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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Las pérdidas

publicado a la‎(s)‎ 10 jun. 2015 14:20 por Semanario Voces

Este año 2015 empezó

 terrible. En muy poquito tiempo murieron (estuve a punto de escribir “nos dejaron”, pero es más exacto “murieron”) Eduardo Galeano, Carlos Maggi, Ruben Yañez y Jorge Galemire.

No soy el más indicado para evaluar sus trayectorias artísticas e intelectuales. De hecho, casi nadie lo es. Porque los nombrados se interesaron y comprometieron en universos tan vastos y diversos, la literatura, la música, el teatro, la economía, el fútbol, la política, la historia, incluso algunos de ellos los abarcaron a todos esos universos, que es muy difícil evaluar conjuntamente sus obras y sus experiencias vitales.

Eso me coloca en la posición ideal para decir lo que quiero decir: la del uruguayo promedio, que sabe o intuye que el país perdió signos importantes de su identidad, aunque no siempre pueda aquilatar en su totalidad la importancia de lo perdido.

Toda muerte es sobrecogedora. Nos recuerda nuestra propia fragilidad, pero, además, cuando quien muere es colectivamente significativo, nos recuerda que el mundo que nos rodea y nos da sentido, el de nuestras creencias y afectos, es también precario y fugaz.

En ese sentido, las muertes de Galeano, Maggi, Yañez y Galemire nos extrañan, nos hacen sentir extrañeza. Para mi generación, más cercana en edad a Galemire (que tanta influencia tuvo, sin embargo, en obras que identifican nuestra sensibilidad musical), las presencias de Galeano, Maggi y Yañez eran institucionales. De alguna manera, uno sentía que siempre habían estado y siempre estarían, ayudándonos a ser quienes somos. Por eso, cuesta pensar que, ante nuevos sucesos de importancia cultural o social, no estarán sus opiniones, sus ópticas, sus escritos y sus declaraciones. Para compartirlas o para discrepar con ellas. Definiéndonos y ayudándonos a definirnos como lo que somos.

Nos toca ahora seguir viviendo con eso. Con lo que fueron, con lo que dejaron, y con el hecho de que ya no están. No es la primera vez que nos pasa, individual y colectivamente (en lo personal, todos los inicios de junio me lo recuerdan).

Me gusta pensar que la cultura, la identidad colectiva, es eso: un diálogo entre vivos y muertos, entre los que estamos y los que ya no están. Un diálogo que, paradojalmente, tiene por tema, e incluye también, a los que todavía no nacieron.

Ese diálogo entraña dos riesgos, que provienen y dependen, sobre todo, de la actitud con que lo emprendamos los que seguimos vivos.

El primer riesgo es el de la frivolidad. El de asumir las muertes significativas exclusivamente como una saludable renovación, como un desprenderse de lo viejo, de lo que “ya fue”, para dejar paso a lo “nuevo”, “actual”, “moderno”, “vital”.

Gabriel García Márquez (otro que ya no está) escribió alguna vez que “uno no es de ninguna parte hasta que no tiene un muerto bajo la tierra”. Y es cierto. Los muertos bajo la tierra nos anclan, en cierto sentido nos fijan, pero también nos dan raíces, profundidad, una mirada más larga. En ese mismo sentido, morir es el último servicio que se le puede prestar a la sociedad en la que se ha vivido. Imagino que morir con humildad, sabiendo y aceptando que el tiempo cubrirá con una pátina amarillenta la mayor parte de los propios logros, aspiraciones y pasiones, aunque necesaria, debe de ser una de las tareas más difíciles.

La frivolidad siente por el pasado lo que sentimos por el cotillón de una fiesta que ya terminó. Cree que sólo cabe barrerlo, tirarlo a la basura y olvidarlo. Ignora que el pasado es el humus histórico sobre el que inevitablemente está parada. Esa ignorancia le permite redescubrir la rueda y la pólvora cada poco tiempo, y, en ocasiones, también ignorar que existen la rueda y la pólvora.          

El otro riesgo ante el pasado es el del mármol. Esa actitud que pretende detener el tiempo, fijarlo en algún momento percibido como sublime. Esa actitud, lindera con la devoción y el fanatismo, cree que la continuidad de la vida sólo será un reflejo degradado del pasado, de tiempos dorados e irrepetibles.

