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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Izquierdicidio

publicado a la‎(s)‎ 2 dic. 2015 13:15 por Semanario Voces

Atrás quedaron los tiempos en que Tabaré Vázquez vetó la ley que legalizaba el aborto y también aquellos -más recientes en que, para furia de muchas feministas, afirmó que morían más mujeres por el cigarrillo que por la violencia de género.

De pronto, el Presidente anuncia que remitirá al Parlamento un proyecto de ley para crear la figura penal del feminicidio (o quizá femicidio). Según el pro secretario de la Presidencia, Juan Andrés Roballo, el proyecto penará el asesinato  de una mujer “por el solo hecho de ser mujer”. Lo que todavía no está claro es si la nueva figura incluirá también una pena mayor que para otros homicidios.

¿Por qué Tabaré Vázquez toma repentinamente esa decisión de la que no había hablado nunca, ni durante la campaña electoral ni al asumir la presidencia?

EL TEMA DE LA CONCORDIA

Como todos sabemos, Vázquez es un hombre ligado a la Iglesia Católica y de pensamiento más bien conservador, que nunca había mostrado fervor por la “nueva agenda de derechos” ni por las reformas que implican liberalización de las costumbres.

Por otro lado, es un político hábil, que se encuentra relativamente aislado y ve su poder cuestionado dentro del propio Frente

La figura del feminicidio había generado ya fuertes polémicas y no goza de unanimidades en ámbitos académicos y judiciales, incluida la Suprema Corte de Justicia.

Se la ha cuestionado diciendo que es una salida represiva y no preventiva, que rompe el “principio de igualdad” al valorar en forma desigual la vida de los dos sexos, que será ineficaz porque no disuadirá a un individuo que actúa fuera de sus cabales, que implica “inflación penal”, es decir la tendencia a crear nuevas normas penales para disimular que las existentes no se cumplen, y que significa esperar del derecho penal soluciones a problemas sociales y culturales que el derecho penal no puede solucionar.

Desde el punto de vista teórico, también se ha cuestionado el presupuesto básico de la nueva figura, la idea del asesinato “por el solo hecho de ser mujer”. Mi amigo E.E. me recordó ayer que  Raúl Zaffaroni, célebre penalista y ministro de la Suprema Corte Argentina, conocido por sus posturas contrarias al punitivismo, ha dicho: “En la Argentina nadie sale a la calle a matar a una mujer porque es mujer. Eso es una locura, no existe”. 

Ante esas andanadas de críticas, la respuesta de las organizaciones feministas interesadas en el asunto fue retirarlo del debate público durante varios meses y hacer “lobby”, es decir, buscar que organismos y ONGs internacionales ejercieran presión sobre el gobierno y sobre los parlamentarios, para que el feminicidio fuera aprobado casi sin debate previo. Una estrategia basada en el silencio y la sorpresa que ya había sido usada para aprobar las leyes que reservaron cuotas parlamentarias por género y cuotas de empleos públicos para personas de raza negra.

EL BLOQUE DE LO “POLÍTICAMENTE CORRECTO”

Tratando de entender el cambio de actitud del presidente Vázquez, a estas alturas es necesario reconocer que, entre los bloques ideológicos (no los partidarios, sino los ideológicos) que integran el Frente Amplio, existe uno, cada vez más influyente, al que se puede definir como partidario de “lo políticamente correcto”.

A veces resulta difícil distinguir este enfoque ideológico como un conjunto, porque suele aparecer dividido en diversas causas o reclamos. Sin embargo, creo posible establecer su unidad ideológica en torno a algunas ideas básicas y reiteradas.

La primera es la noción de que la vida social se compone de derechos, en lo posible de derechos  humanos y universales, que curiosamente no se fundan en las leyes ni en la voluntad democrática de la población, sino en tratados y declaraciones de organismos internacionales que expresan  una pretendida “conciencia jurídica universal”, no revisable ni cuestionable por la voluntad política de nadie. Esta actitud suele ir acompañada de una cierta desconfianza y escepticismo ante los procedimientos y las decisiones democráticas.

La segunda idea es que las injusticias sociales, más que el fruto constante e inevitable de la estructura económica y política, son consecuencia de ciertas “discriminaciones” culturales que afectan a determinadas categorías, a menudo minoritarias. Así, las víctimas son las mujeres, o la raza negra, o los homosexuales, o los/as “trans”, o los discapacitados. Si bien no es una actitud uniforme, para el discurso “políticamente correcto”, nacido en economías desarrolladas, parecería que el total de la humanidad gozara de un estatus satisfactorio de bienestar, y la injusticia se limitara a grupos de personas que ven vulnerados sus derechos al ser “discriminadas” por aspectos raciales,  sexuales o culturales.   

