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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: la prueba del nueve

publicado a la‎(s)‎ 20 may. 2015 17:36 por Semanario Voces   [ actualizado el 20 may. 2015 17:38 ]


Hace varias décadas, cuando yo iba a la escuela, no existían calculadoras, ni celulares, ni computadoras, ni mucho menos “tablets”·. Las “cuentas”se hacían trabajosamente a mano, con papel y lápiz, aplicando de memoria las tablas de multiplicar. Las maestras, en lo que parecía un ejercicio del más puro sadismo, nos hacían multiplicar y dividir cifras enormes, de muchos dígitos, al punto que gran parte del ejercicio consistía en aplicar métodos mnemotécnicos que permitieran recordar los “restos” y los resultados parciales. El drama era que, en los ejercicios hechos en clase, uno podía pasarse horas haciendo las enormes cuentas, que daban como resultado cifras inimaginables, y, al momento de entregar el trabajo, no podía saber si alguna pequeña distracción o error de cálculo no habría hecho que todo el resultado fuera equivocado.

Para conjurar un poco ese peligro, se nos enseñaba a aplicar “la prueba del nueve”, un procedimiento sencillo, que requería sumar los dígitos de cada cifra y permitía verificar, casi mágicamente, con razonable probabilidad de acierto, si el resultado era correcto o equivocado.

Uno podía ignorar meticulosamente los fundamentos matemáticos de la prueba del nueve, así como dónde estaba el error que ésta indicaba, pero, cuando la prueba daba bien (es decir indicaba que el resultado era correcto), uno respiraba aliviado y sentía que, después de todo, tal vez el Universo realmente estuviera escrito en lenguaje matemático.

Cincuenta años después de aquellas desventuras, Tabaré Vázquez designó Ministra de Educación y Cultura a María Julia Muñoz.

Dados ciertos rasgos de personalidad y la trayectoria de la Dra. Muñoz, que fue ministra de Salud Pública cuando la reforma del sistema de salud, uno puede sospechar que la idea presidencial no es precisamente que el Ministerio de Educación y Cultura flote plácidamente en el río revuelto de nuestro sistema de enseñanza. Pero, además, otros indicios confirman esa sospecha.

El primero fue la designación del sociólogo Fernando Filgueira como subsecretario del mismo Ministerio. Filgueira, que desde hace tiempo ha sido asesor de Vázquez en materia educativa, ha postulado la complementación o integración entre el sistema privado y el sistema público de enseñanza.

Coincidentemente, a fines del año pasado, antes de las elecciones, Tabaré Vázquez anunció la creación de un sistema de becas, o de “vouchers”, por el que se transferirían recursos y alumnos del sistema público al sistema privado de enseñanza. Las similitudes entre esa idea y el espíritu de la reforma del sistema de salud son evidentes. Aunque, claro, las consecuencias sociales y culturales de transferir recursos y pacientes a las mutualistas no son las mismas que las de transferir recursos y alumnos a los colegios y universidades privadas.

Para completar la sensación de que las cosas vienen revueltas, los sindicatos docentes ya han acusado al Poder Ejecutivo de pretender interferir con la autonomía del sistema de enseñanza.

Si a ello le sumamos la campaña gremial por elevar la partida presupuestal asignada a la enseñanza, todo indica que el área educativa será escenario no de una sino de varias batallas en los próximos cinco años.

Sobre la enseñanza se habla y se discute muchísimo, pero hay sólo dos verdades indiscutibles, en las que todos parecemos estar de acuerdo.

La primera es que el sistema no está cumpliendo adecuadamente sus cometidos sociales. No funciona bien como transmisor de conocimientos, no produce los efectos integradores esperados, no despierta el interés de los chiquilines, no capacita especialmente para el trabajo, no genera individuos respetuosos de los derechos ajenos  y no logra formar ciudadanos comprometidos con los asuntos públicos.

La segunda verdad es que, en materia educativa, hay tantas teorías, propuestas y modelos a imitar como técnicos en educación hay en el país, a lo que se suman los discursos, a veces demagógicos y otras veces sesgados por el autointerés, de los partidos políticos, los sindicatos, las instituciones religiosas y las instituciones educativas.

