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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir Sarthou: LA PAISANA JACINTA

publicado a la‎(s)‎ 4 sept. 2014 14:03 por Semanario Voces


           

“No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”

 Evelyn Beatrice Hall  “Los amigos de Voltaire” (1906)

A alguno podrá extrañarle que, en plena campaña electoral, mientras los blancos pedalean, convencidos de estar acercándose al embalaje final, y el Frente Amplio insiste en atribuir la merma de su intención de voto a errores comunicacionales, haciendo que sus militantes redoblen el sonsonete de los logros, reales o supuestos, de sus dos gobiernos (alguien debería advertirles que, cuando un argumento no convence, de nada sirve gritarlo o repetirlo mil veces), alguno podrá extrañarse –reitero- de que, habiendo todos esos temas, esta columna esté dedicada a un programa de la televisión peruana.     

“La Paisana Jacinta” es eso: un programa humorístico de la televisión peruana. Uno muy exitoso, con mucho “rating”. O al menos lo era. Porque fue “levantado” hace pocos días.

El “Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial” de la ONU, haciéndose eco de denuncias promovidas por organizaciones indígenas y contrarias a la discriminación racial, declaró al programa “ofensivo” y recomendó al canal de televisión que lo emitía que reconsiderara mantenerlo en su programación. Las denuncias también le atribuían el uso de lenguaje y la exhibición de escenas de carácter obsceno. Lo cierto es que “Frecuencia Latina”, el canal en cuestión, lo retiró casi inmediatamente del aire.

Yo me enteré del hecho por comentarios de una activa militante “antidiscriminación” uruguaya a la que estimo mucho y que estaba sumamente alborozada por lo que consideraba un acierto de la ONU y un éxito de sus compañeros de lucha peruanos.

Vi algunos capítulos de “La Paisana Jacinta” (están en Youtube) y me pareció un programa de humor sencillo, destinado a un público masivo y popular (al parecer tenía gran éxito en el sector de público al que iba dirigido). La trama era también sencilla y estaba basada en las aventuras de una supuesta mujer indígena, la paisana Jacinta, interpretada por el actor Jorge Benavídes, creador del personaje y director del programa. El principal recurso humorístico del programa estribaba en los sucesivos contactos que la paisana Jacinta, grotesca (como que estaba representada por un hombre), y en el fondo más bruta que tonta, tenía con una galería de otros personajes, a menudo no más astutos ni menos grotescos que ella, y las formas inusuales en que Jacinta resolvía las situaciones que se les planteaban. En cuanto a las escenas y el lenguaje, supuestamente obscenos, me parecieron juego de niños comparados con cualquiera de los programas argentinos, humorísticos o de entretenimiento, de los que exhiben nuestros canales.

Claramente el problema que llevó a retirar del aire a “La Paisana Jacinta” fue que su personaje principal era una indígena y que el programa estaba destinado a hacer reír.

Como los criterios de lo “políticamente correcto” están muy difundidos, seguramente, al primer golpe de vista, a mucha gente le resultará adecuado lo pedido por las organizaciones antidiscriminatorias peruanas y lo resuelto por el Comité de la ONU. Por eso voy a pedirles que analicemos este asunto con cuidado, sin dejarnos llevar por prejuicios o facilismos.

El humor, como ha dicho con lucidez Alejandro Dolina, se basa siempre en la degradación de un valor. No existe el humor edificante, no al menos en forma intencional y directa. Es decir, puede producir un efecto moralizante en cuanto pone en evidencia las hipocresías y contradicciones de quienes invocan falsamente ciertos valores. Eso significa que, inevitablemente, el humor debe ridiculizar y burlarse de alguien o de algo. No importa si el objeto de burla es el gobierno, los políticos, los curas, los militares, los demasiado soberbios, los demasiado humildes, los falsamente soberbios o los falsamente humildes, los judíos, los neonazis, los gallegos, los revolucionarios, los italianos, los recién casados, los  avaros, los pródigos, los homosexuales, los intelectuales, los cobardes, los valientes, las maestras, los gauchos, los artistas, los periodistas y -¿por qué no?- los indios.

