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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou: Insuficiencia de lo político

publicado a la‎(s)‎ 5 feb. 2015 11:49 por Semanario Voces

El pasado fin de semana, apenas regresado a Montevideo, vi el video del acto público que cerró la “Marcha por el cambio”, con la que el nuevo partido español “Podemos” dio inicio a su campaña electoral.

Para los uruguayos, el acto tuvo un aspecto emotivo, porque, desde el escenario, una niña española cantó, con  ciertas “licencias” musicales y textuales, una versión del célebre “Adagio en mi país”, de Alfredo Zitarrosa.

De las licencias textuales (el video está en Youtube y pueden verlo), lo que más me llamó la atención fue que, en la parte en que el texto de Zitarrosa dice: “Dice mi padre, que un solo traidor puede con mil valientes”, la niña cantó “Dice mi madre, que un solo traidor…”. Al principio creí haber oído mal, o que se trataría de un error, pero después la niña volvió a cantar esa estrofa, incluso con el apoyo de un cantante mayor que la acompañaba, y ambos sustituyeron nuevamente la palabra “padre” por “madre”.

¿Qué sentido tiene ese cambio? ¿Agrega algo a la calidad poética del texto? ¿Se justifica alterar la creación intelectual de Zitarrosa y el probable hecho histórico de que en realidad fuera su padre, la persona real y concreta a la que Zitarrosa se refería como “mi padre”, quien sintiera que “el pueblo, en su inmenso dolor, hoy se niega a beber en la fuente clara del honor”?

La explicación parece bastante obvia. La “corrección política”, muy cargada hoy de feminismo, quedará más conforme si hay referencia a una mujer (la madre);  en cambio, el texto sonará sospechoso de “patriarcalismo” si el autor se permite citar a un hombre (su padre). El hecho de deformar la creación de Zitarrosa y atribuir una frase y un sentimiento a otra persona que no dijo la frase ni tuvo el sentimiento parece no tener importancia comparado con satisfacer el espíritu de lo “políticamente correcto”.

Viendo el video, sentí de pronto que estaba ante algo mucho más grande e importante que un acto político. Por muchas razones, el acto y la propia existencia de “Podemos” son, más allá de su significado político, un fenómeno cultural. En mi caso, fue necesario que se tocara algo muy íntimo y querido (el texto de Zitarrosa) para que percibiera la enorme carga ideológica y cultural subterránea  latente en ese acto.

No importa si estoy de acuerdo o discrepo con algunos de los contenidos de la “movida” de “Podemos”. ¿Es acertado atribuir a “la casta” (es decir a las dirigencias políticas de los otros partidos) todos los males de la sociedad? ¿Qué papel juega la misma sociedad en el surgimiento de esos males? ¿Basta la buena voluntad para sortear las deformaciones que causa la lucha por el poder? ¿Hasta qué punto un aire juvenil y descontracturado puede encubrir y disimular el renacimiento o la continuidad, en otro envase, de lo mismo que se pretende combatir? 

Lo que pretendo señalar es que, por debajo y más allá de los avatares políticos, las sociedades tienen un clima cultural que, en el fondo, determina y delimita las posibilidades de lo político. De nada sirven los discursos y las leyes que pretendan combatir el materialismo, el consumismo, el machismo, el racismo, la hipocresía, la violencia, la explotación o la corrupción. Si se vive en un clima cultural materialista, consumista, superficial, dependiente, hipócrita, demagógico, machista, racista, violento, explotador o corrupto, la sociedad irremediablemente reproducirá esos parámetros, gobierne quien gobierne y legisle quien legisle.    

Este mes largo de vacaciones que nos tomamos en “Voces” me ha permitido –por no decir que me ha obligado- a mirar desde otra perspectiva lo vivido en el último año.

2014 fue un año electoral. Como suele ocurrir en tales casos, candidaturas, discursos, publicidad, ambiciones, apasionamiento, insultos, alianzas y traiciones, ilusiones y desilusiones, marcaron la vida colectiva durante todo el año y probablemente la marcarán todavía durante algunos meses de este año.

Los uruguayos hemos discutido sobre el gobierno, sobre el estado de la economía, sobre el ejercicio del poder, sobre la legislación, sobre las virtudes y defectos de los partidos y de los dirigentes políticos. No hemos discutido, en cambio, sobre ciertas improntas culturales que nos caracterizan como sociedad.

Todos estamos de acuerdo, por ejemplo, en que la situación de la enseñanza es preocupante. Sin embargo, no nos preguntamos por qué, como sociedad, aceptamos convivir desde hace décadas con un proceso de deterioro del sistema y de la calidad de la enseñanza.  Nos quejamos de la inseguridad pública, del deficiente funcionamiento de la administración del Estado, vemos con indiferencia algunos síntomas de corrupción y las condiciones secretas pactadas con los grandes intereses económicos que se instalan en el Uruguay, ignoramos el endeudamiento del país, entendemos cada vez menos el funcionamiento de las instituciones, reclamamos cada vez más derechos y beneficios y nos acostumbramos a convivir con corporaciones y grupos de presión que reclaman a su vez sus propios intereses y beneficios, mientras tanto, en la esfera privada, nos volvemos cada vez más dependientes del crédito y de las organizaciones financieras y, claro, consumimos cada vez más cosas.

Estamos acostumbrados a echarle la culpa de esos fenómenos a los gobernantes, a los partidos y a los dirigentes políticos, sobre todo a aquellos a los que no votamos. Si la enseñanza, la seguridad pública, la transparencia en el ejercicio del gobierno, o la economía, en algún momento  dan problemas o colapsan, la culpa no es nuestra como ciudadanos. En todo caso será del gobernante de turno. Y, mientras tanto, vivimos tranquilos.

Aunque nos cueste asumirlo, nuestro defectuoso sistema político democrático es más representativo de la voluntad ciudadana de lo que solemos creer. No de la voluntad que expresamos cuando nos ponen un micrófono delante o nos interrogan para una encuesta, sino de la voluntad real, esa que expresa nuestro verdadero clima cultural y que a menudo se manifiesta mediante la pasividad o la indiferencia, aceptando lo considerado “políticamente correcto” y dejando hacer a quienes gobiernan o tienen el poder para decidir.

La pregunta  que me persigue en este comienzo del año es cuáles aspectos de nuestra identidad cultural nos permiten vivir indiferentes frente a fenómenos que en realidad deberían conmovernos o indignarnos y, en todo caso, ponernos activos.

El problema no es estrictamente político, sino más profundo. Pero, ¿dónde se piensa y se discute la cultura de una sociedad?

No es, por cierto, en las actuales estructuras políticas, demasiado ocupadas en gestionar lo existente y en ganar el apoyo de los votantes como para problematizar lo que somos y lo que pensamos como sociedad.

En algunas épocas, esa tarea la cumplieron organizaciones filosóficas o religiosas, intelectuales independientes u orgánicos, la academia, e incluso luchadores y reformadores sociales que tuvieron gran influencia en la cultura uruguaya.

Hoy, por diversas razones, esos ámbitos y personas han desaparecido, escasean, o no cumplen ya esa función.

¿Dónde se piensa a sí misma la sociedad uruguaya?

Esa es la pregunta que me gustaría poder responder.

 

 

     

 

 

 


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