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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: NO

publicado a la‎(s)‎ 8 jul. 2015 15:18 por Semanario Voces





Aunque todavía es pronto para saber qué pasará con Grecia, el resultado del referéndum convocado por Alexis Tsipras, y por su partido, Syriza, lo ha cambiado todo

  o casi todo.

Para empezar, cambió los términos en que se manejaba el asunto.

Hasta hace pocos días, sólo se oía el monocorde discurso tecnocrático-financiero, para el que la única alternativa sensata es pagar y aplicar la receta de ajuste exigida por los bancos a través de los gobiernos de la eurozona. El referéndum reinstaló en el tema el lenguaje de la política. Y no cualquier lenguaje político, sino el de la soberanía popular democráticamente manifestada.

En la desigual pulseada entre el poder financiero-estatal de los países más ricos de Europa y el gobierno de un país de segunda categoría, el referéndum instaló a un tercer interlocutor hasta ahora ignorado: el pueblo griego.

Los efectos están a la vista. Grecia no pagó los mil seiscientos millones de euros que debía al FMI a fines de junio, y no pasó nada. Los ultimatums y las advertencias de que eso significaría la exclusión de Grecia de la zona “Euro” y su ingreso a un infierno llameante quedaron al menos postergadas. Ahora son los gobernantes europeos, Merkel y Hollande incluidos, los que se preocupan y le reclaman al gobierno griego una nueva propuesta transaccional.

Un amigo me decía que la situación de Grecia le recuerda a aquel viejo chiste del hombre que le debía al banco una suma enorme y no podía pagar. La noche antes del vencimiento, el hombre no podía dormir. Entonces se levanta, llama por teléfono al gerente del banco y le informa que no pagará. Luego vuelve a la cama y le dice a su mujer: “Ya está, ahora el que no duerme es el gerente”.  

Hay muchas incertidumbres en este asunto. ¿Pueden los gobiernos europeos y el sistema financiero expulsar a Grecia sin que el “efecto contagio” destruya al Euro y a la Unión Europea? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar Tsipras y el Syriza? ¿Terminarán aceptando las exigencias financiero-europeas con algún ligero maquillaje? ¿O están dispuestos, si fuere necesario, a ser excluidos del Euro y de la Unión Europea? ¿Hay futuro para Grecia fuera de Europa y del sistema financiero?

La respuesta a estas preguntas depende de la lectura que se haga del conflicto.

Desde la lógica dominante en el mundo, la lógica del capital financiero, la respuesta es única: Grecia no tiene más alternativa que pagar y aplicar los ajustes económicos que exigen los gobiernos europeos, aunque eso signifique la ruina social para los griegos.

Esa es la visión a la que nos han acostumbrado los gobiernos de derecha y los“progresistas”. Para esa visión, es imposible desafiar el marco que impone el sistema económico global. El deber de los gobiernos es lograr, a cualquier costo, el ingreso de capitales extranjeros que permitan el desarrollo. Y, si es posible, recaudar impuestos (no muchos, si no el capital extranjero huye) para financiar políticas sociales. Fuera de eso, nos espera el infierno, un infierno impreciso que es mejor no conocer. ¿Ese discurso no les suena familiar?

Poco importa que ese “catecismo” dominante muestre anomalías difíciles de explicar. Por ejemplo, acá nomás, la Argentina ha incumplido sus obligaciones financieras más de una  vez en los últimos años. ¿Fue excluida de la sociedad internacional y condenada al infierno eterno? ¿Dejaron de comprarle trigo y soja y carne por eso? No, claro que no. Y Argentina no es el único país que ha desoído al sistema financiero, ha incurrido en “default”, y sigue en el mundo de los vivos.

El gesto de Tsipras y del Syriza tiene enormes significados políticos y simbólicos.

Frente a la lógica financiera, en la que Grecia tenía pocos argumentos, reinstaló la lógica política. Nos recordó a todos que el fundamento último de los sistemas democráticos es la voluntad popular.

Los primeros sorprendidos fueron los líderes políticos europeos. El referéndum griego les recordó que son políticos y no gerentes bancarios, que su futuro y el de sus partidos depende del voto popular y no solamente del beneplácito de los directorios bancarios. ¿Acaso algún gobernante español, o portugués, o incluso italiano, puede dejar de temer que el ejemplo griego cunda y que sus opositores logren apoyo popular desafiando la lógica del sistema financiero?