Una fuerte y vieja tradición del teatro rioplatense, el sainete criollo, fundó buena parte de su eficacia humorística en la burla al “cocoliche”, es decir al inmigrante “tano” que hablaba una jerga entreverada de castellano e italiano. Por otra parte, ¿habrá alguien que no haya oído alguna vez un chiste de gallegos, o uno de judíos?

Sí, claro, el humor es siempre discriminatorio y “políticamente incorrecto”. Se burla de algo o de alguien, poniendo en evidencia el apartamiento de ese algo o alguien de alguna clase de valor. Si acaso, en sus expresiones más sutiles y elevadas, logra burlarse de la condición humana, que es algo así como burlarnos entre todos del absurdo y la futilidad de nuestra existencia. Ese, claro, es el humor más difícil y escaso. Más difícil y escaso que los tratados de filosofía.

Por otra parte, no siempre el burlado es el protagonista aparente del chiste. Hace muchos años hubo en el Uruguay una epidemia de chistes crueles sobre negros, en los que se llevaban a la exasperación, hasta hacerlas ridículas, situaciones de sometimiento y humillación racial. Las breves historias ocurrían en el sur de los EEUU y, en el fondo, aunque la peripecia cruel le ocurriera a uno o a varios negros, el verdadero absurdo corría por cuenta del racista blanco que la generaba. Sí, el humor tiene casi siempre doble filo. Nada me cuesta imaginar que en poco tiempo aparezcan chistes de palestinos. Seguramente serán crueles y apostaría a que no dejarán bien parados a los bombardeos israelíes.

¿Cómo defenderse del humor?

Hay algo que uno aprende desde chico, en la calle, en el patio de la escuela, en el campito de los “picados”. No hay defensa.  La protesta, la rabia, la amenaza, el llanto, la denuncia ante la madre o la maestra, sólo empeoran la situación. Ante el humor, la única salida es reírse, aunque duela, y, si a uno le da el ingenio y la nafta, responder con otro chiste. Porque quien pretende impedir o prohibir la risa se postula automáticamente al ridículo.

El humor no se combate con prohibiciones. Al contrario, la risa que no se hace pública por temor crece en silencio y se vuelve desprecio y a menudo violencia. Si todos pudiéramos reírnos de nosotros mismos, habría menos violencia en el mundo.

Disculpen que me haya dejado llevar por el tema fascinante del humor. Porque eso podría hacernos olvidar que “La Paisana Jacinta” es también una expresión de pensamiento. No importa de qué pensamiento. Asumamos –aunque los episodios que vi no me convencieron de eso-, que pudiera transmitir una imagen poco feliz de la población indígena peruana. No por eso deja de ser una idea, una expresión de pensamiento, apreciada, hasta donde se sabe, por millones de peruanos.

¿Qué se hace en nuestra cultura con las ideas que consideramos erróneas? Aun con las que consideramos muy erróneas.

Sencillo: las discutimos, las enfrentamos con argumentos y pruebas.

¿Alguien cree realmente que levantar “a prepo”  un programa de televisión seguido por millones de personas, muchas de ellas de la misma etnia que “Jacinta”, hará algún bien al respeto mutuo y a la integración racial de los peruanos?

Si la “no discriminación” implica eliminar la libertad de expresión, algo no marcha bien. El irresistible ascenso de la corrección política está borrando con el codo cosas que demoramos muchos siglos en conquistar.  

La única forma de vencer a una idea es lograr que muera sola, pacíficamente, por inanición, porque ya nadie cree en ella. Si es reprimida, es porque es poderosa. Y la represión la vuelve aun más poderosa.

Por el contrario, la mejor prueba de la fortaleza de una idea es su capacidad de admitir críticas y disidencias. El enojo, la soberbia y la intolerancia ante la crítica sólo demuestran debilidad.

Estoy hablando de Perú, pero -ya lo habrán adivinado- no sólo de Perú.

   

 

  

 


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