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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Novela Turca

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2016 17:38 por Semanario Voces



  La emisión de la telenovela turca “Esposa joven” ha dado lugar a una telenovela paralela, protagonizada, una vez más, por una serie de organizaciones feministas y/o adeptas a la “nueva agenda de derechos”, que se proponen impedir la emisión de la serie porCanal 4.

Al  inusual comunicado firmado por INAU, INMUJERES, UNICEF Y ONU MUJERES, en que se cuestionan expresamente los contenidos del programa y la conveniencia de su emisión, se ha sumado una declaración, promovida por varias organizaciones sociales, que recolectan firmas para lograr que las autoridades de Canal 4 suspendan la emisión.

Yo no vi más que una pequeña parte del primer capítulo de “Esposa joven”. De modo que no sé si, como expresión artística, es buena, mala o regular. Tampoco conozco los contenidos ideológicos  de los que inevitablemente estará cargada (todo acto de comunicación transmite contenidos ideológicos, lo quiera o no).  Y creo que ese desconocimiento me coloca en excelente posición para decir lo que quiero decir. Porque lo central en este asunto es que, desde el punto de vista del derecho a ser emitida, no importa  qué calidad ni qué contenidos ideológicos tenga la serie.

Voy a ser más preciso: si para filmarla se sometiera a menores de edad a situaciones física o psicológicamente inadecuadas, habría un delito y por cierto no debería ser transmitida ni tampoco filmada. Pero ninguna de las objeciones difundidas consiste en  que durante la filmación se hayan vulnerado realmente derechos de niños o niñas. Toda la crítica se basa en que la serie muestra, ficcionalmente, una realidad que transgrede derechos reconocidos por nuestra cultura a los niños. Es decir, las objeciones son ideológicas, se discrepa y se pretende impedir la representación de una realidad que afecta el gusto o la sensibilidad de los objetores.

Se ha dicho también que la exposición en TV de situaciones ficticias de abuso “naturaliza” el abuso y propende a que ese tipo de conductas se produzcan en la realidad. Pero, como el INAU  ha exigido que la serie y la publicidad de la serie se transmitan fuera de los horarios de protección a los menores y vayan acompañadas de advertencias sobre su contenido, esa objeción carece también de sentido. A menos que creamos que ciertos adultos son más adultos que otros y tienen la capacidad para decidir qué debemos y qué no debemos ver los demás adultos.    

Así las cosas, cabe preguntarnos, ante todo, de qué hablamos.

En principio, hablamos de una obra audiovisual con pretensiones artísticas. Sí, claro, también con intenciones comerciales. Pero estamos en una sociedad organizada de tal manera que las expresiones artísticas, sobre todo las de cierta envergadura, para subsistir, están obligadas a ser a la vez  expresiones artísticas y productos comerciales. Esa doble condición le es aplicable también a una película de Bergman, a una novela de García Márquez  o a un cuadro de Picasso.

En cualquier caso, ya sea que “Esposa joven” sea considerada una obra artística o  un mero producto comunicacional que convoca en el mundo a millones de espectadores, la situación planteada en el Uruguay, por el intento de impedir su emisión, nos obliga a reflexionar sobre el sentido y el valor de la libertad de expresión y, más específicamente, sobre el estatuto y la función de las expresiones artísticas.

Uno creería que, desde la Revolución Francesa hasta el presente, la libertad de expresión ha tenido tiempo de establecerse como un valor esencial de la cultura occidental. Es decir, todos sabemos que, en los hechos, siempre hay quienes intentan limitarla, pero nadie que sostenga teóricamente que debe ser limitada. Un gran paso, en ese sentido, es la noción de que el derecho sólo debe intervenir ante hechos, ante actos humanos que lesionan concretamente a otras personas. La noción básica es que las ideas, los conceptos,  las opiniones, y la expresión pública de ideas, conceptos y opiniones, no deben estar limitadas por el poder, ni por la fuerza, ni por el derecho, salvo cuando tengan la manifiesta finalidad de generar actos ilícitos en perjuicio de otras personas.

