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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: El malestar ante la verdad

publicado a la‎(s)‎ 13 may. 2015 15:09 por Semanario Voces

 

                                                  “En tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo”

                                    (William Somerset Maugham)

Si hubiera que definir con una sola palabra el estado anímico del Uruguay 2015, después del larguísimo ciclo electoral, diría que esa palabra es “malestar”.

Ese malestar tiene manifestaciones públicas, que aparecen en los noticieros y en los diarios, como la insólita catarsis que llevó a Mujica, recién bajado del sillón presidencial, a despotricar contra sus aliados de ayer y de hoy, Tabaré Vázquez, Astori, Constanza Moreira, Couriel y hasta Lula.

Pero Mujica no es el único. En Montevideo, apenas terminadas las elecciones departamentales y municipales, los líderes blancos y colorados de la recién fundada Concertación, sentidos por el resultado, manifiestan desconfianza respecto a las intenciones políticas de Novick, el candidato más votado del nuevo lema.

El malestar de las dirigencias blancas y coloradas tiene, además, un motivo mayor. El conjunto de los resultados electorales de los últimos años permiten sospechar que la identidad blanca y la identidad colorada ya no son suficientes por sí mismas, como elementos convocantes, para ganar el gobierno nacional. La existencia de la Concertación, y, dentro de ella, el insólito triunfo de Novick, son las nuevas señales de ese hecho histórico: el agotamiento de las tradiciones blanca y colorada como plataformas ideológicas y emocionales para la conquista del gobierno. Puede ser muy interesante pensar en cómo se expresará electoralmente, en el futuro, el espacio que ocupaba el viejo “sistema” tradicional conformado por los dos partidos fundacionales.         

Mientras tanto, ratificado en lo nacional y en la Capital por los resultados electorales, el Frente Amplio se instala, una vez más, para un nuevo período de gobierno. Amenazado por graves problemas irresueltos que comienzan a estallarle en la cara, desgastado en su credibilidad por una ya larga estadía en el gobierno y carente de un proyecto realmente motivador para los próximos años, podría decirse que el Frente continúa en el gobierno más por falta de una alternativa viable que por mérito propio.

Pese a todo, durante más de un año, el sistema político en su conjunto se las arregló para monopolizar prácticamente la atención y el debate públicos. Las fortunas gastadas en publicidad, los conventillezcos dimes y diretes de los candidatos y las manidas promesas de cambios o proyectos faraónicos, dieron cierto resultado.    

Sin embargo, por debajo de los chisporroteos políticos, la realidad ha seguido su curso: una economía que se enlentece, el enorme endeudamiento del país, el estancamiento del sistema de enseñanza, del que deserta a edades tempranas la enorme mayoría de la población juvenil, el empobrecimiento cultural, la fragmentación social, el trato que reciben los presos, los menores reclusos en el INAU y los enfermos mentales, la delincuencia y el aumento de la violencia, en las calles, en los barrios, en los hogares, en los centros de estudio, en los escenarios deportivos y en las redes sociales, la proliferación de contratos y obligaciones secretas que el Estado contrae con empresas privadas, con otros Estados y con organizaciones supranacionales, la ajenidad y el descontrol de los grandes emprendimientos económicos, las señales inocultables de ineficiencia y de corrupción en la administración del Estado, el deterioro ambiental, que afecta al agua, a los suelos y al aire, el desarrollo de los egoísmos, tanto individuales como colectivos, materializados en el insaciable reclamo corporativos de beneficios, derechos y privilegios por parte de instituciones empresariales, sindicales, profesionales, y por toda clase de grupos de interés.

Aunque no se hable de ellas, esas cosas están. Existen y afectan. Afectan a los pobres, por supuesto. Pero también afectan a quienes no lo son. Porque, por mucho que se vaya de “shopping”, se cambie de auto, se vaya de viaje, o se gasten noches en ver programas frívolos de televisión, una vida feliz no requiere sólo el consumo y la satisfacción de las necesidades materiales. Requiere también un sentido, la íntima sensación de estar insertos en un colectivo que se encamina hacia un futuro mejor, mejor para nosotros, para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.

