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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou; Los dos Fidel Castro

publicado a la‎(s)‎ 30 nov. 2016 14:29 por Semanario Voces

Nada más inútil que usar estas líneas para decir que Fidel Castro fue un intelecto privilegiado, un revolucionario que enfrentó al imperialismo estadounidense sobreviviendo a más de seiscientos atentados contra su vida, y que su régimen les proporcionó alimento, atención médica y educación (de los que siempre habían carecido) a millones de cubanos durante varias generaciones.

Nada más inútil que usar estas líneas para decir que Fidel Castro fue un dictador, un hombre autoritario y obsesionado con el poder,  

un hábil demagogo, un manipulador, que ordenó o causó la muerte de mucha gente y que su régimen privó de libertades, en diversas formas y grados, a millones de cubanos.

 

Esas dos caricaturas, la del heroico revolucionario latinoamericano y la del sanguinario dictador caribeño, son falsas. Paradójicamente, son falsas porque las dos son ciertas, en el sentido de que describen hechos ciertos. Su falsedad deviene de que, consideradas como excluyentes una de la otra, son miradas parciales, tuertas, sobre el fenómeno político, sobre sus circunstancias históricas y también sobre el personaje que Fidel Castro Ruz (el ser humano que nació bajo ese nombre)  construyó, representó y habitó a lo largo de su vida. En cambio, juntas, quizá se aproximen bastante a una descripción de la siempre contradictoria y dialéctica realidad.

Muy poco antes de morir, Leonard Cohen observó que darle el Nobel de literatura a Bob Dylan era como premiar al Everest por ser la montaña más alta. La metáfora es brillante: son tales las dimensiones de Dylan, que premiarlo resulta una obviedad, casi una redundancia de la Academia Sueca.  Además, parece insinuar Cohen, Dylan podría (¿debería?) ser tan indiferente al halago como lo sería una montaña ante un premio dado por su altura.

Tiene razón Cohen.  Decir que una montaña, el océano o un huracán son buenos o malos, morales o inmorales, justos o injustos es absurdo. Los fenómenos naturales pueden causar dolor y muerte o darnos goce ilimitado, pero permanecen siempre ajenos a las categorías morales con que pretendamos juzgarlos.

En cierta forma, la acumulación de tiempo que llamamos “historia” produce el mismo efecto.  Nadie escribe para decir que Julio César, Atila, Cleopatra, Alejandro de Macedonia, o Carlomagno,  fueron buenos o malos, justos o injustos, morales o inmorales. Todos causaron muertes y todos transformaron la realidad de su tiempo y lugar. Han pasado siglos y seguimos recordándolos. ¿Por qué? No por su bondad o por sus crímenes,  que han sido olvidados o purgados por el tiempo. Los recordamos porque enfrentaron circunstancias singulares de sus respectivos tiempos y ensayaron respuestas audaces y grandiosas, que torcieron o intentaron torcer el futuro. El ingreso a la historia –a la memoria colectiva- es un largo proceso por el que los aciertos y los errores, los méritos y los crímenes del protagonista, muy vívidos para sus contemporáneos, van perdiendo relevancia ante las circunstancias que enfrentó y las dimensiones de las respuestas que intentó.  De alguna forma, mientras es discutido por el contenido y no por las dimensiones de sus actos, el protagonista permanece vivo.

La muerte de Fidel Castro lo coloca en ese limbo previo de la historia, mientras quienes lo sobrevivimos y los que nacerán en el futuro decidimos cómo lo recordaremos.

Los dos Fidel Castro, las dos caricaturas maniqueas que de él circulan, son simplemente la prueba de que su muerte recién empieza y no se ha consolidado. Para muchos cubanos, que desde la revolución se libraron del hambre y de la enfermedad, seguirá siendo un padre benefactor. Para otros, que sufrieron cárcel, persecución, o la muerte de seres queridos, seguirá siendo un sátrapa sanguinario. En los EEUU seguirá siendo mayoritariamente odiado. En Europa, en Africa, en Asia y en Latinoamérica seguirá idolatrado por algunos y despreciado por otros. Unos y otros lo  mantienen vivo.

Sin embargo, más allá de los odios y amores que generó, se acerca inevitablemente el momento en que habrá que dejar de juzgarlo y empezar a estudiarlo, a pensar en él como el protagonista de una etapa histórica y no como un líder o villano del presente. Me pregunto cómo lo recordaremos, o cómo será recordado, en un futuro no tan lejano.

