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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: FISCAL VERDE, TRASLADO OSCURO

publicado a la‎(s)‎ 28 oct. 2015 15:52 por Semanario Voces


“En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres…”

                                                                                                            José Martí

Es probable que lo que voy a decir parezca fragmentario y hasta deshilachado. Es que ya Marcelo Marchese y Víctor Bacchetta, entre otros, han expresado muy bien lo que pienso sobre este asunto, y yo mismo he tenido oportunidad de hablar sobre ello. De modo que lo que sigue son reflexiones complementarias, cuando no imágenes o asociaciones libres disparadas por el “caso” del fiscal Enrique Viana.

Lo llaman “el fiscal verde”, un apodo que hace pensar en una especie de Robin Hood, o en un hippie devoto de la naturaleza. ´Sin embargo  –para los que no lo hayan visto en persona o por televisión- Viana produce otra impresión. Es un hombre grande, morocho, de aspecto severo y con cierta tendencia a la obesidad. Tal vez el pelo corto, o el bigote negro, le dan un aspecto rígido y casi marcial. Aunque la impresión se disipa cuando se le ven los ojos y se lo oye hablar. Tiene la mirada más ágil e inquieta que el cuerpo, y habla a  velocidades cambiantes, con momentos de aceleración que desmienten su apariencia disciplinada y serena.

¿Por qué este hombre se ha convertido en un incordio para el gobierno? ¿Qué ha hecho para desatar la ira oficial y hacer que se lo suspenda, se lo investigue y ahora se lo transfiera de materia?

Insisto, lo llaman “el fiscal verde” porque muchas de sus acciones como fiscal han sido dirigidas a investigar o a controlar a empresas que ponen en riesgo el medio ambiente . Sin embargo, las veces en que hablé con él, no habló de ecología. Habló de republicanismo, de democracia y de Estado de derecho. Viana piensa –y está lejos de ser el único- que esas cosas están en peligro, amenazadas por los avances de las corporaciones multinacionales que se apoderan de la tierra, del agua, de la energía, de los recursos minerales, esos capitales que dominan, compran, chantajean y manipulan a los Estados y a los gobiernos. Ese estado de cosas, que él denomina “neofeudalismo”, lo desvela.

Ahora, ¿por qué un fiscal, un funcionario público al que todos asociamos con alguien que se dedica a despachar divorcios y sucesiones, se ha convertido casi en el principal escollo para un modelo económico que cuenta con la apertura a la inversión extranjera, sobre todo a la que se dedica a la extracción de recursos naturales, como su principal recurso?

Permítanme evocar un recuerdo de infancia. Veo un dibujo animado. El protagonista, cuyo nombre no recuerdo, está en la Legión Extranjera. El comandante se dirige a la tropa, que lo escucha rígidamente formada. El comandante solicita que un voluntario dé un paso al frente para confiarle una misión riesgosísima. El resto de la fila de soldados retrocede un paso, y el protagonista queda en primera línea, convertido en voluntario.

 ¿Necesito aclarar la analogía?  Quizá no es que Viana esté colocado en posturas demasiado audaces. Quizá el resto del país, sus colegas, los fiscales, los jueces, los gobernantes, por supuesto, y también nosotros, los ciudadanos, todos, salvo honrosas excepciones, hemos dado un paso atrás y dejamos que las cosas sucedan.  No nos preocupamos por investigar las condiciones secretas que se pactan con los megainversores, los controles que no se practican y los regímenes de excepción y privilegio que se les conceden. Por eso Viana parece quedar solo y al frente de la fila, cuando en realidad está cumpliendo con su deber, en un lugar en el que muchos deberían (o deberíamos) estar.

La resolución por la que se dispuso el traslado se funda, inusualmente, en la supuesta falta de idoneidad de Viana, dado que –siempre según la resolución- ha promovido numerosas acciones judiciales que no han sido acogidas por los jueces o por la Suprema Corte de Justicia.

A los fiscales (en tanto Ministerio Público y Fiscal) les corresponde legalmente “la protección y defensa de los intereses generales de la sociedad”, tarea que deben cumplir en régimen de independencia técnica, es decir de acuerdo a los criterios técnicos que el fiscal entienda adecuados al asunto del que se trate. Pueden actuar como denunciantes de una situación irregular, pueden promover inconstitucionalidades, pueden oponerse en interés del Estado o de la legalidad a pretensiones particulares, pueden requerir informes e iniciar acciones preparatorias que luego darán o no lugar a un juicio, según las circunstancias.

De acuerdo a esas competencias, Viana y cualquier otro fiscal no sólo puede sino que debe actuar cuando percibe que los intereses generales de la sociedad pueden verse afectados. Y debe hacerlo con independencia técnica, es decir en la forma en que su criterio técnico se lo indique. Va de suyo, entonces,  que las inconstitucionalidades, las actividades que comprometen la salud o la seguridad de la población, las que comprometen el medio ambiente o el patrimonio del país, y por supuesto las que afectan a menores de edad o a incapaces son –o deberían ser- materia típica de los fiscales.

¿En qué ha transgredido Viana, entonces, sus responsabilidades como fiscal?

Si no hubiera iniciado acciones, podría imputársele irresponsabilidad. Pero se lo sanciona por actuar con un celo mayor que el promedio. Y por no lograr sentencias favorables en casos súper complejos, en los que su adversario tiene enormes ventajas de recursos materiales y de protección por parte del poder. Así y todo, fue gracias a Viana que el INAU debió ocuparse de que los niños no estuvieran limpiando parabrisas en la calle. Y fue gracias a él que se supieron las vergonzosas condiciones pactadas por el Estado con Montes del Plata y con otras megainversoras.

Basta decir esas cosas para saber por qué no es querido por el gobierno y por qué se lo persigue.

Alguna gente –sobre todo en épocas de más prestigio del Frente Amplio- me ha dicho: “¿Pero quién se cree que es Viana? ¿Quiere poner en jaque al gobierno él solo? ¿No se da cuenta de que el gobierno tiene el respaldo de más de un millón de votantes?”.

Entramos en uno de los aspectos más difíciles de la relación entre la política y el derecho. Me refiero al carácter contramayoritario del sistema de justicia. Cuesta entenderlo, porque mucha gente cree que la democracia consiste sólo en respetar a las mayorías. En democracia, el sistema de justicia (del que los fiscales forman parte), tiene –o debe tener- una de las tareas más difíciles e ingratas. Debe o debería contrariar a veces la voluntad del gobierno electo por mayoría y en ocasiones contrariar también a la voluntad circunstancial de la mayoría de la población. Porque, los derechos son eso: límites al poder político, y, por ende, en una democracia, son límites al poder de las mayorías. Lo paradójico es que esos límites los establece la misma mayoría al aprobar la Constitución y las leyes.

Entonces, los choques entre los fiscales y el gobierno no deberían ser vistos como una anomalía. Deberían ser frecuentes, mucho más de lo que lo son, porque eso indicaría que los intereses de la sociedad están siendo protegidos, en lugar de quedar librados a la voluntad del poder político y al hábito –frecuente en el poder- de esconder o falsear la información.

Lamentablemente, vivimos en una cultura política que no tiene clara la importancia del control ciudadano y menos del de los órganos de contralor (basta ver el presupuesto que se les asigna) y que ignora y vive como una  agresión cualquier intervención de un fiscal, de un juez, del Tribunal de Cuentas o de cualquier organismo creado para controlar al poder. Un déficit de institucionalidad que no es nuevo pero se ha agudizado en estos últimos años.

La persecución a Viana es una manifestación explícita de esa cultura. Algo que no deberíamos dejar pasar.  

  

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