Esa es la regla general, la que protege la libertad de pensamiento y de expresión. Una regla que muchos en el Uruguay tuvimos oportunidad de valorar debidamente durante la dictadura, cuando brilló por su ausencia, cuando cualquiera podía ser detenido, despedido o proscripto por decir ciertas cosas, por leer ciertos libros o por pensar de determinada manera.

Es posible, además, que ciertas actividades humanas tengan –y deban tener- un estatuto especial, incluso más amplio que otras. Me refiero concretamente al pensamiento teórico, a la ciencia, al arte y al humor. 

Criticar al gobierno, o a un técnico de fútbol, o a un artista, o al vecino de la casa de al lado, son actividades que merecen libertad, pero que en todo caso pueden ceñirse a ciertos límites y reglas. No es necesario mentar públicamente a la madre o a la intimidad familiar o sexual del cuestionado  para criticar a  un gobernante, a un técnico de fútbol, a un artista o a un vecino. Por eso, la sociedad suele poner ciertos límites a la forma en que se manifiestan esas críticas y discrepancias.  No ocurre lo mismo –no puede ocurrir- con el pensamiento, con la investigación científica, con la creación artística ni con el humor.

Todos sabemos las enormes limitaciones que esas actividades han tenido en las épocas en que alguien -el poder político, la Iglesia, la autoridad moral- se ha atribuido la facultad de controlarlas y marcarles límites. La lista de víctimas, ejecutadas o discriminadas, es enorme: Sócrates, Spinoza, Galileo, Miguel Servet, Touluse Lautrec , por nombrar sólo a algunos bastante antiguos.

¿Se imaginan si a Marx se le hubiese prohibido afirmar que Dios era apenas un reflejo de las relaciones económicas de la sociedad, o a Darwin y a Einstein dudar de las verdades religiosas y científicas de su tiempo, o si a Cervantes se le hubiese impedido burlarse de los nobles, de los posaderos y de las “mozas del partido”, y qué habría sido de Chaplin si se hubiese creído que robar,  romper vidrios y escapar de la policía era una imagen inmoral para un niño?  Me pregunto también qué edad tendría Briseida, la esclava sexual de Aquiles y de Agamenón en la Ilíada. Y finalmente me pregunto qué pasará si algún día –más pronto que tarde- la policía del pensamiento decide que las referencias a las Cruzadas, a  la Segunda Guerra Mundial, o la aparición abundante de parejas heterosexuales, en la literatura, la pintura y el cine, hieren la sensibilidad de algunos “discriminados”

La absoluta  libertad no es un privilegio del pensamiento teórico, de la investigación científica, de la creación artística y del humor. Es una garantía que nos salva a todos del estancamiento, del autoritarismo, de los dogmas, de las ideas y creencias eternizadas. Es la llave de todo cambio y de toda posibilidad de evolución. Aunque, desde luego, nos someta a todos, cada tanto, a un tsunami en lo que creemos correcto y  establecido para siempre.

La conclusión de este artículo casi no requiere ser formulada. Cae por su propio peso. Basta recordar ciertos hechos recientes: las limitaciones “políticamente correctas” al lenguaje, la pretensión de un imponer humor desprovisto de transgresión,  la Conferencia de Durban (cónclave internacional del anti racismo) declarando que toda teoría científica que pretenda demostrar diferencias entre las razas es de antemano errónea, la policía del pensamiento interviniendo en todas las manifestaciones culturales, sociales, artísticas, científicas.

La resistencia a la corrección política no es un tema superficial, de gustos o de sensibilidades, es una lucha civilizatoria. Porque, si permitimos que las limitadas creencias y convicciones de nuestra época gobiernen lo que pensaremos, lo que investigaremos, lo que crearemos y hasta lo que nos hará reír en el futuro, estaremos como sociedad liquidados, congelados en un presente “políticamente correcto” perpetuo, en el que sólo balbucearemos “todos y todas”, “no discriminación” y “tengo derecho”.

            

 


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