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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: TABARÉ VÁZQUEZ: ¿EL PRINCIPIO DEL FIN?

publicado a la‎(s)‎ 2 mar. 2016 14:14 por Semanario Voces

El discurso de Tabaré Vázquez, el martes de noche, me dejó una sensación extraña.

No es tanto que esté en desacuerdo con lo que dijo. Va bastante más allá que eso. Es, más bien, la vaga sensación de que habló de otro país, que no es en el que vivimos.

Todo el Uruguay está sorprendido por la situación ruinosa de ANCAP, y –aunque es un tema bastante  menor- por las contradictorias declaraciones del vicepresidente Sendic respecto a su licenciatura. Sin embargo, Tabaré Vázquez no dijo una palabra sobre esos asuntos, aunque el de ANCAP era un tema ineludible.

Entre otras cosas, habló sobre educación, sobre políticas sociales y sobre inseguridad pública.

En educación, anunció la construcción de varios edificios y la apertura de centros de estudio de doble horario y de horario extendido.  No hizo ningún comentario sobre la renuncia de sus hombres de confianza en el Ministerio de Educación y Cultura, ni tampoco mención al anunciado –y al parecer olvidado- cambio de ADN de la educación. Ignoró olímpicamente la deserción, por la que casi tres de cada cuatro uruguayos jóvenes no terminan secundaria.

Sobre políticas sociales, dijo que mantendría el gasto en el rubro, y, en materia de seguridad pública, anunció más cámaras, reformas en la policía y nuevos sistemas de vigilancia.

Lo preocupante es que no ligó los tres temas. Separar a la seguridad pública de la educación y de las políticas sociales es un error o un engaño. Porque no son tres problemas aislados, sino tres aspectos de un mismo problema. Si las políticas sociales se basan en la transferencia de dinero y no en la inserción educativa, la enseñanza decae y la marginalidad cultural aumenta. Y con ella aumentan los delitos, la violencia y la inseguridad pública.

En materia económica, reiteró el mantra neoliberal del “progresismo”: cuidar el grado inversor, combatir la inflación y apostar a los proyectos de participación público-privados. Nada nuevo por ese lado. Al parecer, la función del Estado sigue siendo la de fiador (por cientos o miles de millones de dólares) de la “inversión” privada. Es lo que se hizo en PLUNA y en la regasificadora, con los resultados que conocemos y otros que todavía no conocemos.

El discurso presidencial tuvo otros “profundos y prolongados silencios”, por ejemplo respecto a la contaminación del agua y al daño causado a la tierra como consecuencia de las indiscriminadas inversiones agroindustriales que hemos conseguido cuidando nuestro “grado inversor”.  O respecto a la enorme deuda pública  –en dólares de valor al alza- que grava a las generaciones presentes y futuras.       

Todo lo dicho no son más que ejemplos de algo más general, que se respiraba en la atmósfera del discurso del martes.

Tabaré Vázquez habló de un país de estadísticas. La reducción de la indigencia en un tanto por ciento, y de la pobreza en otro tanto por ciento, la mejora de las matrículas de la enseñanza en no sé qué otro porcentaje, la ubicación del Uruguay en vaya uno a saber qué puesto de nivel de vida entre los países de América. Porcentajes y estadísticas. No realidades vitales. El optimismo de Vázquez, ese tono pretendidamente “para arriba”, tiene poco que ver con la experiencia y con la “sensación térmica” de quienes vemos y vivimos el Uruguay desde el llano, en el día a día de la convivencia ciudadana.

Las estadísticas se construyen. Y, cuando se quiere, se las amaña seleccionando datos y cifras, eligiendo qué números y en qué momento serán tenidos en cuenta.  Pero la experiencia real de vivir en la sociedad es otra cosa.

Sin importar qué digan los números oficiales y los “rankings” de las consultoras internacionales, muy pocos uruguayos sentimos el optimismo que sintió o fingió el Presidente durante su discurso.  Por el contrario, muchos sentimos que vivimos en una sociedad fragmentada y con una marginalidad cultural (que no es lo mismo que la pobreza) creciente, una sociedad un poco degradada. Una tibia degradación que viene de lejos y que no se debe sólo a la gestión del Frente Amplio ni al reciente enfriamiento de la economía, ni tampoco a una eventual crisis en el horizonte, sino a algo más profundo.

