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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: FEMINISMOS

publicado a la‎(s)‎ 11 mar. 2015 14:38 por Semanario Voces

El pasado 8 de marzo, “día internacional de la mujer”, la escritora uruguaya Mercedes Rosende publicó en su muro de Facebook el siguiente texto:

“alguien me pregunta por qué no me gustan los saludos tradicionales del 8 de marzo.

porque no es ni tanto ni tan poco.

porque las mujeres no somos inferiores, ni tampoco somos súper nada.

yo no soy ni quiero ser supermamá, ni superamadecasa ni superesposa, no soy más talentosa para el cuidado de hijos, plantas y animales, no quiero que sobre mí recaiga la tarea de mantener el fuego del hogar.

tampoco soy ni quiero ser más sensible ni mejor para gobernar, no estoy más dotada para administrar ni soy más justa para impartir justicia.

no quiero que me pongan en ese brete, plis, denme un poco de igualdad y santaspascuas.”

La opinión de Mercedes Rosende concluye con la última comilla del párrafo anterior. Ella nada tiene que ver con lo que diré a continuación, que es de mi exclusiva responsabilidad.

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Un número importante de  mujeres inteligentes y cultas (conozco personalmente a muchas de ellas) se desmarca, toma distancia, del discurso feminista militante de nuestro medio.

Sus argumentos son variados, pero tienden a reiterarse. “Nunca  necesité invocar mi condición de mujer para hacer valer mis méritos o mis derechos”, dicen algunas.  “No quiero que se me conceda nada especial sólo por ser mujer”, aclaran otras. Si se las interroga en profundidad, muchas de ellas admitirán que perciben en ciertos discursos “feministas” otras motivaciones –ya sea políticas, o emocionales, o materiales- que exceden de las formalmente declaradas.

A nivel internacional, el cuestionamiento femenino al feminismo ha dado lugar recientemente a un movimiento, “Women against Feminism” (Mujeres contra el Feminismo) que discute las categorías teóricas del feminismo (patriarcado, género, etc.),  critica a las llamadas “Segunda” y “Tercera ola” del feminismo, y pone en duda su pertinencia en la actual situación social.

LAS “OLAS”

El llamado “movimiento feminista” es un fenómeno de enorme complejidad.  Los intentos por definirlo y por clasificar las corrientes que lo integran suelen fracasar ante la diversidad de sus enfoques teóricos y de sus prácticas.

Pese a esa dificultad, numerosas teóricas del feminismo coinciden en señalar la existencia de una “primera ola”, caracterizada por la lucha por la igualdad de derechos civiles, políticos y educativos entre hombres y mujeres.

En la segunda mitad del Siglo XX, surge la “Segunda Ola”, que ya no se limita a reclamar la igualdad de derechos , sino que denuncia la existencia de un régimen social, “el patriarcado”, esencialmente ventajoso para los varones y opresivo para las mujeres. El sistema patriarcal sería el responsable del surgimiento de los “géneros”, es decir de una construcción cultural que asigna a hombres y mujeres papeles estereotipados, que condicionan su posición y destino en la sociedad.

Curiosamente, con la “Segunda Ola” aparece también  el “feminismo de la diferencia”, para el que la condición femenina es esencialmente diferente a la masculina y el patriarcado es un régimen social construido exclusivamente desde la óptica y la sensibilidad masculinas.  La lucha feminista, entonces, no perseguiría la igualdad de derechos con los hombres sino a sustituir al patriarcado por un régimen social y cultural adecuado a la percepción y a la sensibilidad femeninas.

Confieso que no he encontrado quien me explicara cómo es posible sostener que  los “géneros” son una  mera construcción cultural y, a la vez, que existen  una percepción y una sensibilidad intrínsecamente femeninas, es decir, aparentemente, no culturales.  

 ESTRATEGIA: ¿CIENCIA O IDEOLOGÍA?

