisis los Estados y las culturas nacionales o locales. Son un obstáculo para el sistema económico global, y eso los pone en riesgo grave.

Esa nueva situación, sin precedentes en la historia, le plantea a los movimientos emancipatorios (a los que pretenden redistribuir el poder y la riqueza) dos problemas muy serios.

Uno de ellos es qué hacer con los debilitados pero todavía existentes Estados nacionales democráticos. ¿Darlos por perdidos y apostar al surgimiento de alguna nueva organización popular global, o defender a los Estados como instrumento todavía operativo para limitar a los poderes económicos globales?

El otro problema es que cualquier lucha emancipatoria ya no puede ser sólo política. Es una lucha cultural. En la que será vital no confundir los placebos ideológicos, que el sistema ofrece como pseudoalternativa, con los valores culturales que realmente lo cuestionen y puedan ser una verdadera alternativa.

Vienen tiempos complejos y muy difíciles, sin duda.  


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