Todos sabemos que en un futuro ya muy cercano nos esperan las consecuencias de unas políticas educativas y sociales profundamente equivocadas. Bastante más de la mitad de la población juvenil no ha alcanzado ni alcanzará los niveles educativos necesarios para insertarse en la vida adulta y en la actividad laboral en forma aceptable. Eso inquieta, aunque no nos lo digamos en voz alta.

Por otro lado, en la otra punta etaria, el destino de la generación que se acerca a la jubilación está muy comprometido, por obra de los tres partidos que han gobernado. El sistema de las AFAP determina que muchas decenas de miles de uruguayos recibirán jubilaciones miserables, equivalentes a la tercera o cuarta parte de sus salarios de actividad.

Probablemente el problema más grave no sea estrictamente económico, sino cultural.

El modelo “progresista”, después de once años, ha perdido la capacidad de generar esperanza, entusiasmo y solidaridad. El consumismo, la pasiva apuesta a la inversión extranjera y las reivindicaciones corporativas no son banderas capaces de entusiasmar profundamente a nadie. Cuando a ello se suman señales inequívocas de corrupción (no sólo en ANCAP), el desmoronamiento parece inevitable. Es cuestión de tiempo.

La necesidad de un proyecto colectivo, en lo social, en lo cultural, en lo económico y en lo político, es más importante de lo que nos suele hacer creer la ideología neoliberal que hoy predomina en el mundo.  Los seres humanos somos capaces de soportar enormes privaciones y de asumir enormes esfuerzos cuando nos alienta la esperanza. En cambio, todo resulta hueco , gris y sin sentido cuando faltan la confianza y el entusiasmo.

Tal vez me equivoque, pero sentí que el discurso de Tabaré Vázquez era vacío, que pretendía vanamente ocultar el agotamiento, la resignación del rumbo y la falta de respuestas.

¿Estamos viviendo el principio del fin del ciclo “progresista”?

Es difícil decirlo, sobre todo porque no hay alternativas a la vista. El agotamiento de los partidos tradicionales fue anterior y muy grande. Por eso, es posible que el Frente Amplio sobreviva por cierto tiempo a la muerte de su propia mística. Algo así le ocurrió al Partido Colorado, con la diferencia de que, cuando su desgaste llegó al límite, estaba el Frente Amplio para sustituirlo.

Hoy esa alternativa no existe. A lo sumo podría ocurrir que alguna alianza de blancos, colorados y algún “outsider” de la política se postulara para ganar las elecciones. Pero para gobernar no basta con ganar las elecciones. Es necesario tener cierta incidencia estructural e ideológica en la sociedad, en las organizaciones sociales y en el Estado, que hoy ninguna otra fuerza política parece tener. Por eso es de temer que la decadencia del Frente Amplio arrastre consigo al país.  

Por lo pronto, cunde en la sociedad uruguaya un clima de apatía y descreimiento. Salvo quienes encuentran trabajo en el sistema político y quienes ganan mucho dinero con el modelo “progresista” (que los hay), es como si los demás estuviéramos hartos de nuestros defectos colectivos y, a la vez, nos resignáramos a que el sistema político los reprodujera ampliados e institucionalizados. Es un problema que supera en mucho el juego político electoral y que no puede resolverse sólo mediante un cambio de gobierno. Es un problema cultural, en el más hondo sentido de la palabra.    

En todo caso, para quienes no queremos rendirnos a la apatía y al descreimiento (descuento que es el caso de quienes nos hemos formado en la izquierda) es necesario alzar la mirada, abrir las cabezas y repensar muchas, muchas cosas. Pensar no en partidos y fórmulas electorales (eso siempre viene después, porque es consecuencia y no causa de los cambios culturales), sino pensar sin prejuicios en el mundo en el que estamos insertos, en los objetivos de la vida personal y colectiva y en las formas de vivirla.

Si es verdad que las crisis son también oportunidades, quizá nos encontremos ante una enorme oportunidad.

  

    

 

 

 


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