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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou: LA LÓGICA DE “LO MENOS MALO”

publicado a la‎(s)‎ 26 feb. 2014 22:43 por Semanario Voces

Hoy quiero analizar un debate que he visto desarrollarse en los últimos días, tanto en forma virtual como presencial.

Como vimos la semana pasada, un número significativo de personas de izquierda, que han votado al Frente Amplio desde que tuvieron edad para hacerlo, están considerando no votarlo este año.

Algunos ya lo tienen resuelto y otros (entre los que me incluyo) lo estamos pensando. Algunos lo anuncian en voz alta y otros lo callan, o lo comentan sólo con sus íntimos. Algunos piensan votar en blanco, otros quieren anular el voto, o votar a alguna lista testimonial de la izquierda no frentista, e incluso alguno que otro está dispuesto a pagar la multa y a no ir a votar. Lo cierto es que muchos potenciales votantes del Frente parecen dispuestos a no votarlo en señal de disconformidad con su gestión de gobierno.

Los motivos de la disconformidad varían para cada persona, pero hay críticas que se reiteran. Por ejemplo: los privilegios excesivos otorgados a la inversión extranjera; la admisión incondicional, en el marco de la globalización económica, de megaproyectos extractivos contaminantes o riesgosos para el medio ambiente; la inoperancia ante la crisis educativa; la fuerte carga tributaria aplicada al sector asalariado, la desprolijidad y falta de transparencia en los asuntos públicos (el caso PLUNA es paradigmático); la mala gestión de ciertas áreas del Estado; el reparto de cargos públicos por cuota política; el carácter asistencialista de las políticas sociales y sus escasos resultados en términos de inclusión social.

La sola mención de la posibilidad de no votar al Frente Amplio genera escándalo en otros frenteamplistas, más tradicionalistas o más oficialistas.

Más allá de las distintas formas en que se expresan, los argumentos a favor del voto al Frente Amplio rondan siempre en torno a una idea: cualquiera sean los defectos o carencias de la gestión del Frente, los “rosaditos” eran peores; de modo que hay que votar al Frente para evitar que los “rosaditos” vuelvan.

Pocos, desde la izquierda, que yo sepa, niegan que el funcionamiento de los consejos de salarios, o el acceso de los niños a las “ceibalitas”, por citar dos ejemplos, sean aspectos positivos de los gobiernos del Frente. Así como, por dar otro ejemplo, parece de total justicia que se reconozca a los homosexuales el derecho a contraer matrimonio si lo desean.

Ahora, ¡bueno fuera que los gobiernos del Frente no hubieran hecho algunas de esas cosas! Por cierto, muchos habríamos dejado de votarlo antes si no las hubiera hecho.

El problema es que, después de casi diez años de gobierno, seguimos teniendo militares impunes, una marginalidad y fragmentación social pavorosas y crecientes, resultados educativos pésimos, la juventud pobre sin horizontes, el Estado mal manejado, cargas tributarias enormes que afectan más a los que trabajan, y el peso cada vez mayor del capital financiero en la vida de todos.

Si uno viera a los gobernantes aplicados de cuerpo y alma, con inteligencia y creatividad, a resolver esos problemas, todo sería soportable. Pero el objetivo prioritario del gobierno es atraer más inversión extranjera a costa de exonerarla de impuestos, rebajarle los precios del agua y de la energía, entregarle tierras y recursos naturales, hacerle leyes a la medida, regalarle puertos y zonas francas e instalarle regasificadoras. Cosas que pagamos todos nosotros. Otro objetivo prioritario del gobierno es bancarizar la economía (el proyecto de ley está en el Parlamento, si no me equivoco) haciendo que todas las transferencias económicas importantes pasen obligatoriamente por el sistema bancario.

Llega un punto en que uno se pregunta, ¿para quién trabaja el gobierno? ¿Trabaja para nosotros, o ha comprado la “receta” globalizadora de que la felicidad de los pueblos depende de que el gran capital crezca y, algún día, la riqueza se derrame sobre todos  

Ese es el punto en que uno se pregunta: ¿por qué tengo que seguir votando a estos gobernantes, si no estoy de acuerdo con sus prioridades ni con sus objetivos?

