Artículos‎ > ‎

INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: El gran perdedor

publicado a la‎(s)‎ 4 jun. 2014 17:00 por Semanario Voces

El título de esta nota es engañoso.

  No esperen encontrar en ella un nombre propio, señalado como el del gran perdedor.

El título es engañoso del mismo modo en que son engañosos los resultados porcentuales del domingo, el 84% contra el 16% en el Frente Amplio, o el 53% contra el 45% en los blancos, o el  71% contra 29% en los colorados.

Porque, ¿a qué universo están referidos esos porcentajes?

No, por cierto, al de los habilitados para votar. Ni tampoco al del total de los votos efectivamente emitidos.

Si miramos el universo de los más de dos millones de uruguayos habilitados para votar, el dato más relevante de la jornada es que aproximadamente dos terceras partes de esas personas  no fueron a votar.  Dos de cada tres uruguayos no se sintieron movidos a expresar su apoyo a Tabaré Vázquez ni a Constanza Moreira, pero tampoco  a Jorge Larrañaga,  Luis Lacalle Pou, Pedro Bordaberry o José Amorín, ni a los candidatos de partidos más testimoniales, como Unidad Popular o el Partido Independiente.

En el caso particular del Frente Amplio, la abstención es aun mayor. Aproximadamente cuatro quintas partes de sus votantes de la última elección nacional no votaron por ninguno de sus candidatos en la interna.

Incluso los cálculos pesimistas de las empresas encuestadoras, que estimaban la concurrencia a votar en un 40% de los habilitados, resultaron equivocados y fueron superados, a la baja, por la realidad.

En otras palabras: el conjunto del sistema político uruguayo, pese a las sumas enormes que gastó en difusión y publicidad, no logró convocar más que a un esmirriado tercio de la población.

Ni siquiera una interna reñida, como la que se planteaba entre los blancos, u otras con contenido simbólico, como las que se presentaban en el Frente Amplio y en el Partido Colorado, en las que era posible mitigar o respaldar los liderazgos monopólicos de Tabaré Vázquez y de Pedro Bordaberry, fueron suficientes para  motivar el interés  de los posibles votantes.   

De modo que, si hay un perdedor en la elección del domingo, es el  sistema político en su conjunto, que terminó eligiendo a sus dirigentes y candidatos con el respaldo de mucho menos de la mitad de la población.

La pregunta es, ¿por qué tantos uruguayos consideraron innecesario ir a votar?

Atribuir la falta de participación electoral a un solo motivo sería un abuso interpretativo. Es probable que haya muchos motivos. Para algunos, será la pereza, para otros, la tentación de aprovechar el día soleado para hacer otras cosas, habrá quienes tienen una actitud de rechazo a la política, otros habrán expresado así su disconformidad con las opciones o con los candidatos que se les proponían, y, finalmente, es probable que muchas personas sientan simple desinterés, ya sea porque creen que la política partidaria no les concierne o porque consideran que da lo mismo que gobiernen unos u otros.

Es cierto que se trataba de una elección interna de los partidos y que el voto no era obligatorio, pero esas circunstancias, también presentes en otras elecciones internas en las que votó mucha más gente,  no explican de por sí el desinterés, a lo sumo permiten que el desinterés se manifieste con más facilidad y menos consecuencias.

¿Cuáles son las causas profundas por las que tantos uruguayos se desinteresaron de los procedimientos por los que, en definitiva, se eligió a las personas que se postularán para gobernar al país?

Para ser justos, hay que reconocer que las instituciones democráticas y los partidos políticos de todos los países, en especial de los más chicos y periféricos, sufren una constante erosión por el vaciamiento de poder que les impone el orden económico y político global. Los márgenes de decisión y de acción de los gobiernos nacionales son cada vez más reducidos, en la medida en que cada vez son más las cosas que se definen e imponen –a veces con financiación incluida- desde los centros de poder económico mundial, desde los Estados centrales y desde los organismos internacionales. Pero ese tema, enorme, excede las posibilidades de este artículo. Por eso nos concentraremos en las causas de desaliento internas, aquellas que los partidos y los candidatos todavía pueden controlar.