La tercera idea es la de “diversidad”, sobre todo sexual y cultural. Sin embargo, la “diversidad” tiene límites estrictos. Todo aquello que afecte a la “correcta” sensibilidad occidental (convertida en regla universal) será rechazado como “atraso”, “discriminación” o violación de los derechos humanos, ya se trate de prácticas religiosas, costumbres sexuales, corridas de toros o espectáculos de carnaval.

La cuarta idea es que el lenguaje “políticamente correcto” tiene la virtud mágica de sanear la realidad. Así, un discapacitado deberá ser mencionado como portador de “capacidades diferentes”, y un hombre, operado para semejarse a una mujer, será “una mujer trans” (por virtud del lenguaje cambiará no sólo su género sino también su sexo)  Esta idea va acompañada por una especie de vergüenza por vivir en sociedades “atrasadas”, comparadas con las de Europa y EEUU, con lo cual, los parámetros de vida de esas sociedades se convierten, acríticamente, en el rumbo a seguir.

La “corrección política” es la adopción enfática de ideas aparentemente inocuas y compartibles (¿quién defiende conceptualmente la discriminación, o la violación de derechos humanos?) y su transformación en reivindicaciones y reglas de pensamiento impuestas con intolerancia. Prueba de que cualquier idea, aun la más inocua, puede dar lugar al autoritarismo.

LA NUEVA ALIANZA

En los últimos años, la integración del FA y la influencia de sus diversas corrientes ideológicas ha ido cambiando. Por un lado, se han retraído o retirado algunas de las posturas de izquierda más tradicionales, las corrientes clasistas, revolucionarias y aun las democrático-radicales. Por otro, las nuevas visiones ecologistas, críticas del sistema capitalista global por sus efectos sobre el planeta, tampoco encuentran lugar en gobiernos que han hecho de la inversión extranjera y de la explotación industrial de los recursos naturales su buque insignia.

Más allá del voluble populismo de Pepe Mujica, de pocas concreciones prácticas, la integración ideológica (ideológica, no partidaria) predominante en los gobiernos del FA ha sido, por una lado, la visión “progresista”, que apuesta a la incorporación del país al circuito de los capitales globales, de los que espera obtener recursos para las políticas sociales que la mantengan en el gobierno; esta postura ha dirigido la economía en los últimos once años. Por otro lado, la otra corriente influyente ha sido la de la corrección política, que ha logrado ensanchar la “nueva agenda de derechos” e imponer el lenguaje y el pensamiento “políticamente correctos” como un deber cuya transgresión amerita descrédito.

La coincidencia entre el “progresismo” económico y la “nueva agenda de derechos” de la corrección política era previsible. Es que las dos visiones coinciden en la adaptación al modelo económico global. Una porque está convencida o se ha resignado y lo considera inevitable. La otra porque no se ocupa de él, en tanto logre reivindicaciones para las categorías “discriminadas” (aborto, cuota parlamentaria, matrimonio “trans”, etc). Las dos coinciden, además, por distintas razones, en tener como faro a las sociedades “desarrolladas” de Europa y EEUU.

TABARÉ

La propuesta de Tabaré Vázquez sobre el feminicidio puede interpretarse como el intento de sellar una alianza con la movida de lo “políticamente correcto”, de la que estaba bastante distanciado.

La idea no es tonta, porque una nube de organismos y ONGs, nacionales e internacionales, respaldan a casi todas las causas “políticamente correctas” y su influencia es enorme.

Para un presidente sin respaldo sectorial directo, condicionado en lo macroeconómica por Astori y desafiado “en la cancha” por un líder popular y algo populista, como Mujica, tener algún  crédito ante las organizaciones feministas, ante cierta izquierda “paqueta y bienpensante”, y, por extensión, ante el movimiento “gay” y las colectividades “afro”, no está nada mal, aunque, desde el punto de vista tradicional de izquierda, la alianza “progresismo-corrección política”  pueda parecer casi un “izquierdicidio”..

La inquietud que deja la medida cabe en una pregunta: ¿Quién, en el Uruguay, seguirá investigando, cuestionando y enfrentando el avance arrollador del modelo económico global?

 

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