En estos días, dada la proliferación de fotos y filmaciones sobre su vida que han invadido los medios, me dediqué a ver esos documentos  con otros ojos. Lo vi, por ejemplo, siendo un muchacho de treinta y pocos años, lider de una revolución recién triunfante, capitán de una cáscara de nuez del Caribe, sin petróleo, ni industria, ni dinero, jugando en primera división, negociando con acorazados como Mao Tse Tung o Nikita Krushev, o los distintos presidentes de EEUU. Me dediqué a mirarle la cara y los ojos. Sobre todo cuando era fotografiado o filmado sin que se diera cuenta, mientras escuchaba a otros y no estaba haciendo uso de la palabra. Hagan la prueba. Lo que vi fue una mirada y una expresión de gran inteligencia, pero también soberbia, absoluta decisión y un algo que le aparece en los ojos, algo que describiría cómo la íntima y “sobradora” voluntad de joder a todos y de sobrevivir a todos, algo muy parecido al cinismo. No es la misma expresión de cuando hablaba en público o sabía que era filmado. Y no me habría gustado tener que discrepar con él o que enfrentarlo después de ver esa mirada. Quizá me equivoque, pero insisto: hagan la prueba. Si tengo razón, supongo que así fue como logró sobrevivir física y políticamente durante casi sesenta años.

Si uno busca virtudes morales puras, no debería buscar entre los hombres o mujeres con poder. El poder tiene su propia lógica y a menudo pretende tener también su propia ética. Max Weber distinguió dos dimensiones de la ética: la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad o de las consecuencias. En la primera, se juzga la conducta por su ajuste o desajuste con ciertos principios (ej: no se debe mentir, luego, toda mentira es inadmisible). En la segunda, se juzga la conducta de acuerdo a los resultados (ej: no se debe mentir, pero si decir la verdad traería como consecuencia la muerte de personas, la mentira se convierte en una conducta moralmente admisible). Por supuesto, los hombres y las mujeres con poder, en especial con poder político, suelen afiliarse a la ética de las consecuencias. Pretenden ser juzgados por las consecuencias de sus actos y no por los actos que ejecutan. Desde luego, los que ejercen poder suelen ser muy optimistas y elogiosos acerca de las consecuencias de los actos que realizan. A menudo demasiado.

Fidel Castro –como casi todos los hombres y mujeres que perduran en el poder- sólo podría ser juzgado favorablemente, si es que puede serlo, desde la ética de la responsabilidad y las consecuencias. La época y el lugar en que le tocó vivir no habrían admitido purismos principistas en los métodos. Eso no lo justifica ni lo culpabiliza. Sólo lo explica. Ni él ni nadie habría podido vivir en ese mundo y en su situación con otras reglas. Si las consecuencias de sus actos lo absuelven  es algo que, como él mismo dijo, sólo la historia podrá decidir. Tal vez por ahora sólo podamos tratar de conocer y de entender el tiempo y lugar que le tocó vivir.

Llego al final y sé que no puedo emitir ningún juicio. ¿Quién soy yo para juzgar algo tan complejo? Y sobre todo, ¿qué importancia tendría mi juicio ante hechos históricos que, además, recién están terminando de producirse?

Lo que me gustaría hacer es recordar los dilemas que el propio Fidel Castro –y su generación de militantes y revolucionarios- se plantearon al iniciar su vida pública. El asunto que sirvió de disparador de toda su vida pública fue la denuncia de un doble sistema de injusticia: por un lado, la desigual distribución de la riqueza en un sistema  que conocemos como “capitalismo”; por otro, el dominio económico y político ejercido por ciertos países sobre las regiones económicamente menos favorecidas por el sistema (lo que Castro llamó siempre “imperialismo” y asoció con EEUU).

Las respuestas que intentó ante esos fenómenos fracasaron. Cuba misma, desde antes de la muerte de Fidel, está abriendo su economía a los capitales de todo el mundo, resignando largas décadas de estatismo y rechazo a la propiedad privada. Por añadidura, el sistema político instalado para asegurar el “socialismo cubano” no es la clase de sistema en que a la mayor parte de quienes valoramos la libertad nos gustaría vivir.

Hay algo clarísimo: la respuesta que dio Fidel a los dilemas que centraron su vida y su tiempo no funcionó y no es hoy repetible ni deseable.

Pero, como suele ocurrir con muchas figuras históricas, los problemas que denunció y pretendió superar siguen presentes. La injusta distribución de la riqueza y el desigual ejercicio del poder siguen presentes en el mundo. Tal vez con otros nombres y con otra (o ninguna) ubicación territorial. Las respuestas, por tanto, fallaron. Pero las preguntas siguen planteadas.

¿Plantarse de frente ante problemas e interrogantes enormes es suficiente para lograr una dimensión histórica memorable?

Si la respuesta es sí, Fidel Castro estará en la historia. No por bueno ni por exitoso, sino por la dimensión colosal de la tarea que se propuso.

Otra cosa es clara: si este mundo algún día va a ser menos injusto, autoritario y desigual, habrá que pensar nuevamente y en otra dirección. Y eso, obviamente, es otra historia.         

 

 

  


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