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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¿TIENE FUTURO EL PENSAMIENTO CRÍTICO?

publicado a la‎(s)‎ 24 may. 2016 12:45 por Semanario Voces


Vengo discutiendo este asunto con mi amigo Sergio B desde hace mucho tiempo. (¿Cuánto, Sergio, diez, quince, veinte años?).

Sergio se crió, como yo, en un hogar de izquierda, pero, con el correr de los años, se ha vuelto antropológicamente pesimista. Sencillamente no cree que la naturaleza humana sea apta para las utopías. Sostiene que los humanos poseemos instintos básicos que, en cualquier sistema económico o político, nos impulsan al autointerés, a la ambición, al miedo, a la rutina, a perseguir el beneficio individual y a tomar el camino más corto y seguro para conseguirlo. Desde esa perspectiva, piensa que el socialismo es un proyecto condenado, porque se funda en una noción ilusoria de la naturaleza humana. Una noción que, en rigor, niega o le resta importancia a la existencia misma de esa naturaleza, creyendo que todas las conductas humanas tienen origen exclusivamente cultural, y que, por tanto, en la sociedad adecuada, podrían ser moldeadas para una eterna o muy extensa solidaridad, honestidad y felicidad compartida.

Tomo muy en serio el argumento de Sergio B. . No sólo porque es un hombre lúcido, de una lógica irreprochable, sino  porque no tiene ningún interés personal en lo que dice, ya que no es político ni militante de ningún partido y no tiene pretensiones de politólogo, sociólogo o filósofo. Pero sobre todo lo tomo en serio porque su argumento está avalado por (al menos) casi cien años de historia universal.    

¿Cuántos regímenes pretendidamente socialistas se han instalado en el mundo desde 1917? ¿Cuántos de ellos anunciaron una nueva era de libertad, pan, tierra, vino y rosas para hombres y mujeres “nuevos”?

Rusia y sus satélites, incluida parte de Alemania, pero también China, Corea, Indonesia, Cuba, Nicaragua, Venezuela. etc.. La lista es mucho más extensa e incluye a todos los continentes, pero, de los que escapan a mi ignorancia o desmemoria, menciono a los que han usado claramente una retórica refundacional.

¿En qué han terminado esos intentos de cambiar la Historia? (“Terminado” es una palabra fuerte, porque algunos se debaten todavía entre su retórica revolucionaria y una realidad desalentadora.)

Rusia dio por terminada su revolución y volvió a pelear el dominio de Europa bajo un nuevo Zar: Putin. China, pasado Mao y su “culto a la personalidad”, sigue comunista en la retórica pero es una de las principales economías capitalistas. Indonesia fue un mar de sangre. En Nicaragua, el sandinismo naufragó en la más abyecta corrupción. Corea del Norte tiene un régimen ultra autoritario y militarista dirigido por un déspota caprichoso. Cuba, después de exportar revolución y antiimperialismo a toda América y Africa, negocia con EEUU la “apertura” de su economía. Venezuela galopa una crisis económica bestial y oscila al borde de la guerra civil.

El balance de las experiencias que han pretendido “cambiar la Historia y construir el socialismo y el Hombre Nuevo” es descorazonador. Decirlo es duro pero necesario. Duro para quienes creímos y nos emocionamos con varias de esas revoluciones. Pero necesario para que no nos convirtamos en las viudas inconsolables y no asumidas de “La Revolución Socialista”.

¿Por qué pasó lo que pasó?

Los neoliberales dicen que el problema es el de siempre: la economía y el mercado no pueden regularse por decisiones políticas. Pero los liberales siempre dicen lo mismo. Si tuvieran razón, no existirían los impuestos, la jornada de ocho horas, las jubilaciones, la enseñanza y la salud públicas. Con cada una de esas reformas, los liberales anunciaron catástrofes. Pero hoy nadie imagina una vida civilizada sin esas cosas. ¡Claro que la economía puede modificarse por decisiones políticas!. No de cualquier forma, pero puede hacerse. Ese no es el problema.

