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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Macron o el diario del lunes

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2017 12:19 por Semanario Voces

Deslumbrados por su aspecto de chico prodigio, su meteórica carrera en el mundo financiero y en la política, seducidos por su peculiar matrimonio, todos hemos prestado poca atención a algunas interrogantes que genera Emmanuel Macron.

La principal es cómo fue posible que, en tan poco tiempo (fundó su partido hace un año y dejó de ser ministro de Hollande siete meses antes de la elección), un individuo sin organización ni trayectoria políticas propias y sin ninguna experiencia electoral se convirtiera en presidente de Francia.

¿Cuánto tiempo, dinero y esfuerzo requiere organizar un partido político? ¿Cuánto cuesta crear el entramado de ideología, financiación, alianzas, cuadros, militancia y organización interna necesarios? Aun reuniendo todo eso, ¿cuánto tiempo e impactos publicitarios se requieren para hacerlo conocer y para ganarse la confianza popular?

La versión pública es que Macron logró organizar su partido, perfilarse como candidato  y difundir su propuesta en menos de un año. Pero algunos nos permitimos dudar de que la cosa haya sido tan fantásticamente simple.

Los ejes de la política han cambiado mucho. La tradicional lucha entre derecha e izquierda, o entre el “partido del status quo” y el “partido del cambio”, es cada vez menos clara. De hecho, cada vez es más difícil saber qué significa ser “de izquierda” o “de derecha” y de qué hablamos cuando hablamos de “cambio”.

¿Promover la libertad económica, desregular la economía, rebajar impuestos, acatar a los organismos internacionales, recelar de los inmigrantes, conceder terreno y  capacidad de decisión al capital financiero, fortalecer la industria militar (en el caso de los países que pueden), privilegiar la educación de las élites, impulsar el consumo y apostar a la inversión privada son políticas de derecha? ¿Incentivar la intervención estatal en la economía, desconfiar de los organismos internacionales, creer en la existencia de clases sociales, aumentar los impuestos al capital, proteger los salarios, universalizar la educación, promover la libertad de costumbres,  defender tradiciones culturales exóticas y favorecer el interés de los inmigrantes y de estamentos raciales o sexuales desfavorecidos son políticas de izquierda?

A vuelo de pájaro, uno podría decir que sí, o, al menos, que las primeras son las propuestas usuales de los partidos y candidatos considerados “de derecha”, y las segundas las de los partidos y candidatos considerados “de izquierda”.

Sin embargo, la realidad parece complacerse en romper esos esquemas. En las últimas décadas, con el auge de la globalización económica y la transnacionalización de los capitales, en casi todo el mundo occidental hemos visto el surgimiento de un discurso y de unas prácticas políticas sorprendentes. Un discurso y unas prácticas que, sin importar que el gobierno de turno sea de derecha o de izquierda, unen nociones estructurales típicas del capitalismo global con discursos y toques estéticos que apelan a la sensibilidad social.

Así, sin importar quién gobierne, la economía se bancariza y se desregula, los recursos naturales se explotan hasta la extenuación, se alivian los impuestos que gravan al capital y se aumentan los que paga el trabajo, se somete a los Estados a las “recomendaciones” y a los tribunales de los organismos internacionales, se codician las “buenas notas” de las calificadoras de riesgo, se espera la inversión privada (de ser posible extranjera) como maná del cielo, se estimula el consumo y el endeudamiento y se adoptan recetas educativas vistosas pero de resultados pobrísimos. Al mismo tiempo, se destinan sumas importantes a políticas sociales asistencialistas, florecen las ONGs privadas que las llevan a cabo, se aplican políticas en teoría “inclusivas” y no “discriminadoras” y se adopta oficialmente el lenguaje eufemístico de la corrección política, que no modifica la realidad pero la hace sonar mucho más linda.

Ese discurso y esas prácticas, ¿son de derecha o de izquierda?

La pregunta ya casi no puede responderse. Quizá porque lo que en nuestras mentes identificamos como “derecha” e “izquierda” fue pensado para otra realidad. Una realidad de naciones autónomas e intereses y conflictos territorialmente localizados. Hoy, los intereses económicos que determinan al mundo sobrevuelan los territorios nacionales, al punto que cuesta saber cuándo una política concreta es propuesta del gobierno de turno o de la usina de ideas de alguna empresa transnacional (el caso de la marihuana en el Uruguay es paradigmático, como lo fue poco antes el de la bancarización y mucho antes el del estímulo a la forestación).