Basta ver el tono en el que Merkel y Hollande se refieren ahora a Tsypras. De ser un humillado deudor al que se amenazaba, pasó a ser un respetable y hasta temible líder político, con la legitimidad suficiente para poner en problemas al sistema europeo. Muchos gobernantes europeos deben de haber puesto sus barbas en remojo, temiendo que la estrategia de Tsipras sea contagiosa y que sus opositores locales la adopten para desplazarlos.

En suma, de las muchas lecturas que admite el “caso Grecia”, una es verlo como un conflicto entre dos lógicas de poder: la tecnocrático- financiera, y la política, fundada en la voluntad popular. Hacía mucho tiempo que ese conflicto no se planteaba en forma tan clara y explícita.               

Resta ver el panorama que se le presenta a Tsipras, a Syriza y al resto de los griegos.

Como lo ha señalado Stiglitz, las exigencias de ajuste que Europa le plantea a Grecia son incompatibles con cualquier gobierno democrático.  Sólo una dictadura, y a un alto costo represivo, podría imponer esas medidas.

En ese sentido, Tsipras hizo lo único que podía hacer. Como líder de un gobierno popular, sólo podía demandar apoyo popular para negarse a lo que se le exigía, o renunciar e irse para su casa. Aceptar la receta europea habría significado el suicidio político para él y para su partido.

Sin embargo, su discurso no es rupturista. No dice estar dispuesto a irse del Euro o de la Unión Europea. Afirma que quiere negociar en otros términos. Pero, ¿será cierto? ¿Existe un punto en que los márgenes de negociación de Tsipras sean compatibles con los márgenes financieros y políticos de los gobernantes europeos? (la dureza hacia Grecia puede ser popular en Alemania, pero no necesariamente lo es en otros países europeos).

Con el referéndum, Tsipras robusteció su posición pero también delimitó sus márgenes de acción. Logró la confianza de la sociedad griega, al punto que hasta los partidos opositores lo apoyan ante Europa. Como contrapartida, cualquier “aflojada” ya no será un error o una decisión discutible. Será una traición a un mandato popular expreso.

Como político, la situación de Tsipras es difícil y quizá envidiable. Es claro lo que no puede o no debe hacer: ceder ante la presión europea. Hacia el otro lado, en cambio, tiene vía libre. Incluso si expulsan a Grecia de la “zona Euro”, él habrá cumplido un mandato popular directo. Se le podrá juzgar como estratega, pero nadie podrá acusarlo de traición o de ignorar la voluntad del pueblo griego. Al mismo tiempo, la situación lo coloca a las puertas de la historia. Si logra doblegar las exigencias europeas y evitar una crisis social mayor, será un héroe. Si no lo logra y eso trae la ruptura con Europa, será un símbolo de la dignidad griega. Los héroes puros, aun derrotados, tienen larga vida en la memoria de los pueblos.

La sociedad griega parece destinada a pasarlo mal por un tiempo. Si acepta las exigencias europeas, lo pasará mal y perderá la dignidad en el proceso. Si no las acepta y se produce una ruptura, tal vez sufra durante un tiempo, pero quizá descubra que el mito terrorífico impuesto por el pensamiento dominante es sobre todo un mito. El turismo no dejará de ir a las islas griegas ni de visitar el Partenón, los consumidores de productos griegos no dejarán de comprarlos aunque el FMI y Merkel se ofendan. La lógica del capitalismo es así, aunque se nos quiera hacer creer lo contrario. Además, ¿acaso Rusia o China no estarán interesados en meter una cuña en la Unión Europea apoyando comercial y políticamente a Grecia?

Mucho de lo que pase dependerá de la estatura política de Tsipras y de su organización política. ¿Tendrán él y Syriza la estatura suficiente para afrontar una eventual ruptura con la Unión Europea?

El discurso negociador del nuevo ministro de economía no indica mucho. Porque, estratégicamente, la decisión de romper no debe provenir de Grecia. De ser necesario, a Grecia le conviene ser expulsada. Por lo que la tarea de Tsipras y de Syriza consiste en hacer un discurso público negociador y  mantenerse firme en la decisión de no ceder. Que el precio de la ruptura lo paguen los otros.    

La democracia y la tragedia son inventos griegos. Pocos imaginábamos verlas en escena, en el mismo lugar, tantos siglos después.

  

 

 

    


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