Hay que pensar entonces, como Sergio B., en el “factor humano”. Porque lo cierto es que las crisis de todas esas experiencias revolucionarias (y de otras no tan revolucionarias, como los “progresismos” de Brasil y Argentina) han puesto en evidencia fallas humanas. Despotismo, ínfulas mesiánicas, corrupción e impunidad de los líderes, dirigentes, militantes y funcionarios. O sea: el cambio de régimen político y económico parece no poder con la condición humana.

En las charlas con Sergio, siempre me ha sido difícil contestar a ese argumento. ¿Por qué la adhesión a ciertas ideas o a cierto partido haría que un líder y miles de dirigentes y militantes se comportaran como santos? ¿Por qué el marxismo, o el nacionalismo, o incluso el origen proletario y humilde de los dirigentes, los volverían inmunes a las tentaciones del poder, de la riqueza fácil, de la fama y del orgullo? Y, en caso de existir en el inicio, ¿por qué esa pureza duraría décadas y se transmitiría a las generaciones siguientes para operar un cambio histórico?  

Aun sin ser un pesimista “onettiano”, esa posibilidad casi que desafía las leyes de la física.

¿Debemos resignarnos a vivir en sociedades eternamente injustas y corruptas?

Uno de los problemas del pensamiento crítico (por lo menos del que ha encarnado la izquierda) es que desde hace mucho tiempo ha estado dominado por moralistas y por románticos.

Así, la crítica y las propuestas de superación del capitalismo se han fundado en la premisa de que es un sistema injusto, del que aparentemente se podría salir por una mezcla de voluntad de cambio y militancia persistente. Últimamente se ha añadido además la idea (muy común entre sectores de las capas medias ilustradas) de que la lucha política “de izquierda” es una suerte de cruzada altruista, que busca el control de las instituciones políticas para destinarlas a la promoción de ciertas minorías, sociales, sexuales o raciales, excluidas y/o discriminadas.

Para hacer operativo ese programa, es necesario rodearlo de una mística romántica, que en una época fue la estética sacrificial del militante heroico (encarnada en la figura del “Che” Guevara) y hoy se ha convertido en la estética más ligera de los derechos humanos, la “diversidad” y la libertad de costumbres.

La consecuencia de ese enfoque es la creencia de que cierto día luminoso alumbrará a una sociedad justa y ordenada, en la que los gobernantes sólo se ocuparán de la felicidad pública, mientras que los ciudadanos podremos dedicarnos a gozar despreocupadamente de la vida y de nuestros derechos.

Esa es la creencia que le da la razón a Sergio B.

Lo que enfrentamos no es un problema político, sino un problema cultural.

No se trata de esperar a convertirnos todos en santos y poner a un partido de ángeles al frente de las instituciones políticas. Se trata de diseñar instituciones que, partiendo de que no somos santos ni ángeles, impidan que los menos actúen contra los intereses de los más. 

El secreto es que el proceso de rediseñar y constituir esas instituciones nos transformaría a todos. No en santos ni en ángeles, sino en ciudadanos.

Estamos muy lejos incluso de ese cambio modesto. El poder material está cada vez más lejano, en manos de corporaciones que dictan reglas y atropellan cada día a los Estados, a las repúblicas y a las democracias.

La única arma de que disponemos para impedirlo es el pequeño Estado uruguayo. Y muchos –demasiados- nos damos el lujo de desentendernos de él.

Las utopías grandiosas y optimistas, paradójicamente, son lo contrario de lo que necesitamos.

Hoy, la contribución del pensamiento crítico no pasa por soñar utopías, sino por analizar meticulosamente los propósitos y los procedimientos del poder económico que domina al mundo, para actuar en consecuencia. Si lo hacemos, nos llevaremos muchas sorpresas.

Los esquemas de partidos y aun la tradicional dicotomía “izquierda-derecha” pierden sentido cuando olvidan dónde está el verdadero poder y quién nos domina.

Esta vez lo que está en juego no es un hipotético paraíso socialista ubicado en un futuro remoto. Estan en juego la tierra, el agua potable, la educación de nuestros niños, la libertad individual y, sobre todo, la posibilidad de seguir o de volver a autodeterminarnos. Bien mirados, son asuntos que no tienen partido.

No son asuntos para ángeles, sino para ciudadanos. 

  

 

 


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