A menudo, en ese embrollo de discursos, propuestas y modelos contradictorios, me siento como en mis remotos años escolares, cuando me perdía en la inmensidad de la cuenta y ya no sabía si multiplicaba repollos o porcentajes de interés y no recordaba cuánto “me llevaba” ni cuánto le había “pedido prestado” a la columna de las centenas.

Tengo para mí que el verdadero debate sobre la enseñanza está obstruido por la indefinición sobre el tipo de país que queremos y, por ende, sobre el tipo de personas y de ciudadanos que queremos formar. Algo que, por cierto, no pueden definir los docentes ni los técnicos en educación.

Sin embargo, ni la complejidad del asunto ni la necesidad de definir previamente qué tipo de país y qué tipo de personas queremos formar, significan que nada pueda hacerse en materia de enseñanza.

Hay dos cosas elementales, con las que nadie en su sano juicio y en actitud constructiva puede discrepar. Una, básica, es que, cualquiera sea el modelo educativo en el que se crea, resulta indispensable que los alumnos asistan a los centros de estudio. La otra es que en los centros de estudio deben estar presentes y activos los docentes.

Hay un fenómeno histórico que conspira contra la presencia de los docentes y contra la relación de éstos con los alumnos. Es, en secundaria, el régimen de elección de horas, por el que cada año cambia caprichosamente de lugar de trabajo un número importante de docentes, haciendo que numerosas horas docentes queden vacantes, muchos docentes jóvenes queden con pocas horas o sin trabajo y, sin embargo, los alumnos carezcan de docentes durante gran parte del año.

No existe un solo argumento pedagógico o administrativo que haga razonable esa absurda rotación de los docentes más antiguos o con más puntaje según sus preferencias o caprichos anuales. ¿Alguien más puede elegir cada año en qué lugar trabajará? No, obviamente no. Porque el buen funcionamiento de cualquier actividad requiere la estabilidad y el mutuo conocimiento de quienes la desempeñan.

El motivo de que ese régimen subsista, determinando la falta de docentes para muchos alumnos y la inseguridad laboral de los docentes más jóvenes, es un minúsculo privilegio de los docentes más antiguos: el de elegir cada año el centro de enseñanza en el que trabajarán. Un privilegio absurdo, que trae para toda la sociedad malas consecuencias, desproporcionadas incluso con el beneficio que reporta a quienes lo usufructúan.

A veces siento que el problema educativo más inmediato se pierde en disquisiciones teóricas, reclamos presupuestales y quejas sobre la situación edilicia de las escuelas y liceos.  Algo así como si, en un bote que tiene un enorme boquete por el que entra agua, nos pusiéramos a discutir sobre las rutas de navegación de ultramar o sobre el color con el que debe ser pintada la cubierta.

Oiremos discutir mucho, creo, sobre enseñanza en los próximos meses y años. Se dirán las cosas más contradictorias, habrá acusaciones, denuncias, reclamos, se invocarán teorías, proyectos, y se pondrán como ejemplo los modelos de Finlandia, Transilvania y Disneylandia. En definitiva, todos nos marearemos un poco y todo seguirá mayormente como está, si no es que se terminan transfiriendo recursos al minoritario y elitista sistema privado.

Como en aquellas viejas cuentas escolares, hay una “prueba del nueve” para saber quién habla en serio en este tema. Tratándose de autoridades, de expertos o de gremios de la enseñanza, yo, como ciudadano, sólo creeré en la posibilidad de buena fe y buena voluntad de quienes, para empezar,  hagan lo suyo para eliminar el absurdo régimen de elección de horas de la enseñanza secundaria pública. No para mejorarlo, sino para eliminarlo. Porque la presencia estable de los docentes y su relación continuada con los alumnos es indispensable para poder pensar siquiera en algo más ambicioso.

Si esa modesta prueba no “cierra”, sabré que no puedo esperar buenos resultados de quien me hable.   

     

 

 

 

 

   


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