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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou: HOMENAJES Y OLVIDOS

publicado a la‎(s)‎ 5 may. 2014 9:58 por Semanario Voces

Esta semana, en la lejana Roma, la Iglesia Católica proclamó “santos” a dos Papas, conocidos como Juan XXIII y Juan Pablo II.

Al mismo tiempo, aquí, en el Uruguay, se conmemoraron los 25 años de la muerte de Raúl “el Bebe” Sendic y un nuevo 1º de Mayo, recordatorio, como se sabe, del crimen legal cometido en los EEUU contra varios militantes obreros, conocidos como “los mártires de Chicago”.

Más de uno se preguntará por qué relaciono al “Bebe” Sendic, a los mártires de Chicago, y a otra figura que todavía no he nombrado, con los Papas canonizados.

Es que el tema de esta nota no son las personas, sino los homenajes. El sentido por el que los seres humanos elegimos conmemorar y rendir homenaje a ciertas personas, y olvidar a otras.

Respecto a los Papas, se comprenderá que, para quien no fue criado ni educado en la mística católica (es mi caso), la idea de que al potencial “santo” se le deba contabilizar un mínimo de dos milagros, y el hecho de que la existencia de esos milagros sea sesudamente investigada por personas que portan títulos académicos, resultan ligeramente absurdos, por decirlo con delicadeza.

Sin embargo, dado que la Iglesia Católica es una organización fuertemente política (posee un Estado propio y opina e interviene en todos los asuntos públicos y privados de este mundo), la canonización es mucho más que un acto religioso. Es también un acto político que envía un mensaje a toda la sociedad, incluidos católicos y no católicos.  

Sobre ese acto, considerado como acto político, no debe olvidarse lo que se ha dicho hasta el cansancio en todo el mundo: que los dos Papas fueron personajes casi antitéticos. Juan XXIII impulsó el compromiso de la Iglesia y de los sacerdotes con las causas sociales y simplificó las pompas y rituales de la Iglesia para hacerlos más cercanos al sentir de la gente común. Juan Pablo II, en cambio, además de poner en juego el peso de la Iglesia para propiciar o acelerar la caída del llamado “bloque socialista”, cosa que no hizo con otros gobiernos dictatoriales, como el de Pinochet, persiguió a los sacerdotes comprometidos con causas políticas o sociales revolucionarias, restableció los rituales religiosos tradicionales y privilegió a los sectores más conservadores del clero, incluidos casos notorios de pederastia.

¿Qué significa, entonces, la canonización simultánea de dos personalidades con trayectorias tan disímiles? ¿Qué mensaje envía el Papa Bergoglio al proponer o imponer esa recordación conjunta? Y, lo más importante, ¿cómo será interpretado por los fieles y por los no fieles?

Pero volvamos por un momento la mirada hacia el Uruguay.

Estoy escribiendo antes del 1º de Mayo, así que no puedo describir los discursos ni los hechos precisos que se pronunciarán u ocurrirán durante el acto convocado por el PIT-CNT. Sin embargo, no se precisa ser profeta para saber que este 1º de Mayo encuentra al movimiento obrero uruguayo en un nuevo papel social. Ya no es una organización pobre y meramente resistente, ignorada o perseguida por el poder político. Para bien y para mal, el movimiento obrero se ha convertido en un actor principal en los juegos de poder y en las decisiones de la sociedad uruguaya. Muy crecido en afiliados, manejando recursos económicos impensables en otras épocas, relacionándose en nuevos términos con el poder político, sobre el que ejerce y del que recibe fuertes influencias, su poder y su papel social son muy distintos a los tradicionales.

Eso permite adivinar que, tal como viene ocurriendo en los últimos años, el acto de conmemoración del 1º de Mayo será grande, que el poder político estará presente y que los discursos que se pronuncien ya no serán la mera queja o la denuncia, sino que dejarán oír la voz de un protagonista que se sabe y se siente poderoso.

El aniversario de la muerte de Raúl Sendic, en cambio, pese a cumplirse el cuarto de siglo de ocurrida, tuvo repercusiones bastante débiles. Si bien hubo un acto partidario de homenaje, el poder político se mostró cauto y tibio. Puede decirse que la conmemoración más importante fue hecha desde el llano, en el cementerio, sin figuras del partido de gobierno, con el apoyo de algunos de los viejos compañeros de Sendic y el de algunos jóvenes que lo perciben como símbolo de una izquierda más pura y más romántica.

Con todo, la memoria de Sendic es estruendosa si se la compara con la de otras figuras esenciales para la izquierda, directamente olvidadas.

¿Alguien recuerda, por ejemplo, a Carlos Quijano? ¿Alguien ha mencionado que en pocos más de un mes se cumplen treinta años de su muerte?

Sin embargo, Quijano, a través de su trayectoria y del semanario “Marcha”, fue una figura intelectual clave para el desarrollo de muchas de las ideas que hoy son el centro del pensamiento de izquierda en el Continente. El antiimperialismo, el problema de la tierra (que también desveló a Sendic), el papel de América Latina en el mapa del subdesarrollo y en un mundo que entonces era bipolar, fueron algunos de los asuntos que Quijano introdujo en el debate público del país y de una izquierda entonces incipiente.     

En uno de los sentidos posibles, la memoria y el olvido son armas del poder. La conmemoración pública o el silencio sobre la vida y las ideas de ciertas personas construyen una realidad moldeada desde alguna clase de poder y, en general, funcional a ese poder.

Así, cuando Bergoglio santifica al mismo tiempo a Juan XXIII y a Juan Pablo II, probablemente esté construyendo una base propia de poder. De alguna manera, les está diciendo al ala conservadora y al ala reformadora de la Iglesia que el nuevo Papa está dispuesto a ampararlas o a tolerarlas a ambas. Una suerte de “uno a uno, y pelota al medio”, con la particularidad de que será el propio Bergoglio quien podrá dar el nuevo puntapié, definiendo a qué jugará la Iglesia en los próximos años.

En el Uruguay, el juego de conmemoraciones y de olvidos también es una suerte de gráfica del poder. La importancia del acto del 1º de Mayo, el tibio recuerdo de Sendic, y el olvido oficial y público de figuras como Quijano, entre otras, son síntomas de la realidad, de dónde está el poder y hacia dónde se dirige.

Pero, en otro de los sentidos posibles, la memoria y el olvido nunca son completamente administrados por el poder.  Por debajo de los mármoles, los fastos y las conmemoraciones oficiales, la memoria colectiva suele ir construyendo otra recordación de la realidad y de sus protagonistas. A veces, esa construcción tarda décadas, como pasó, por ejemplo, con la figura de Artigas. Nunca podemos saber con exactitud cómo juzgará y qué recordará la memoria colectiva con el paso del tiempo. Tampoco si no cometerá nuevas injusticias. Pero de lo que sí podemos estar seguros es de que las verdades y las conmemoraciones oficiales, impuestas y significadas a fuerza de poder, no son definitivas.

Muy lejos estoy de pretender adivinar el juicio de la historia. Pero nadie puede impedirme sospechar que, a la larga, pesa a lo que hoy disponga el poder eclesiástico, Juan XXIII y Juan Pablo II no serán recordados en pie de igualdad.

Del mismo modo, para entenderse a sí misma, la sociedad uruguaya probablemente deberá reconsiderar a Sendic y redescubrir a otras figuras, que hoy simbolizo en el nombre de Carlos Quijano.  

  

 

 

 

 

 


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