Hay, sin duda, causas que dependen de la gestión de los partidos y de las actitudes de los candidatos.

Por ejemplo, cabría considerar si el bombardeo publicitario –meramente publicitario, vacío de contenidos-  es tan eficaz como se cree. ¿Puede “venderse” una candidatura del mismo modo en que se vende un jabón en polvo o un auto 0 km? ¿Basta con mostrar imágenes satinadas y hacer oír “jingles” pegadizos? ¿O  es necesario poner cierta sustancia conceptual y asegurarse de que la imagen publicitaria mantenga cierta relación con las tradiciones del partido y con la personalidad y propuesta del candidato a los que se publicita?   

El Uruguay sigue siendo un país chico. En cierta forma, todos nos conocemos y tenemos referencias directas sobre los candidatos. Mostrar a Larrañaga, por ejemplo, como un hombre sonriente, “bienhumorado” y empático con los niños, no convence, porque todos sabemos o creemos firmemente que no son sus rasgos más típicos. Del mismo modo, presentar a Tabaré como una suerte de dulce predicador evangélico no condice con la idea que todos tenemos sobre su personalidad y su forma de ejercer el poder.  La publicidad –demasiada y muy cara, por desgracia- es necesaria para existir políticamente, pero se sobreestima su capacidad de crear y de esconder realidades.

Tal vez, una mayor sinceridad de los candidatos respecto a sus rasgos personales y a sus verdaderos propósitos en caso de lograr el gobierno, así como sobre lo que creen que podrán hacer y sobre lo que les gustaría hacer pero saben que no podrán, harían que la gente les creyera más y pudiera entusiasmarse para apoyarlos,  o para oponerse a ellos. En todo caso, el habitual sonsonete de “soy bueno, soy moderado, soy humilde y sencillo, soy simpático, la gente me quiere y confía en mí, ¡vóteme!”, acompañado con música pegadiza, consignas entusiastas y exhibición televisiva de gente y banderas, parece tener bastante gastado su poder de convicción.

Se me objetará que el “gran ganador “ de la noche, Luis Lacalle Pou, utilizó también imágenes y recursos similares. Pero no olvidemos dos cosas. La primera es que “el Cuquito”, si bien es heredero de una tradición y de un aparato político muy fuertes,  no tiene todavía un pasado propio contra el cual confrontar su imagen pública. Eso le da una cierta carta de crédito a lo que dice sobre sí mismo. La segunda cosa es que asumió y utilizó con gran habilidad sus aparentes debilidades (su limitada experiencia, su juventud, su pasada adicción a ciertas drogas, los escasos índices de intención de voto con que arrancó) para enfrentar a un rival de estilo paquidérmico que no lograba descontracturarse y sonreír creíblemente ante los niños. Es muy probable que el real o aparente desparpajo de Lacalle junior le haya dado a su campaña la dosis de sinceridad y de audacia necesarias para que se le prestara atención y se le creyera. Por cierto, sin profundizar en absoluto en sus ideas ni en lo que hará si llega al gobierno. 

Quizá, contra lo que la “cultura de la imagen” viene pregonando desde hace años, llega un momento en que es necesaria cierta sustancia. La asunción pública de algunas ideas, firmes, esperanzadoras, polémicas, capaces de modificar la realidad y de generar entusiasmo y resistencia  a la vez.

De lo contrario, ¿para qué molestarse en ir a votar? Si el objetivo es apreciar imágenes simpáticas de los candidatos, basta con verlas por televisión.

Es un tema de reflexión para políticos y publicistas. Porque, si no se revisa el concepto mismo de lo que es una campaña política, es muy posible que el que siga perdiendo, elección tras elección, sea el sistema democrático uruguayo.  

 


Comments