Ese discurso único y esas políticas únicas, esa suerte de “sancocho ideológico” que aplican tanto los gobiernos que se dicen de derecha como los que se dicen de izquierda, ¿es en verdad de izquierda o de derecha?

Casi no parece importante responder la pregunta. Es el discurso y las políticas que le sirven, las que recomienda y –si es necesario- impone el sistema global. Por las buenas o por las malas. Mediante la convicción, la publicidad, el lujo de las asesorías, la seducción académica, la corrupción política, las amenazas de aislamiento, y eventualmente, si hace falta, los golpes de Estado o las guerras.

¿Qué papel juega Macron en ese panorama? ¿Era la alternativa para los votantes de izquierda? ¿Marine Le Pen está más a su derecha?

Cada tanto, al “sancocho ideológico” global le brotan hongos. La elección de Trump en los EEUU, antes el Brexit inglés, un poco antes el plebiscito griego y su frustrada rebeldía, y bastante antes el rechazo a la constitución europea, demuestran que ese discurso único global despierta rebeldías. Trabajadores desocupados, personas endeudadas, nacionalistas convencidos, izquierdistas radicales, intelectuales críticos, devotos religiosos y personas tradicionalistas son parte del variopinto universo que muestra cansancio ante la dependencia de instituciones lejanas, ante políticas sociales que los olvidan en tanto privilegian a minorías raciales o sexuales, ante la impotencia que les hace sentir el sistema bancario, ante la prepotencia cultural de la corrección política y la soberbia de las élites políticas locales que actúan como agentes del sistema global.

Macron proviene del sistema financiero, de la firma Rothschild, más precisamente. Y eso dice mucho. Además, como asesor y ministro, fue considerado reaccionario por el ya bastante conservador y deteriorado partido socialista francés, que lo tenía por representante del mundo empresarial. Por otra parte, su propuesta electoral llama la atención: reducción de impuestos, disminución de empleos públicos, creación de nuevos puestos de policía y de una guardia europea para tratar el problema inmigratorio y enseñanza religiosa en las escuelas. Al mismo tiempo, apoyo a la mujer que aborta y otros toques de corrección política epitelial.

¿Podía ser Macron la alternativa progresista que salvara a Francia de la derechista Le Pen?

Sin embargo, así fue presentado. Y debimos oír a ilustres “progresistas” franceses y de otros sitios (como Obama) decir que Macron poco menos representaba la única esperanza de la civilización en Francia.

Es posible que los autores del “sancocho ideológico” único hayan aprendido varias cosas con el Brexit y con la elección de Trump. Para empezar, que, sin importar cuán incoherente sea el programa, para ganar es necesario prometer empleos y rebaja de impuestos, tolerancia hacia los inmigrantes y guardias que los contengan, soberanía nacional e integración a Europa, religión en las escuelas y apoyo al aborto.

La candidatura de Macron tiene mucho menos de aventura audaz de lo que se nos quiere hacer creer. No se logra lo que él logró sin un firmísimo respaldo de quienes tienen el dinero y los medios de comunicación para hacerlo posible. En otras palabras, el sistema ha perfeccionado su capacidad de producir candidatos precocidos y condimentados, con telenovela matrimonial incluida.

Resta saber qué papel juegan personalidades como Le Pen o el mismo Trump en estos conflictos electorales que se presentan como dilema entre “civilización y barbarie”. ¿Son candidatos anti sistema o son parte del escenario necesario para que el sistema se legitime electoralmente? ¿El rechazo de parte del poder económico hacia Trump expresa un temor real o encubre una negociación o presiones que terminarán dejando todo como estaba?

La continuidad de ciertas políticas militares, que sorpresivamente adoptó Trump en Siria, y sus primeras medidas en materia de impuestos podrían indicar lo segundo

Un nuevo actor incide en las decisiones electorales de todo el mundo. El sistema económico transnacional, en especial el financiero, con su parafernalia de respaldo económico, publicidad, prensa, organismos y expertos internacionales, puede y suele demonizar o santificar candidatos y presidentes, según le convenga.

Las elecciones francesas son, de alguna manera, el diario del lunes para nosotros. Pese a nuestra modestia, probablemente el sistema global tendrá también candidato o candidatos en las futuras elecciones.

No cuesta mucho imaginar a quién elegirá para proseguir con el discurso único y las políticas únicas. La interrogante es si elegirá también a algún representante de la barbarie para hacer más apasionante el asunto. Para ese papel, hay al menos un candidato cantado.  


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