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INDISCIPLINA PARTIDARIA, LA COLUMNA DE HOENIR SARTHOU: El voto que el alma pronuncia

publicado a la‎(s)‎ 19 feb. 2014 17:12 por Semanario Voces

Para mucha gente de izquierda  (es difícil todavía decir cuánta) este año es problemático.

Varios actos electorales, las elecciones internas, las nacionales y el muy probable balotaje, los (nos) enfrentarán a un delicado dilema de conciencia.

Para los frenteamplistas que estén suficientemente conformes con los dos gobiernos del Frente, o, más allá de alguna discrepancia menor, mantengan una disciplinada confianza en las estructuras, los dirigentes y los símbolos frenteamplistas, no habrá problema. En las internas, votarán  muy probablemente a Tabaré Vázquez. En las nacionales, al sector del Frente de su preferencia, o al lema, y, en la eventual “segunda vuelta”, nuevamente al candidato del Frente para colocarlo en la Presidencia de la República. Sencillo, ¿no?

Para otros frenteamplistas, la cosa es un poquito más compleja. Quizá los tiene hartos la gerontocrática cúpula del Frente, o la modalidad imperial de Tabaré, o los modales orilleros de Mujica, o ciertas desprolijidades en la gestión del Estado. Tal vez ansían una renovación, caras nuevas, palabras nuevas, consignas nuevas, candidatos/as más jóvenes, más “diversidad de género”, más protagonismo de las “minorías discriminadas”, más derechos, e incluso –por qué no decirlo- más “glamour”. Muchos de esos frenteamplistas seguramente votarán en las internas a Constanza Moreira; algunos con intención de que algo cambie; otros, pensando que nada va a cambiar pero deseosos de “dar una señal”. Alguna de esa gente comenzará a tener problemas después de las internas, si votar a Tabaré vuelve a ser la única manera de votar al Frente Amplio.

Para los izquierdistas que nunca confiaron en el Frente Amplio, o que ya desde hace años se decepcionaron de él  y simpatizan con grupos de izquierda extrafrentista, la cosa también es simple. No votarán al Frente, como no lo han votado antes, y eso no les generará ninguna angustia, porque estarán convencidos de que el Frente Amplio es una alianza política oportunista al servicio de la burguesía y del gran capital extranjero.

El problema, el verdadero problema, lo tienen –lo tenemos- quienes, siendo frenteamplistas de toda la vida, y en muchos casos “de la primera hora”, sentimos que nuestras discrepancias con los gobiernos del Frente ya no son meramente de estilo, de forma, o de método, sino que afectan convicciones profundas que hacen a nuestra identidad ideológica “de izquierda”.

Veamos algunos temas en los que esa identidad “de izquierda” se ve defraudada:

EDUCACIÓN:  llevamos casi diez años de gobierno sin encarar políticas de cambio radical en la enseñanza, sin asumir que la enseñanza pública, en especial secundaria, es el agujero por el cual se nos va al caño nuestro futuro como sociedad. Tres cuartas partes de nuestros gurises, entre ellos los más pobres, dependen para su formación de la enseñanza pública. Y, en ella, la deserción y la repetición alcanzan ya cifras asustantes, pese a que el nivel de exigencia ha disminuido y el de aprovechamiento también. Casi siete de cada diez chiquilines no terminan la enseñanza secundaria, que después les va a ser exigida para cualquier trabajo. ¿Qué país estamos construyendo, entonces?  ¿No advertimos que la carencia educativa es la principal fuente de pobreza y de inequidad económica y social? ¿Cómo puede un gobierno que pretende ser, ya no de izquierda, sino simplemente popular, negarse a abordar a fondo, caiga quien caiga, este problema que es casi el principal problema político de la sociedad uruguaya?

PRIVILEGIOS AL CAPITAL (ARATIRÍ Y MÁS):   Sin caer en radicalismos ni en fundamentalismos, ¿cuáles son los límites de los privilegios que se debe conceder a la inversión extranjera?  ¿Por qué los uruguayos que quieren emprender cualquier actividad tienen que soportar el peso enorme de impuestos que le son perdonados al gran capital extranjero, que además recibe puertos, zonas francas y rebajas en las tarifas? ¿En qué momento se decidió esa política? ¿Cuándo se nos preguntó a los votantes si estábamos de acuerdo? Y, en general, ¿por qué el trabajo carga con mayor peso tributario que el capital? Además, ¿no sería necesario que, en todo caso, paralelamente al ingreso de inversión extranjera, el Estado promoviera proyectos económicos de carácter social? ¿Desde cuándo la principal función de un gobierno popular es abrir el camino y “dirigir el tránsito” de la inversión extranjera?  Por otra parte, ¿el desarrollo económico justifica la proliferación de cultivos transgénicos y de excavaciones mineras potencial o efectivamente contaminantes?

SECRETISMO Y MENTIRAS: Tres casos paradigmáticos: Pluna, Montes del Plata, y Aratirí. En Pluna se ocultó el desastre y luego se pretendió presentar como un éxito lo que era una salida desesperada y pésima. Sin embargo, con la honrosa excepción del ex ministro Fernando Lorenzo, nadie se consideró obligado a pedir disculpas y a renunciar. En Montes del Plata se cocinó en secreto un contrato de condiciones leoninas a favor de la empresa, negándose a dar información. En el caso de Aratirí, se dijo que la regasificadora era una necesidad del país y que nada tenía que ver con el hierro. Después se supo que sin regasificadora no había Aratirí. Ahora están pendientes el puerto y el mineroducto, de alto costo económico y ambiental. Todo para un contrato de extracción y exportación de hierro en bruto, que no dejará las ganancias que se anuncian, porque la ley, hecha a la medida, junto con las exoneraciones tributarias y las rebajas del costo del agua y la energía, así lo determinan. En síntesis, un mal negocio en el que se nos quiere meter a toda marcha pero “sin hacer olas”. Cuando uno no puede confiar en lo que dicen los gobernantes, cuando hay silencios obvios y mentiras flagrantes, algo no marcha bien en un gobierno popular. Pero eso parece no ser advertido por muchos ex militantes aferrados a los sillones de sus cargos.

POLÍTICAS SOCIALES: casi diez años de políticas sociales asistencialistas y focalizadas explotan hoy en nuestra cara con las visibles crisis educativa, marginalidad cultural e inseguridad pública. Sin embargo, desde el gobierno se niega la realidad y se evita revisar las políticas. En lugar de promover la educación universal y el trabajo para todos, se fabrican “remiendos” asistencialistas que a la larga deterioran el tejido social. ¿Qué decir sobre esto que ya no se haya dicho?

Me pregunto qué habría pasado si un gobierno blanco o colorado hubiera hecho alguna de esas cosas. No dudo de que la izquierda, encabezada por el Frente Amplio, habría “incendiado la pradera” para impedirlo. Lo malo es que hoy es el mismo Frente el que lleva a cabo lo que gobiernos blancos y colorados no habrían podido hacer.       

Esos cuatro temas son apenas una muestra de las cosas que hoy hacen dudar a muchos sobre si votar nuevamente al Frente Amplio o marcar distancia votando en blanco o anulando el voto.

¿Qué hacer? ¿Ser leal a la tradición partidaria y a los símbolos? ¿O ser leal a las convicciones de fondo que lo hicieron a uno adherir a lo que el Frente era originalmente?

No es una decisión fácil, sobre todo para quien durante toda o gran parte de su vida confió en el Frente Amplio como la esperanza de vivir en una sociedad más justa y más integrada.

El jueves próximo espero profundizar un poco más en ese dilema de conciencia que vivimos muchos frenteamplistas.

 

 

    


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