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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: El hombre nuevo

publicado a la‎(s)‎ 7 sept. 2016 16:33 por Semanario Voces   [ actualizado el 7 sept. 2016 16:36 ]



                                                                                                                                    “…las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión 

                                                                                                                            presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables”

                                              (Juan Carlos Onetti: “Bienvenido Bob”)

Quizá lo más perturbador de esta debacle de gobiernos proclamados “de izquierda” sea ver a los dirigentes exhibiendo muy viejas debilidades humanas, la codicia, el vicio del poder, el gusto por la fama o la notoriedad, el goce de privilegios y placeres inmerecidos, el ansia por codearse con los poderosos, el hábito de mentir y esa actitud camaleónica, típica de la política profesional.

Es un hecho traumático, porque da por tierra con uno de los mayores mitos de la cultura de izquierda: el del “Hombre Nuevo”.

Aunque suene extraño, muchos de quienes nos formamos en la izquierda creímos, desde la adolescencia, que el cambio político hacia el socialismo estaría acompañado por la aparición de un nuevo tipo de ser humano, más solidario, abnegado, desinteresado, con una infinita honestidad y capacidad de sacrificio. Por ende, contra toda lógica, mucha gente tenía la esperanza de que los dirigentes de los partidos de izquierda fueran al menos un esbozo de ese nuevo tipo humano.

Si bien el Che Guevara no inventó la idea de que el socialismo daría lugar a un nuevo tipo de hombre, fue uno de los principales responsables de la expansión del mito del “Hombre Nuevo”. A diferencia de otros revolucionarios cubanos, que apostaban a consolidar la revolución por el mejoramiento económico y de las condiciones de vida de la sociedad, el Che desconfiaba de los estímulos materiales como motor de la actitud revolucionaria, los creía una vía inevitable de regreso al capitalismo. Sostenía que la revolución debía sustituirlos por  incentivos morales, que hicieran a los hombres y mujeres sentirse partícipes y constructores de una sociedad más libre y plena. Esos hombres y mujeres, comprometidos socialmente no por objetivos materiales sino por el deseo de vivir en una sociedad más justa y solidaria, serían “el Hombre Nuevo”.

La tesis guevarista tuvo un éxito insospechado, si bien no exactamente en Cuba, sí en el resto del Continente. Tal vez porque sintonizaba con el espíritu utópico y generoso de una generación que, a mediados de los años 60, aspiraba a cambiar el mundo.

Cincuenta años después, la Tierra y la historia han dado muchas vueltas. La estrategia guerrillera y “foquista” de la Revolución Cubana no logró imponerse en ningún otro lado (salvo, quizá, por el fugaz triunfo sandinista de 1979 en Nicaragua). El Che y muchos otros “guerrilleros heroicos” murieron tratando de llevarla adelante. Pero, para sorpresa de muchos, hace menos de  dos décadas, las proclamadas o autoproclamadas izquierdas latinoamericanas comenzaron a llegar al gobierno por la vía electoral, en Chile, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Nicaragua (esta vez por vía electoral) y Uruguay. 

¿En qué quedó el “Hombre Nuevo” desde entonces?

La convicción de que los adherentes a la ideología socialista tenían –o tienen, o tendrán- alguna clase de superioridad moral sobre sus adversarios, partidarios del capitalismo, siguió siendo una idea-fuerza constante para mucha gente de izquierda. Así, victorias electorales como las de Lula, Chávez, Evo Morales, Correa y Vázquez, entre otros, fueron saludados no sólo como un triunfo político sino también como un renacimiento moral para sus pueblos.

El concepto de “Hombre nuevo” siempre tuvo debilidades lógicas enormes. Aun en la hipótesis –factible- de que un sistema social más justo produjera mejoras en la conducta y en la psiquis humana, ¿por qué esperar que los actuales militantes y dirigentes de izquierda, formados en un mundo injusto, fueran ya “hombres nuevos”? Entonces, ¿por qué creer que esos hombres y mujeres “viejos”, cargados con los vicios de un sistema injusto, serían capaces de construir el mundo justo en que nacerían los “hombres nuevos”?

  Quizá un estudio más profundo permitiría concluir que el izquierdismo usual, el izquierdismo militante, le debe filosóficamente al cristianismo tanto o más que al marxismo. Pero, en fin, no hay lugar en esta nota para eso.