Entonces nunca falta quien, con profunda y seguramente honesta fidelidad frenteamplista, nos recuerde que “los rosaditos eran peores”.

Tal vez fueran peores. Pero al menos tenían frente a sí a un Frente Amplio dispuesto a denunciar sus fallas y traiciones, dispuesto a controlarlos. En cambio, el gobierno del Frente no tiene a nadie que marque o denuncie sus fallas desde la óptica de los intereses populares. Inquietante, ¿no?

¿Qué hacer, entonces? ¿Elegir el mal menor? ¿Seguir votando al Frente para evitar el riesgo de que los rosaditos ganen o logren más peso en el Parlamento?

Me atrevería a decir que esa es la menos frenteamplista de las actitudes.

En 1971, la izquierda uruguaya podría haber evitado que Juan María Bordaberry llegara a la presidencia. Y tal vez podría haber evitado o minimizado a la dictadura.

Si las trescientos mil personas que ese año decidieron votar al recién creado Frente Amplio hubieran buscado el  mal menor, habrían votado, por ejemplo, a Wilson Ferreira Aldunate. De esa manera Bordaberry no habría sido presidente y tal vez la historia habría podido ser algo distinta.

Pero la izquierda de aquella época no optó por “lo menos malo”. No votó al “menos malo” de los candidatos de los partidos existentes. Por el contrario, decidió fundar el Frente Amplio, aun sabiendo que no tenía chance de ganar las elecciones y que probablemente las ganaran Pacheco Areco y Bordaberry.

En 1982, en plena dictadura, los militares permitieron una elección interna de los partidos tradicionales, con el Frente excluido. Parte de la militancia de izquierda pensó que, ya que el Frente no podía participar, lo “menos malo” era votar a los candidatos más antidictatoriales de cada partido tradicional, es decir al wilsonismo dentro del Partido Nacional y al batllismo dentro del Partido Colorado. Fue Seregni, desde la cárcel, quien se opuso y planteó la alternativa: votar en blanco, para preservar la identidad frenteamplista. Casi cien mil votos en blanco enviaron una señal fuerte al régimen militar y a las dirigencias blanca y colorada. El mensaje era que la izquierda seguía existiendo y que no se resignaría a los moldes recortados que se le ofrecían.

No sé si es necesario explicitar la moraleja de estas dos historias. Lo cierto es que tanto el nacimiento como la supervivencia del Frente, como expresión política de la izquierda uruguaya, dependieron de que sus militantes se negaran a optar por lo más seguro, por “lo menos malo”. Dependieron de que la militancia de izquierda se jugara a más y exigiera más.      

Tal vez estemos nuevamente ante una disyuntiva vital, ya no sólo para el Frente Amplio sino para la izquierda uruguaya. Una disyuntiva que exige jugar fuerte y exigir no “lo menos malo” sino lo mejor.

Miremos además el asunto a largo plazo. ¿Alguien cree que el Frente podrá captar o retener la adhesión de los jóvenes presentándose como “lo menos malo” del escenario político?

La clave de la democracia es que cada persona vote según sus convicciones. Quien debe interpretar a sus potenciales votantes y llevar adelante lo que éstos desean es quien se postula como gobernante. No al revés. Eso quiere decir que, si por algún avatar de la política, el Frente perdiera la mayoría parlamentaria, o el gobierno, los responsables serían los candidatos, que no habrían interpretado adecuadamente la voluntad de sus potenciales votantes.

Faltan más de siete meses para las elecciones y más de un año para que termine este período de gobierno. Tiempo suficiente para que gobernantes y candidatos analicen la voluntad del electorado frenteamplista. Quizá lo que no deberían hacer es asumir que los votos del ala izquierda del Frente son votos cautivos.

Porque no sería la primera vez que la izquierda uruguaya se negara a aceptar “lo menos malo” exigiendo algo mejor.

 

 

 

 

 

 

 


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