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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: el sueño del pibe

publicado a la‎(s)‎ 8 jun. 2016 13:43 por Semanario Voces   [ actualizado el 8 jun. 2016 13:44 ]



¿Con qué sueñan cientos de miles de chiquilines (y algunos miles de chiquilinas) en el Uruguay?

Pocos, muy pocos, quieren ser cirujanos, arquitectos, comerciantes, o contadores. Pocos, también, sueñan con ser constructores, sanitarios o diseñadores gráficos. Menos aun desean ser profesores, enfermeros o maestros. Hasta los oficios épicos de otros tiempos, bombero, policía, han perdido “rating”. Ahora todos los gurises –o casi todos- quieren ser Luis Suárez o Edinson Cavani.

El fútbol infantil, el viejo “baby fútbol”, convoca a unos sesenta mil niños y unas dos mil niñas que, organizados en casi 600 cuadros, entrenan y juegan en forma regular. Según informes de las ligas que lo dirigen, cada fin de semana, entre niños, entrenadores, jueces, dirigentes y padres, asisten a las canchas unas trescientas mil personas.

A esa cifra hay que sumarle los miles de preadolescentes y de adolescentes que juegan en las categorías inferiores de los cuadros formales de todo el país, abriéndose camino hacia el profesionalismo, o creyendo hacerlo.

El dinero y el enorme aparato publicitario que rodea al fútbol, nacional e internacional, contribuyen a que la condición de futbolista profesional sea, para muchos niños y no pocos padres, el boleto de salida de la pobreza y el pasaporte a la fama, la gloria y la riqueza, que, como es sabido, se alcanzan mejor jugando en Italia o en Inglaterra.

Es posible que algún entrenador de futbol infantil les asegure  a ustedes que, en su cuadrito (sea cual sea), se prioriza la enseñanza, el aprendizaje de “valores” y la formación de los niños “como personas”. Pero, en realidad, más allá de algunas loables excepciones, que por cierto existen, el fútbol, tanto el infantil como el juvenil, y sobre todo el profesional, operan indirectamente contra la enseñanza.

Lo hacen de muchas formas, en especial cuando el chiquilín empieza a acercarse al profesionalismo. Por un lado, los entrenamientos exigentes y agotadores, con horarios a menudo incompatibles con la asistencia a clase. Por otro lado la adrenalina de los partidos, la expectativa de triunfar, de jugar en primera, salir en los noticieros, ser reconocido en la calle, recibir mucho dinero, tener autos lujosos y “ganar” con las chiquilinas. Comparado con eso, ir al liceo debe de parecer el colmo de la inutilidad y del aburrimiento. ¿Cuántos de nuestros futbolistas profesionales completaron secundaria o algún tipo de formación técnico profesional?

Todas las promesas del fútbol son además eventuales. Por cada Suárez y por cada Cavani, hay miles de chiquilines que “le pegan bien” pero que no llegarán al éxito. Jugarán un tiempito en algún cuadro profesional, quizá hasta lleguen a alternar en primera, pero después quedarán frustrados, sin fama, sin dinero, sin oficio y sin educación.

En un país que tiene cerca de un 70% de deserción en la enseñanza secundaria y que presenta niveles muy bajos de rendimiento y de aprobación, el asunto se vuelve un problema  muy serio. En particular si, a pocos día de los sucesos del Marconi, asumimos que la deserción educativa está profundamente ligada al quiebre cultural de la sociedad uruguaya y a los alarmantes indicadores de violencia e inseguridad.

¿Sería posible poner a esa enorme y poderosa estructura humana y material del fútbol a trabajar para la enseñanza?

Yo creo que sí. Y, por si fuera poco, se lo podría hacer sin invertir un peso y casi sin destinar funcionarios públicos a la tarea.

Hace poco discutí la idea con mi amigo Luis G., que se mostró escéptico y supongo (la discusión fue virtual) que habrá puesto cara de oír a un loco. Sin embargo, en un país con los niveles de deserción y los malos resultados que tiene la enseñanza en el Uruguay, hasta la idea más loca debe ser considerada.