A menudo, en ciertos museos, ante ciertos monumentos, al ver alguna placa oxidada, o en alguna calle que lleva el nombre de un héroe olvidado, percibo lo trágico de esa actitud. Porque la peor forma de conservar el pasado es hacerlo mármol, museo, monumento. La única forma de conservarlo es reinsertarlo en la corriente de la vida, seguir discutiendo con él. Paradójicamente, faltarle el respeto es la mejor forma de respetarlo.

Algunas de las cosas que escribió Galeano me conmovieron. Otras me parecieron sensibleras y hasta demagógicas. Por distintas razones, tuve muchas discrepancias ideológicas con Maggi y con Yañez, y no conozco la totalidad de sus obras literarias y teatrales. Aunque es responsable o corresponsable de música maravillosa, parte de la carrera artística de Galemire no me convenció en absoluto. Decir esas cosas es respetarlos. Evitarles el mármol y mantenerlos vivos en el debate del presente y del futuro.

Entre esas dos actitudes nos debatimos los uruguayos: idealizar y cubrir de mármol a un pasado supuestamente dorado, u olvidarlo y terminar ignorándolo.

En tres temas (en realidad hay muchos más) estas actitudes se ponen notoriamente de manifiesto: la escuela pública vareliana, la generación del 45, y la final de Maracaná.

Durante décadas, la escuela pública, la generación del 45 y Maracaná fueron unánimemente idealizadas. Eran marcas de identidad de la sociedad uruguaya. Tanto se las idealizó, que terminaron generando distancia, ajenidad y rechazo. Entonces, sobre todo en ámbitos pretendidamente intelectuales, sobrevino la actitud frívola, esa que considera “cool” burlarse, con gesto socarrón y aire superado, de cosas que, para bien o para mal, nos hicieron ser lo que somos.

La cultura uruguaya está indeleblemente marcada por la escuela pública, la generación del 45 y la gesta de Maracaná, como lo está también por –entre muchas otras- las obras y las vidas de Eduardo Galeano, Carlos Maggi, Ruben Yañez y Jorge Galemire.

Nos guste o no nos guste, esos hechos, personas e instituciones nos determinan. Continúan presentes en nuestras vidas y en nuestras cabezas.

Ante ello, podemos hacer tres cosas.

La primera es honrarlos y homenajearlos desde afuera, sin entrar en ellos, hasta que terminen siendo respetables extraños para nosotros y perfectos desconocidos para nuestros hijos.

La segunda es “cancherearlos”, darlos por superados, volver nuestra atención hacia la próxima figurita célebre o moda intelectual que se ponga al alcance de nuestro consumo, sintiéndonos a la vez “remodernos”, “reactuales” y “revivos”.

Felizmente hay una tercera posibilidad: tomarlos en cuenta, faltarles el respeto, discutir con ellos, descartar con afecto aquello en que los creemos superados y sorprendernos con aquello en que siguen vigentes, con aquello de lo que se ocuparon y que sigue preocupándonos.

Porque mantener viva a una tradición no es reiterar sus ritos. Es rediscutir su historia hasta descubrir las claves, la actitud, el “jeito” que la hizo significativa para la sociedad. No se trata de seguir escribiendo (tan maravillosamente) como Idea Vilariño, ni de reverenciar la túnica blanca y la moña azul, ni de cruzar la cancha con la pelota abajo del brazo como Obdulio Varela. Se trata de redescubrir los motivos de fondo por los que esos actos y símbolos lograron expresarnos y conmovernos. No para reiterarlos, sino para tenerlos en cuenta a la hora de crear los nuevos actos y los nuevos símbolos que nos sean necesarios.  

Porque somos eso. Somos la escuela pública, la generación del 45 y Maracaná, somos el artiguismo, el batllismo, el nacionalismo blanco, el anarquismo, el marxismo, el catolicismo y el ateísmo, somos el fútbol, la doma, el tango, la playa, la cumbia y el mate, somos Varela, Vaz Ferreira y muchos otros pensadores que no son uruguayos, somos también, aunque no lo sepamos, obra de muchos otros ideólogos, docentes, científicos, deportistas, sindicalistas, luchadores y artistas cuyos nombres hemos olvidado.  Ahora somos también Galeano, Maggi, Yañez y Galemire. Mejor dicho: seremos lo que hagamos con lo que esas personas y tradiciones nos dejaron.


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