Lo que conmueve -y me conmueve- es que, para muchos militantes de izquierda de larga data, los zafarranchos de corrupción, nepotismo, tráfico de influencias, autoritarismo y connivencia con intereses antipopulares, que salpican a los gobiernos y a los gobernantes “de izquierda” son mucho más que una derrota política. Son una crisis existencial. Motivo para preguntarse: “¿para esto arriesgué y dediqué mi vida? ¿Para esto murió o sufrió prisión y torturas tanta gente?”   

No debo ni quiero ser injusto. La mística de la ética militante produjo fenómenos humanos admirables. Hace muchísimos años, siendo yo un niño, mi padre asesoraba al sindicato de trabajadores del Jockey Club, que tenía como presidente o secretario, pero sobre todo como fundador y alma mater, a uno de esos militantes de fierro, de todas las horas: Hugo Strapetti. En determinado momento (cosas humanas) el tesorero del sindicato se fue llevándose la plata de las cuotas y todo lo poco que el sindicato tenía ahorrado. Mi padre –él me lo contó- aconsejó hacer la denuncia para desvincular del robo al resto de la dirección sindical. Strapetti le contestó: “Si hacemos eso, destrozamos la confianza entre los compañeros y liquidamos al sindicato”. Entonces, tramitó un crédito personal y repuso el dinero sin que se enteraran del faltante más que cuatro o cinco dirigentes. Se endeudó personalmente, en cifras que para un trabajador eran muy importantes, para salvar al sindicato. Y lo salvó.

Pero, claro, esa clase de heroísmos (el que conté no es el único caso que conozco) no pueden exigirse a todos ni todo el tiempo. No se puede edificar un sistema social sobre la base de que los seres humanos actuarán como ángeles. Porque no somos ángeles.

¿Significa eso que hay que abandonar toda esperanza y resignarse a un cómodo escepticismo social, afirmando que todo será siempre igual?

No necesariamente. La historia demuestra que, si hay algo seguro, es que nada será siempre igual a como era. Que habrá cambios es seguro, tanto en las cosas materiales como en la cabeza de las personas.

El izquierdismo militante usual ha vivido convencido de que su materia prima son ángeles, o a lo sumo ángeles caídos (no sé por qué, me sigue sonando en la cabeza la palabra “cristianismo”). Entonces, suprimidos los males del capitalismo, o de los gobiernos “de derecha”, en la versión de los militantes apurados, la vida social y política se regenerarían éticamente. Por eso los escándalos del PT, y otros más cercanos, son un atentado a la esperanza.

La izquierda, en sus buenas épocas, se esforzó en formar militantes sacrificados, sindicalistas combativos y honestos (también de los otros), inquietos estudiantes solidarios, guerrilleros heroicos, combatientes por la libertad, mártires, símbolos humanos. Pero se olvidó de algo más modesto. Se olvidó de formar ciudadanos.

La mística de izquierda ha sido heroica, épica. Sus héroes fueron guerrilleros, como Fidel, Dilma y Mujica, o “soldados del pueblo”, como Chávez, o líderes sindicales, como Evo y Lula.

Cuesta decirlo, pero todo eso ha fracasado o está a punto de fracasar. Los líderes heroicos y sus procesos épicos tienden a desintegrarse ante el empuje constante del sistema económico global, ante la tentación del consumo, ante el pensamiento conformista, ante la indiferencia de los miserables y de los cada vez más ignorantes, ante las conspiraciones de los poderosos, ante el mismo deterioro de  los líderes, que terminan creyéndose su propia mística.

Hoy, las grandes luchas sociales, económicas y políticas no son más en la sierra, ni en las fábricas, ni en las plazas. Son en las cabezas. No necesitamos ángeles ni héroes. Necesitamos cabezas pensantes, ciudadanos.  

El poder económico no tiene ya territorio, pero controla cada vez más cosas. Lo que hacemos, lo que comemos, lo que gozamos, lo que pensamos, lo que queremos y lo que creemos. A menudo no necesita violencia material; tiene algo mejor: el control.

Para defendernos de ese control no necesitamos un partido de ángeles,  ni un comité central de ángeles abnegados. Necesitamos muchos individuos conscientes de sus propios intereses y de los de la sociedad concreta que los rodea, que no son los que nos dice la publicidad, ni la prensa global, ni los organismos internacionales, ni el poder político, ni la academia oficial.

La verdadera rebeldía no pasa hoy por luchar por el poder político. Pasa por pensar, estudiar y entender la realidad. Pasa por la difícil tarea de conquistar la autonomía, individual y colectiva.  

 


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