Artículos‎ > ‎

INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Eleuterio

publicado a la‎(s)‎ 11 ago. 2016 13:40 por Semanario Voces


No fui su amigo. Lo habré  visto cinco o seis veces en la vida y hablado -lo que se dice hablar- sólo dos o tres de esas veces.  Me gustaba mucho cómo escribía, pero no siempre lo que decía; a veces, algo me rechinaba en el trasfondo ideológico de sus escritos. Además estaba esa cosa hirsuta, ese gesto entre malhumorado y “recio” que le gustaba curtir. 

Sin embargo, Eleuterio Fernández Huidobro marcó mi vida, como marcó la de toda mi generación.

A fines de los 60, cuando entré al liceo, él y el resto de los Tupamaros eran noticia constante. Había asaltos a bancos, tiroteos, secuestros, comunicados, arrestos, fugas, torturas, marchas cañeras, las libras de Mailhos, la toma de Pando. Sus caras, mal afeitadas, o borrosas por la mala calidad de la fotografía, aparecían a cada rato en los noticieros, en los comunicados oficiales. Eran acusados, requeridos, se solicitaba la ayuda de la población para capturarlos. Pero seguían libres, tiroteándose con la policía, huyendo, burlándose, mezcla de Martín Aquino y Robin Hood.

El Uruguay de los 60 era épico. Aunque yo entonces no sabía qué quería decir “épico” ni mucho menos que vivía una época épica. Aunque nunca milité en el MLN, sus militantes periféricos eran mis compañeros de liceo. Querían hacer una revolución y que el pueblo tomara el gobierno. El gobierno eran unos señores de corbata, dirigidos por un hombre pelado, atlético, de ojos claros y mirada muy dura. Él mandaba a la policía, y la policía usaba escudos, revólveres y garrotes. Nos vigilaba y nos apaleaba cada vez que hacíamos huelga o manifestábamos. ¿De qué lado podía estar yo?

A muchos de mi generación eso nos parecía normal. No conocíamos otra cosa. Me sorprendía un poco que mis padres y sus amigos tuvieran miedo. A veces se juntaban e intercambiaban noticias; siempre había algún amigo o conocido que estaba preso y era torturado,  y ellos decían “No sé en qué vamos a terminar”.

Yo sabía en qué íbamos a terminar: en una revolución. Y también sabía que algunos iban –o íbamos- a ser torturados o a morir. Extrañamente, eso no me asustaba. Uno va encariñándose con la vida a medida que envejece.  A los quince años no me parecía tan terrible.

Detrás de todo, como figuras heroicas, estaban los nombres que aparecían en los noticieros y los comunicados, nombres que se murmuraban con miedo  y con admiración:  Raúl Sendic Antonaccio, Tabaré Rivero Cedrés, Jorge Candán Grajales, Julio Marenales, Jessie Macchi Torres, Marcos (“Mauricio”) Rosencof, José Mujica Cordano, Eleuterio Fernández Huidobro  (nombro al boleo de la memoria; hay otros nombres, y jerarquías muy dispares entre los que estoy nombrando).

Poca gente sabía que “El Ñato”, Eleuterio Fernández Huidobro, con menos de treinta años, era el redactor de buena parte de los documentos estratégicos y de los comunicados públicos de los Tupamaros. Pocos conocían su inteligencia, su habilidad con la pluma, su don para la  estrategia y su inagotable capacidad de desconcertar. Con los años, al ir conociéndose el entramado de hechos que rodearon la derrota y detención de los tupamaros, pudo saberse el papel que jugó  “El Ñato” en la negociación de una tregua con los militares y la enorme influencia que logró tener sobre algunos de ellos en los inicios del proceso militar.

Casi cincuenta años después, muere siendo ministro de defensa, con  honores militares y salva de cañonazos. Sobre su féretro, una bandera nacional, otra del MLN, y una bandera de Peñarol.

Murió admirado por los militares que estaban bajo sus órdenes,  severamente enjuiciado por muchos de sus antiguos compañeros, sobre todo por su actuación en el episodio de la tregua, y odiado (“odiado” es la palabra, de estar a lo publicado en las redes sociales) por los familiares de desaparecidos, por las organizaciones de derechos humanos, por la pléyade de ONGs que se autodenominan “sociedad civil organizada” y por los partidarios de las causas “políticamente correctas”. En su entierro, el comandante en Jefe del Ejército pronunció un discurso con giros antiimperialistas.

¿Cómo explicar esa rotación de admiraciones, desprecios y odios? ¿Qué clase de hombre era Fernández Huidobro? ¿Un traidor? ¿Un converso? ¿Un militar frustrado?