Ahora, ¿de verdad sentimos que esta sociedad prepara un futuro mejor para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos?

Tal vez la respuesta dependa de qué entendemos por “un futuro mejor”.

No faltará quien calcule que, con suerte y un poco de esfuerzo, aprovechando los bienes y el “capital social” heredados, sus hijos pueden “zafar”,  aprender una profesión o alguno de los nuevos oficios tecnológicos redituables, conseguir un buen empleo y gozar de niveles de consumo elevados.

¿Eso es “un futuro mejor”? ¿Es realmente “mejor” una sociedad en la que esas posibilidades estarán restringidas a menos de la tercera parte de la población (el resto ni siquiera termina el nivel secundario de enseñanza)? ¿Qué pasa con la solidaridad, y hasta con la sensación de seguridad, que se pierde cuando uno está rodeado por gente que codicia o envidia lo que uno tiene? ¿Es posible ser feliz en una sociedad violenta y fragmentada? ¿Qué pasa con la creatividad y con el desarrollo intelectual, que requieren una educación liberadora y enriquecedora?  ¿Es posible ser feliz en una burbuja de consumo gobernada por intereses ajenos?

Esas son cosas de las que no se habla. Verdades incómodas en las que muchas veces preferimos no pensar y que, por ende, el sistema político soslaya y acalla.

Probablemente, gran parte del malestar y de la violencia real y simbólica que sufrimos estén causados por lo no dicho. Por problemas que no sólo no resolvemos sino que ni siquiera nos atrevemos a plantearnos.

Hace años, esta solía ser una columna política. Sin embargo, desde hace tiempo, siento que lo político, en el sentido de “político-partidario” y “político-electoral”, es insuficiente para hablar de lo que realmente nos pasa.

La pregunta sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo, o estamos permitiendo que se construya, desborda ampliamente los análisis electorales, las mediciones de intención de voto y los discursos partidarios. Es un problema cultural, mucho más que político-electoral o partidario.

Vivimos en una sociedad repleta de discursos que ocultan o no hablan de lo importante. Discursos políticos, discursos educativos, discursos morales, discursos culturales, discursos estadísticos y discursos publicitarios que no tocan lo sustancial. Por eso, mienten. Sin embargo los consumimos alegremente, los reproducimos, los creemos, o fingimos creerlos, y así  los alimentamos.

La madurez de una sociedad debería medirse, quizá, por su capacidad para recibir malas noticias y para actuar atinadamente ante ellas. Muchas de las cosas que nos pasan son en el fondo malas noticias, que auguran un futuro peor si no actuamos rápida y atinadamente.

La crisis educativa, la fragmentación social, la violencia, la ajenidad de las decisiones económicas y nuestra dependencia ante ellas, la mentira y el ocultamiento por parte de quienes gobiernan, son malas noticias. Pero una y otra vez les exigimos a nuestros políticos, a nuestros cientistas sociales, a nuestros intelectuales, a nuestros periodistas, que nos mientan, que edulcoren la realidad, que “no tiren pálidas”. Queremos creer en estadísticas optimistas, en promesas electorales, en pronósticos financiados por las mismas empresas que manejan la economía. ¿Cómo sorprendernos, entonces, cuando la realidad muestra la cara y nos golpea, ya sea en forma de pruebas PISA, o de crímenes violentos, o de omisiones del Estado?

Si este artículo se cerrara con la idea de que un cambio de gobierno solucionará esos problemas, sería una mentira más. Porque el problema está en nosotros.

“La única verdad es la realidad”, dijo Juan Domingo Perón. Tal vez sea imprescindible un radical sinceramiento ante la realidad. Mirarla de frente, como paso indispensable para la construcción de cualquier futuro que valga la pena vivir.  Es una tarea que todos, cada uno desde su sitio, podemos empezar a cumplir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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