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Indisciplina partidaria la columna de Hoenir Sarthou: POLÍTICAMENTE CORRECTO

publicado a la‎(s)‎ 22 nov. 2014 11:57 por Semanario Voces

Todos tenemos esta escena en las retinas, porque la hemos visto mil veces por televisión.

La chica camina por la pasarela con andar de diosa. Es joven, muy


 alta y hermosa. Va vestida de fiesta y está cuidadosamente peinada y maquillada. Mientras camina, sonríe dulcemente hacia las cámaras. Por fin llega al extremo de la pasarela, donde la espera el presentador. El hombre la saluda sonriente, la presenta al público indicando unos pocos datos personales y a qué país representa en el concurso. Ella sigue sonriendo con gesto un poquito nervioso, lo suficiente para insinuar modestia y timidez. En cuanto el presentador le permite hablar, ella aclara que está muy nerviosa y emocionada por representar a su país. Intercambian un par de frases más y por fin el presentador hace la pregunta infaltable: “¿Cuál es tu personaje histórico preferido?”. La chica aparenta pensar durante unos segundos y luego dice: “Nelson Mandela”. El presentador sonríe, satisfecho por lo comprometido de la respuesta y el público aplaude, feliz de ver que la candidata a “Miss Universo” no es sólo una cara y un cuerpo bonitos, que tiene también sensibilidad social.

Seguramente nadie dude en afirmar que toda la escena es un acto pleno de “corrección política”.

Pero, ¿Por qué? ¿Qué es la corrección política? ¿Cuándo cabe decir que una actitud es “políticamente correcta”?

Puede resultar extraña la pregunta, porque todos percibimos cuándo estamos ante una actitud de “corrección política”. Sin embargo, no es tan fácil definir en qué consiste esa actitud, ni tampoco saber qué efectos busca producir, ni cuáles efectivamente produce, ni cómo actuar ante ella.

UN POCO DE HISTORIA

El término “políticamente correcto” tiene origen, curiosamente, en el leninismo militante. En filas del “Partido Revolucionario de la Clase Obrera”, un análisis o una decisión eran considerados “políticamente correctos” (tal vez lo sigan siendo en ciertos ámbitos) cuando lograban predecir la evolución de las luchas sociales y permitían actuar sobre ellas en la dirección más favorable para los intereses de la clase obrera..

Con el tiempo, producto de la tendencia burocrático-autoritaria que fue imponiéndose en muchos partidos marxista leninistas, lo políticamente correcto pasó a identificarse con todo aquello que se amoldara a la línea oficial de la dirección del Partido.

A consecuencia de eso, en filas disidentes de la ortodoxia partidaria, particularmente en los EEUU, el término “políticamente correcto” se cargó de ironía, y pasó a identificar a las posturas y discursos que reproducían acríticamente las tesis oficiales de la dirección partidaria.

Lo intrigante es cómo la actitud satirizada por esa expresión irónica se independizó de sus orígenes partidarios y llegó a convertirse en el arma principal de lucha de ciertas organizaciones que denunciaban diversas formas de discriminación.

EXTRAÑAS JUNTAS

En la primera mitad del Siglo XX, los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf desarrollaron en los Estados Unidos una teoría,  conocida como la “Hipótesis de Sapir-Whorf”, según la cual, dicho en forma esquemática, la lengua utilizada por un hablante determina la forma en que éste interpreta la realidad y la forma en que clasifica y memoriza los datos sobre esa realidad. En menos palabras: el lenguaje determina al pensamiento.

Esta tesis, aunque dista mucho de ser unánime entre los lingüistas, fue tomada como categoría de análisis por algunos de los movimientos que reclamaban derechos en la convulsionada sociedad estadounidense de la segunda mitad del Siglo XX, entre otros, el movimiento por la igualdad de derechos civiles y particularmente el feminismo.

La hipótesis de Sapir Whorf les dio fundamento teórico a diversos activismos antidiscriminación para afirmar algo que parece indiscutible: que el lenguaje contiene cargas ideológicas que expresan la óptica de los sectores sociales dominantes. Así, se desnudaron algunos de los contenidos racistas y sexistas del habla común, que usualmente era tenido por neutro.

Cumplida con éxito esa primera etapa y desmistificada la inocencia del lenguaje, pasó lo inevitable. Algunos activismos dieron en pensar que, si el lenguaje determinaba el pensamiento, cambiar el lenguaje haría cambiar el pensamiento.

Eso dio origen a la estrategia que ahora estamos padeciendo.