En los seres humanos hay zonas misteriosas. Yo no voy a explorar esas zonas de Fernández Huidobro porque no lo conocí lo suficiente. Pero hay hechos objetivos. Por ejemplo, que protegió y favoreció a muchos militares, retirados y en actividad, cuando se los investigaba por hechos ilícitos, tanto pasados como recientes. Así reafirmó viejos vínculos y estableció nuevos con militares de otras generaciones.

También es un hecho que no era precisamente un caballero para discutir. Cuando salió el polémico libro “Pepe Coloquios”,  yo mismo le oí decir, en una tribuna levantada frente al ombú de Ramón Anador, que Alfredo García (sí, el director de Voces) era “un operador del Partido Nacional”. Eso era una mentira enorme y él lo sabía, pero lo dijo. Supongo que creyó que en ese momento era electoralmente conveniente para Pepe Mujica y para el Frente Amplio. Después todo quedó olvidado y él mismo concedió a Voces entrevistas que fueron hechas por Alfredo.

Por otra parte, en muchos sentidos, era una típica expresión de esa subcultura de la izquierda que fueron –o son- los tupamaros. En la izquierda uruguaya, por  tradición adusta, teórica,  solemne y un poco paquidérmica, la aparición de los tupamaros, en especial de la primera generación de tupamaros, fue un tsunami. Anteponer la acción a la teoría, jugar con el romanticismo de la lucha armada, elevar la picardía a herramienta política, pegar el grito aquí y poner los huevos allá, permitir que el humor rondara en muchas acciones, tomar como objetivo más a los cantegriles y a los trabajadores marginados (los cañeros) que a las estructuras sindicales organizadas, pensar la acción, incluso la armada, más como fenómeno de imagen que como conquista de territorio o de posiciones, incorporar al discurso político la jerga carcelaria y, con ella, a militantes venidos de la delincuencia común, eran procederes impensables en la vieja izquierda uruguaya.

Esa actitud tupamara original, zumbona, descontracturada, casi juguetona, pegaba muy bien con el nacimiento, siempre romántico, de una pequeña organización clandestina, cuando la clave estaba en crecer y en desconcertar a los enemigos.  Tal vez dejó de tener sentido cuando empezó a morir gente, cuando la organización, como toda organización, se volvió rígida y potencialmente autoritaria. Y, sin duda, fue inadecuada cuando se trató de gobernar a un país, cuando lo último que se necesitaba era desconcertar a quienes esperan del gobierno conductas previsibles.

Fernández Huidobro, como Mujica, encarnó ese espíritu tupamaro, una suerte de “guerrillerismo” eterno, para el que desconcertar a propios y a ajenos es la virtud principal.

No sé si, mirado en larga perspectiva, que hayan existido los tupamaros será bueno o malo. La cuestión es que existieron, y que, para bien o para mal, la historia uruguaya no podrá ser estudiada prescindiendo de ese fenómeno.

Se me acaba el espacio y todavía no dije lo más importante sobre Fernández Huidobro. Es esto: era un hombre que pensaba y vivía en términos estratégicos. Tenía en muy alta estima su capacidad para la estrategia y eso determinó su vida y su conducta política.

Fue el primero al que le oí decir, hace décadas, que el mundo iba a ser controlado por capitales globales y que los recursos naturales de los países pobres y débiles (el petróleo, el agua) estaban amenazados. Esa, para él, era la premisa de la que debía partirse para pensar la política, que ya no se reducía a las refriegas politiqueras de entre casa, sino que se identificaba con la geopolítica  y las estrategias globales.

Con ese dato, pueden entenderse mejor algunas conductas de “El Ñato”.  El ejército, para él –que era hijo de su tiempo y de su experiencia histórica- era una herramienta necesaria para defender la integridad territorial ante amenazas externas. Lo había desafiado en el pasado y había sufrido una derrota. Creo que por eso dedicó su actividad pública a forjar vínculos de confianza con los militares. Uno podía sospechar que además, en el fondo, le gustaba hacerlo. Pero nadie podrá dudar de que tenía un discurso eficaz para justificar lo que hacía. Él no era un purista ni un moralista. Era un estratega.

También se enemistó con el difuso pero influyente espacio de la “corrección política”. Denunció que el discurso de los derechos humanos, las ONGs, las políticas de minorías y la discriminación positiva provienen de los centros de poder y ocultan los intereses y las relaciones de dominio que gobiernan al mundo.

Es probable que el poder, la acumulación de poder y la lucha por él, se le volvieran una obsesión.  Muchas cosas pueden reprochársele al “Ñato”. Pero dejó planteada una pregunta que aun no podemos responder: ¿Cómo enfrentar el avance destructivo del poder económico global?

Quizá la respuesta militar, en la que él confiaba, no nos satisfaga a muchos. Pero la pregunta  sigue en pie. 

 

 

 


Comments