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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Sobre títulos y perros

publicado a la‎(s)‎ 28 sept. 2016 15:02 por Semanario Voces








Una vieja máxima periodística afirma que “Perro muerde a hombre” no es noticia, pero que “Hombre muerde a perro” sí lo es.

La frase, aunque parezca directa y obvia, no lo es tanto. Porque, por un lado, describe una actitud usual en cierta clase de periodismo: la de atender a los hechos anómalos y sorprendentes, aunque sean insignificantes, en lugar de investigar hechos mucho más significativos que ocurren con permanencia y regularidad. Pero, por otro lado, también da cuenta de una característica de la opinión pública: su inclinación a dejarse sorprender o entretener por lo anecdótico y a ignorar, o a considerar aburrida, la información sobre otros asuntos menos espectaculares aunque mucho más importantes.

La epidemia de gobernantes y dirigentes políticos que declaran tener  títulos académicos que en realidad no poseen se parece bastante a la noticia “Hombre muerde a perro”.

En primer lugar, es inusual. Hasta ahora, había pocos antecedentes de gobernantes o dirigentes políticos uruguayos que mintiesen sobre sus títulos. En segundo lugar, dado que no es necesario un título académico para desempeñar la mayor parte de los cargos de gobierno, la falsedad tiene algo de pueril, de innecesario; parece más resultado de una inseguridad o frustración personal que de una estrategia para acceder al cargo. En tercer lugar, la maniobra es tan burda, y el riesgo de ser descubierto y puesto en ridículo tan grande, que todo resulta un poco grotesco.     

Sin embargo, en los últimos días (desde que al de Sendic se sumaron dos o tres casos más) el tema se volvió el centro de todos los comentarios. “Gobernante dice tener título que no tiene”  funciona como “Hombre muerde a perro”: aunque se reitere tres o cuatro veces, sigue siendo un hecho raro, grotesco, un poco ridículo y a la vez bastante triste.

Pero las similitudes entre las dos noticias no terminan allí. “Hombre muerde a perro” produce el extraño efecto de desinformarnos sobre lo que habitualmente ocurre entre los seres humanos y los perros. En tanto pone la lupa en la conducta atípica y desquiciada de un hombre en particular, oculta lo que en general suele acaecer entre hombres y perros. Si un extraterrestre quisiera formarse una opinión sobre esas relaciones y sólo dispusiera de esa noticia, adquiriría una idea bastante equivocada.  Del mismo modo, la noticia “Gobernante miente sobre su título” puede distraer la atención de otros actos de los gobernantes, no tan espectaculares pero más graves para la sociedad.

El martes en la noche, los mismos noticieros que informaron que Sendic no había presentado su título en la audiencia judicial de esa tarde, mostraron al Ministro de Economía hablando sobre la marcha del proceso de bancarización del país, e informaron sobre los plazos en que será obligatorio cobrar los sueldos por cuenta bancaria, sobre los escasos movimientos de fondos que podrán hacerse en esas cuentas sin tener que pagarle al banco, y sobre el hecho de que todos entraremos en un corralito, dado que, una vez elegida una institución bancaria, no podremos dejarla y pasarnos a otra hasta que transcurra al menos un año.

Es seguro que la declaración judicial de Sendic tuvo más “rating” que la información sobre las cuentas bancarias. Sin embargo, los efectos de la bancarización son infinitamente más importantes para los uruguayos que los que pueda tener el título de Sendic. El sistema financiero ya está percibiendo ganancias enormes por las medidas de bancarización vigentes (lo denunció antes que nadie el diputado Jorge Gandini) y percibirá mucho más cuando, a partir del año que viene, la casi totalidad de los intercambios de dinero se realicen obligatoriamente por operaciones bancarias. Como los milagros no existen, esas ganancias serán pagadas por los usuarios, personas y empresas, es decir por todos nosotros, en forma de intereses, cargos por excesos de movimientos, y comisiones por el uso de tarjetas de crédito o de débito. Por añadidura, el sistema bancario y el tributario tendrán mucha más información sobre nosotros.

¿Alguien reclamaba la bancarización? ¿Era una necesidad de la sociedad uruguaya y en particular de sus sectores más pobres? Por supuesto que no. Es una necesidad del capital financiero, que viene imponiendo la misma clase de legislación bancarizadora en todo el mundo. Los gobernantes uruguayos –con o sin títulos universitarios- están haciendo ese mandado.

Lo mismo ocurre con el estado del agua. Los niveles de contaminación crecen a niveles alarmantes. Sin embargo, la gran solución a la posible crisis económica es la instalación de otra gigantesca planta de celulosa en el medio del país, sobre el Río Negro. Un negocio para el que habrá que invertir mil millones de dólares y que, en la mejor de las hipótesis y sólo por cierto tiempo, generará unos 8.000 puestos de trabajo.  A razón de ocho puestos por cada millón de dólares. ¿Se habla de este asunto? No. Se comunicó en su momento y ahora parece seguir una marcha silenciosa y opaca, como es habitual en esta clase de inversiones.

Otro drama silenciado es la sistemática deserción y pésimos resultados del sistema educativo. El daño cultural y social que esa sangría educativa permanente le causa al Uruguay no tiene límites y no se compara con casi ninguna otra cosa. Sin embargo, estamos acostumbrados a convivir con eso. No lo consideramos un escándalo porque es permanente y se cumple con regularidad. Con la enseñanza ocurre lo mismo que con la rotación de la Tierra o con el ciclo de lluvias y sequías: aunque nuestras vidas dependen de ellas, rara vez ocupan los titulares de los noticieros. 

Que no se malinterprete lo que digo. El periodista Carlos Peláez cumple su deber social como comunicador al poner de manifiesto las supercherías hechas por algunos dirigentes políticos con los títulos. Así como el abogado y también comunicador Gustavo Salle cumple con el suyo al denunciar e informar sobre el tema. No es que la información y la denuncia causen daño. Al contrario, toda información auténtica es necesaria y debe ser bienvenida. La preocupación –mi preocupación- pasa por otro lado.

 El recientemente fallecido Eleuterio Fernández Huidobro solía decir –con sabiduría empírica un poco perversa, similar a la del Viejo Vizcacha- que “Cuando uno se manda una cagada, lo mejor es mandarse enseguida otra más grande, para tapar la anterior”.

Me pregunto si el escándalo de los títulos –al que tampoco minimizo- no está cumpliendo, sin la voluntad deliberada de nadie, el papel de la segunda descarga de excremento. Como es espectacular y huele mal, tapa el hedor silencioso de otras cosas que nos perjudican más profundamente como sociedad y como país. En el caso de Sendic, por ejemplo, el tema del título ha dejado en segundo plano incluso a la discutible gestión al frente de ANCAP.

Tal como van las cosas, la reiteración de títulos “truchos” promete convertirse en tema de carnaval. Lo que no está mal, si no nos quedamos en eso.

El asunto es, como siempre, cómo leemos la información que nos llega y qué hacemos con ella. En la era de la comunicación, la información es, más que nunca, un arma de doble filo. El alud abrumador de noticias pone en evidencia algunas cosas, pero también sirve para tapar otras. Eso nos impone a todos una tarea inteligente: la de seleccionar y relacionar entre sí a los hechos sobre los que recibimos información, distinguiendo siempre entre lo espectacular y lo importante. Para que los árboles no nos impidan ver el bosque.

  

 

 

 


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