La idea es simple. Debatir concepciones ideológicas y demolerlas mediante argumentos es trabajoso, largo y difícil. En cambio, asignar contenidos perversos a ciertas palabras y excluirlas del ámbito de lo decible es más sencillo. Con un poco de tesón, es posible dejar al adversario sin palabras para expresar aquello que piensa.

Si, por ejemplo, en cualquier conflicto de ideas o de intereses, toda referencia a que el otro contendor sea mujer, o negro, o judío, u homosexual, o físicamente discapacitado, es considerada un reprensible y retrógrado acto de discriminación, sencillamente se logra que una parte de la realidad no pueda ser nombrada. De ese modo, contender con una persona de cualquiera de las categorías históricamente discriminadas se transformará automáticamente no en una discusión ideológica o de intereses entre personas sino en una agresión a la categoría históricamente discriminada que el otro/a integra. En tal caso, el silencio es lo más prudente.

Sin embargo, hay algo en lo que Sapir, Whorf y los activismos se equivocan. Como afirman otros lingüistas, la relación lenguaje-pensamiento no es tan reversible como ellos supusieron. Cambiar o limitar el lenguaje no cambia automáticamente el pensamiento. Lo reprime, le limita la expresión, pero no lo anula. Como todo acto autoritario, la imposición de un lenguaje lleva en sí el germen de la rebelión y de su propia destrucción 

NO PENSAR NI EQUIVOCADO

Cuando una estrategia tiene éxito, tiende a expandirse y a replicarse. La “correción política” no es una excepción.

Hoy el modelo de lo “políticamente correcto” no se limita a asuntos de género o raza. Ha invadido otros ámbitos. La política, la estética, la moral, la ideología, el derecho, el sexo y hasta la economía.

En todas esas áreas, y en otras que seguramente olvido, ya no es de buen gusto tener posturas nítidas, o extremas, o demasiado personales. Existe un canon de buen gusto, de lo “políticamente correcto” respecto de casi todo lo pensable.

Así, ser partidario del socialismo de estado, o de la moral católica tradicional, o ser anticlerical, o demasiado de derecha, o propender a una revolución social, o defender la abstinencia sexual, o insistir demasiado en las obligaciones y deberes de las personas, o promover el proteccionismo estatal, o dudar del carácter universal de los “Derechos Humanos” ya no son simplemente ideas que pueden ser acertadas o equivocadas. Son algo mucho peor. Son actitudes de mal gusto, “políticamente incorrectas”.

Si uno defiende en público cualquiera de esas ideas, probablemente no inicie un debate. Las personas de buen gusto fruncirán la nariz, lo mirarán con desconcierto y guardarán un piadoso silencio. No es que lo consideren equivocado; es simplemente que lo sienten fuera del registro de lo discutible.

La “corrección política” no es, obviamente, inocente. Es un discurso construido que nos introyecta a todos una escala de valores, una visión del mundo y unos límites ideológicos que no es saludable cuestionar.

Como contrapartida, nos otorga una serena playa ideológica en la que nunca llueve ni hay viento. Siendo políticamente correcto, uno puede sentirse a la vez moderno y maduro, rebelde y equilibrado, Dentro de los límites de lo “correcto”, uno puede moverse con libertad. Puede ser de Peñarol, de Nacional, o de un “cuadro chico”; lo que no debe hacer es cuestionar al fútbol. Puede vestirse formal o informal; lo que no debe hacer es cuestionar al mercado de ropa. Puede votar a la derecha (no muy extrema)) o a la izquierda (no muy extrema); lo que no debe hacer es cuestionar al sistema político Puede sentirse atraído por hombres o por mujeres, o por ambos; lo que no debe hacer es insinuar que el sexo es algo más que un idílico retablo de parejitas “diversas”. 

La corrección política tiene también otra virtud: instituye un campo de lo innombrable, de lo que no tiene por qué ser pensado. Dentro de lo correcto, todo; fuera de lo correcto, nada. Y, si hay algo fuera, puede ser ignorado y despreciado. 

Vuelvo a la imagen inicial: la candidata a Miss nombrando a Nelson Mandela. Maravilla de corrección. Demuestra no ser racista, estar algo enterada de lo que ha pasado en el mundo, amar la paz y ser un poco “progre” pero no demasiado. Todos felices.

Sin embargo, la corrección política nos está ahogando.

No olvidemos que todos los grandes saltos históricos, esos que hoy nos definen como “humanidad”, fueron pensados y dados por fuera de lo que se consideraba “correcto”.

 

 

 


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