La existencia y los orígenes históricos del “patriarcado”, así como la noción de “género” y su supuesta independencia de la identidad sexual, distan de ser nociones científicas. Al igual que “la dictadura del proletariado” o “la mano invisible del mercado”, son conceptos ideológicos, cargados de una interpretación particular de la realidad.  

Sin embargo, las corrientes “radicales” del feminismo las presentan  como descripciones científicas de la realidad y han logrado que  el “patriarcado”, la noción de “género” y  de “políticas de género”,  se introdujeran en la institucionalidad y en la vida académica como nociones científicas.

Así, en ciertos países del Primer Mundo  se las enseña en las universidades como si fueran evidencias objetivas.  En nuestro país, cada institución pública tiene obligatoriamente una “comisión de género”, que analiza y enjuicia a las políticas públicas desde ese ángulo.

Ese proceso de institucionalización se produjo sin análisis ni debate. Nadie, en el Uruguay, se atrevió a señalar que los conceptos de “patriarcado” y de “género” (como algo diferente a la identidad sexual) son objeto de discusión científica y política.

No me propongo enjuiciar aquí la verdad o falsedad de esas nociones. Sí señalar que son ideológicas y que han sido introducidas en la institucionalidad, y se pretende introducirlas en la academia, como si fueran conocimiento objetivo.

FEMINISMO EN CASA

La “Segunda Ola” llegó tarde al Uruguay. Conseguidos el derecho al voto y la igualdad de derechos civiles de la mujer en la primera mitad del Siglo XX, el discurso feminista “de la diferencia” apareció en nuestro país recién entre fines de la década de los 80 y principios de la de los 90.

Sin embargo, desde esa época, ha ido creciendo en influencia. De alguna manera, las causas típicas del feminismo (legalización del aborto, cuota parlamentaria, represión de la violencia doméstica, lenguaje “de género”, etc.) han ido haciéndose centrales en la vida pública, desplazando o invisibilizando a otras causas más tradicionales para el pensamiento de izquierda ( propiedad de los medios de producción, modelo económico, injerencias internacionales y aun políticas tributarias).

¿Cuál es el problema?

Es sencillo:  ¿Estamos dispuestos, hombres y mujeres, a introducir en nuestra cultura la idea de que la vida social es una lucha de “géneros”? ¿Estamos dispuestos a hacerlo sin debate?

Ahora están sobre la mesa nuevas propuestas, como las de radicalizar la ley de cuotas parlamentarias y el régimen jurídico de la violencia doméstica, lo que incluye la creación de una nueva figura delictiva, el “feminicidio”.

¿Tenemos conciencia de que la ley de cuotas implica romper el criterio central de la democracia, es decir la libertad de los electores de postular y elegir a quien quieran, sin importar su sexo o “género” ?

¿Somos conscientes de que el régimen de la violencia doméstica viola las garantías esenciales del denunciado?

 Y, más importante: ¿hemos pensado que la creación de un delito específico, con penas diferentes, implica valorar en forma desigual  la vida de una mujer que la de cualquier otra persona?

Son propuestas que contradicen el principio de igualdad.

Ninguna idea es sagrada y todas pueden ser discutidas. Pero deben discutirse lealmente, exponiendo con sinceridad los propósitos reales y las vías para lograrlos.

LA DIFERENCIA

He reflexionado mucho sobre algunas tesis del feminismo “de la diferencia”, sobre todo a partir de ciertos debates virtuales.

Creo posible, sinceramente, que las diferencias  de sexo o de “género” determinen percepciones muy diferentes de la vida y de la realidad. Y también que nuestra cultura esté excesivamente adaptada a la percepción masculina.

Pero eso, si es cierto, requerirá diálogos y análisis que nos permitan a cada uno entender la perspectiva de la otra mitad.

Hablamos de un fenómeno cultural profundo, que no puede hacerse mediante una reforma del Código Penal o impartiendo ideología “de género” como si fuera un catecismo.

 

 


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