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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Más allá de Dilma

publicado a la‎(s)‎ 18 may. 2016 14:34 por Semanario Voces   [ actualizado el 18 may. 2016 14:34 ]

¿Qué significa el “impeachment” en Brasil?

No me interesa discutir si es un golpe de Estado o un procedimiento constitucional. Sólo un ingenuo creería que la destitución de Dilma Rousseff se basa en un asunto jurídico. O que podría ser evitada con argumentos jurídicos. Es más, ya ni siquiera es relevante lo que resulte del juicio político pendiente en el senado. La legitimidad y la credibilidad del gobierno de  Dilma están hechas trizas y en eso no hay vuelta atrás.       

Durante la votación en diputados, más del 60% de la población apoyaba el juicio político y sólo un 10% apoyaba al gobierno. Quizá por eso no hubo conmoción pública, ni movilizaciones masivas, ni siquiera un paro general nacional en defensa del gobierno.

 La caída de Dilma, entonces, no la determinaron Témer, ni Cunha, ni los legisladores evangélicos, ni la poderosa y corrupta oligarquía brasileña. La determinó la indiferencia de muchos millones de brasileños, la mayoría de ellos pobres.

¿Cómo se llegó a esa situación?

Claro que no fue por el maquillaje de los balances. Pero está la corrupción, los sobornos, el “lava jato”, la desviación de fondos, las coimas, el escándalo de Petrobrás. ¿Qué importa que Dilma no se embolsara dinero? Era la Presidente y lo dejó ocurrir, permitió que los apoyos parlamentarios y la campaña del PT se pagaran con plata mal habida. Eso, en parte, explica el desgaste ante el pueblo, la pérdida de credibilidad, la indiferencia con que tantos millones de brasileños la vieron caer. Pero lo explica sólo en parte.

Está también –esto se ha dicho muchas veces- la política macroeconómica. La apuesta típica al capital financiero, a la inversión extranjera, a la extracción abusiva de recursos naturales, un programa funcional a las corporaciones transnacionales que dominan al mundo. En su periplo por el gobierno, el PT terminó soltando la mano de los “sin tierra” y de los sindicatos para estrechar la de gente como Témer y Cunha, o -peor aun- la de quienes controlan a Témer y a Cunha. Por eso no es de extrañarse que ahora haya extendido las dos manos sin encontrar a nadie.

Pero, ¿alcanzan la corrupción y las políticas neoliberales para explicar lo ocurrido? O, mejor dicho, ¿por qué tanto neoliberalismo y corrupción en gobiernos que se proclamaban “populares”?

Demás está decir que la caída del gobierno del PT, la derrota kirchnerista en Argentina, la pendiente autoritaria por la que se desliza Maduro en Venezuela  y los devaneos de Cuba con Obama, implican un golpe moral e ideológico para las izquierdas latinoamericanas. Y no hablo sólo de frustración y desaliento políticos. Para muchos militantes, la debacle de los gobiernos de izquierda, más que un fracaso político, es una frustración vital profundamente dolorosa.

Una parte de esas izquierdas, la tradicionalmente autodenominada “revolucionaria”, suele explicar esos fenómenos con  la hipótesis de la “traición”. La idea es que los pueblos son siempre intrínsecamente nobles, honestos y revolucionarios, y son las dirigencias políticas “reformistas” las que, por debilidad ideológica o por venalidad, pactan con el enemigo de clase y traicionan a “las masas” y a “La Revolución”.

¿Puede explicarse la crisis de las izquierdas americanas por la supuesta traición de los dirigentes devenidos gobernantes?

Probablemente sea una explicación demasiado lineal y voluntarista. Raramente los hechos históricos son determinados por una persona o por un pequeño grupo de personas. En cierta forma, sobre todo si se trata de regímenes democráticos, lo que ocurre arriba es reflejo de lo que ocurre abajo. O sea, lo que ocurre no puede explicarse solamente por la acción de cúpulas corruptas o “ideológicamente desviadas”. Para empezar, porque esas cúpulas no llegarían “arriba” si de alguna manera no sintonizaran con quienes están “abajo”.

¿Y si la cultura “de izquierda”, ese conglomerado de ideas, tradiciones, organizaciones sociales y partidos políticos que pretende expresar los intereses populares, no estuviera interpretando bien la realidad? ¿Y si incluso la dicotomía “izquierda – derecha” (entendida como “partidos de izquierda - partidos de derecha”) no diera cuenta cabal hoy de los problemas y los dilemas en juego?

Los intereses no son lo mismo que los gustos. Ciertos gustos pueden convertirnos en víctimas, en esclavos, o destruirnos. Así, quien tiene tierra, o un yacimiento de minerales, puede entregarlos a cambio de una renta que le permita satisfacer sus necesidades y gustos inmediatos. No faltará quien le diga que está haciendo una opción de negocios moderna e inteligente. Pero, ¿qué ocurrirá si la explotación de esos bienes los destruye? Aprender a reconocer los propios intereses (individuales y colectivos), distinguiéndolos de las aspiraciones más inmediatas y también de las creencias alienantes que otros nos proponen, es un proceso largo que tiene mucho de autoeducativo.

Sin embargo, la izquierda, el pensamiento supuestamente “crítico”, afirmando defender intereses populares, sigue prometiendo más bienestar material en un mundo que no resiste más consumo. Cuando nuestros gustos, ideas, sentimientos y creencias  son publicitariamente diseñados para que deseemos lo que el mercado quiere vendernos, se pregona la espontaneidad de los sentidos y de los sentimientos. Cuando el poder lo controlan fuerzas económicas globales, se sigue planteando la política como una lucha contra decaídos partidos conservadores locales. Cuando debemos plantearnos objetivos colectivos, se estimula la reivindicación de derechos particulares. Cuando necesitamos repensar creadoramente el sentido de la vida social, se nos enseñan técnicas para manejarnos pragmáticamente con lo existente.

Algo no anda bien en la “cultura crítica”. Por eso no deberían sorprendernos los fracasos ni las derrotas.


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