Así que, acá va:

¿Qué pasaría si una ley (es necesario que sea por ley) estableciera que ningún menor de edad puede jugar partidos por campeonato en una liga de fútbol, tanto amateur como profesional, sin acreditar estar cursando el año de enseñanza que le corresponde? (Sería necesario también que hubiera un límite a la cantidad de veces en que puede perder el año sin quedar inhabilitado para jugar).

Claro, me dirán: ¿Y quién supervisa que esa obligación se cumpla?

Una extraña costumbre legislativa uruguaya de los últimos años hace que nuestra sociedad oscile entre dos creencias contradictorias e igualmente inconvenientes: a) la de que basta que una ley establezca una obligación para que esa obligación mágicamente se cumpla; b) la de que las leyes se hacen cumplir mediante una agobiante tarea de control y penalización por parte del Estado.

Sin embargo, las leyes más sabias y eficientes son las que economizan recursos y logran resultados haciendo jugar a su favor a las fuerzas e intereses sociales de por sí involucrados en el problema

Para esta propuesta, por ejemplo, no sería necesario supervisar nada (esa es la gracia). Bastaría con que la misma ley estableciera que cualquier otro cuadro, o cualquier persona,  puede denunciar al cuadro que presente jugadores en infracción (es decir que no estén cursando el año de enseñanza que les corresponde), y que, de confirmarse la denuncia, el cuadro infractor perderá puntos, o se le anulará el partido si lo gana, y, si reitera la falta, será descalificado en el campeonato.

¿Se imaginan el efecto de esa disposición legal?

Sí, claro, los dirigentes, jugadores e “hinchas” de cada cuadro oficiarían como inspectores del cumplimiento de la regla por los otros cuados y se asegurarían de que sus propios jugadores la cumplieran, porque de lo contrario serían denunciados y sancionados donde más duele: en el puntaje deportivo.

La legitimidad de la propuesta está fuera de toda duda. Los seis años de primaria y los seis de secundaria, o de formación técnico profesional (la vieja UTU), son ya legalmente obligatorios en nuestro país. Sólo que nadie controla el cumplimiento de esa obligación. El Estado no tiene o no destina recursos humanos suficientes para la detección y seguimiento de los casos de deserción, y a muchos padres, madres y familiares, el asunto parece no importarles.

Todos sabemos la enorme cantidad de energía humana y de recursos materiales que mueve el fútbol. Conocemos los esfuerzos y sacrificios de que son capaces los muchachos tras su sueño de triunfar como futbolistas: ir puntualmente a los entrenamientos, someterse a disciplina y a ejercicios aburridos y agotadores, aceptar las órdenes de los técnicos y las decisiones de los árbitros, madrugar, hacer dieta, privarse de salir de noche y de tomar alcohol. También sabemos que a su alrededor ronda una nube de dirigentes, técnicos, entrenadores, contratistas, representantes, árbitros, asistentes sanitarios, periodistas, hinchas, aficionados y familiares que los presionan para sean mejores y rindan más.

Si todas esas energías fueran canalizadas para trabajar a favor de la educación, si se les hiciera asumir que el cumplimiento de las exigencias de estudio es tan parte de la carrera deportiva como hacer gimnasia y entrenar antes de los partidos, si las madres y padres supieran que asistir al liceo es tan indispensable para el codiciado éxito como llegar en hora y descansado el día del partido, el de la educación sería un problema mucho más sencillo en el Uruguay.  

Mi amigo Luis G. me señaló que temía que el impedimento de jugar hiciese que algunos niños perdiesen el único ámbito de socialización de que disponen. Sospecho que pocos chiquilines perderían el fútbol por no cumplir una más de las tantas obligaciones que el fútbol les impone. Ya habrá forma de atender esos casos puntuales, pero no se deben pensar las reglas generales a partir de las excepciones. Ser ignorante no es un derecho en el Uruguay. Y no debe serlo.

El aspecto más importante de esta propuesta es que, si se implementara, al cabo de cierto tiempo, todos nuestros jugadores, incluidos los de la Selección, los Suárez y los Cavanis del futuro, tendrían un oficio o el liceo terminado. ¿Se imaginan cómo cambiaría la percepción de los niños respecto a la educación? Sería para ellos una parte natural del camino para ser un “crack”. 

Esta propuesta, como todas, puede merecer mil objeciones. Lo bueno sería que, al señalármelas, por ejemplo en Facebook, se formularan también propuestas mejores.   

 


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