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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: "Trumpmanía"

publicado a la‎(s)‎ 16 nov. 2016 15:02 por Semanario Voces   [ actualizado el 16 nov. 2016 15:03 ]


Más de una semana después de la elección de los EEUU,  se sigue hablando, pensando y discutiendo sobre Trump en la prensa y en las redes sociales.  Alguno dirá que en el Uruguay hablamos de Trump porque del partido con Chile es mejor no hablar. Pero eso no explica que, en el resto del mundo, el tema siga generando información, análisis, pronósticos y discusiones.

Decimos “Trump” y “EEUU” por razones de comodidad. Pero en realidad estamos pensando más bien en nosotros mismos. En un par de asuntos que nos tocan muy de cerca y que - eso sí- fueron puestos en evidencia durante las elecciones de los EEUU.  

Voy a  transcribir aquí un pasaje de uno de los tantos debates virtuales de estos días:  Creo que te equivocás, G. El sistema no se basa en el sexismo, el racismo y la xenofobia. Se basa en cierta forma de organizar la economía, que produce riquezas enormes y muchísimos millones de pobres. Eso es lo que el martes les recordaron los feos, conservadores y pobres votantes de Trump a quienes, como Hillary, hacen gárgaras de corrección política mientras impulsan políticas económicas y guerras que ahondan la pobreza y depresión de millones de estadounidenses. No me simpatiza ni creo en Trump, pero pienso que hay que interpretar con cuidado lo que sus millones de votantes están diciendo. Si hoy Trump es presidente es porque quienes creen que los únicos males del sistema son el racismo, el sexismo y la xenofobia, se equivocan. No perciben que la pobreza y la falta de horizontes son problemas mucho más estructurales y profundos y que no se corrigen con cosméticas acciones de "discriminación positiva". Decir que Trump es un Hitler aporta poco a la comprensión del problema. Probablemente Hitler también se enfrentó a rivales que no supieron ver dónde estaba el verdadero problema. Y así les fue.”.

Elegí ese pasaje y traté de conservar su tono “feisbuquero” para, sin identificar a otros interlocutores (el pasaje fue escrito por mí), ilustrar el tono y sobre todo los contenidos de los debates en las redes sociales. Están las acusaciones a Trump por ser sexista, racista y xenófobo, está la frecuente asociación de Trump con la figura de Hitler, y está también la mención a los problemas económicos y sociales que parecen haber pesado en el resultado de la elección. Sin embargo, cualquiera podrá sospechar que, en el fondo, mi interlocutora, G., y yo no estamos discutiendo sobre los EEUU sino sobre cosas mucho más cercanas.

¿POR QUÉ EL RESULTADO NOS REMOVIÓ TANTO?

Hay dos cosas que la elección estadounidense, y en particular la candidatura de Trump, pusieron sobre la mesa y que a todos nos afectan.

Una son los resultados del sistema económico globalizado: el poder creciente y desregulado del capital financiero; los TLC, que facilitan el libre ingreso de mercaderías extranjeras;  la “deslocalización” industrial, por la que las empresas desplazan sus procesos productivos hacia las  zonas del planeta donde la mano de obra es más barata y está menos protegida; las guerras, con las que la industria armamentista recibe fortunas pagadas con impuestos  y las grandes corporaciones logran el control de recursos naturales vitales; sin contar con los jugosos contratos previos para la reconstrucción de lo que el ejército estadounidense y sus aliados se proponen destruir.

Desde luego, este sistema no se sufre igual en los EEUU que en Libia o en Siria, ni tampoco que en Bolivia o en Uruguay. Pero todos, en alguna medida, sabemos que las grandes decisiones en el mundo no las toman ya los Estados. Que son las grandes corporaciones financieras, petroleras, militares, mineras, químicas y agroindustriales las que determinan qué ocurre en el mundo, y que los políticos se mueven en el cada vez más estrecho margen que les dejan esos intereses poderosos.

La novedad que nos trajo la elección estadounidense fue que, en lo que antiguamente considerábamos el centro del imperio, el sistema causa también enorme daño social. Buena parte de los sesenta millones de votantes de Trump se sintieron movidos por la promesa de su candidato de conseguirles trabajo haciendo retornar a las industrias estadounidense que hoy producen en China y en México, tal vez tanto o más que por su promesa de levantar un muro en la frontera y echar a millones de mexicanos ilegales. La idea de centrarse en las necesidades del pueblo estadounidense “de a pié” y dejar un poco de lado a la OTAN y a las costosas aventuras militares en el exterior también sedujo a muchos estadounidenses de clase media tirando a baja, cuyas opiniones nunca resuenan en los discursos oficiales del Departamento de Estado.

La otra cosa puesta sobre la mesa durante la elección son las políticas sociales fundadas en la “discriminación positiva”, a las que tan afectos son los aristocráticos y “políticamente correctos” círculos gubernamentales de Washington, de los que Hillary Clinton es un fiel exponente.

Medio siglo de cuotas para la raza negra en las principales universidades, discursos feministas, amparo para colectivos LGTB (y las restantes letras del alfabeto si es necesario), y un estricto control de la “corrección política” en toda expresión pública, terminan con  millones de estadounidenses pobres, carentes de trabajo, de vivienda y de atención médica accesible. Millones de estadounidenses furiosos contra la casta gobernante que no les prestó atención en su simple calidad de personas, porque sólo estaba  atenta a no ofender de palabra a ninguna etnia u orientación sexual, al tiempo que, en los Estados del Sur, día tras día, ciudadanos negros pobres  son maltratados o asesinados por la misma policía.          

  A DERECHA E IZQUIERDA

El sacudimiento causado  por la elección ha repercutido con fuerza tanto entre quienes se declaran de derecha como en quienes se proclaman de izquierda.

Es lógico. Si el supuesto centro del sistema capitalista global no es capaz de asegurar condiciones de vida dignas para muchos millones de sus habitantes, ¿qué podemos esperar quienes habitamos su periferia? ¿Qué dirán los“emprendeduristas”, esos joviales muchachos, amigos del neoliberalismo y de la iniciativa privada, ante esos resultados? ¿Qué dirán también muchos “progresistas”, esos ex izquierdistas que han comprado el credo de la inversión extranjera y del “derrame” de la riqueza, ante el hecho de que, en el centro del mundo, la riqueza se ha derramado sólo hacia arriba, hacia el 1% de la población que es cada vez más rico?

Pero el experimento social estadounidense pone en aprietos también a cierta actitud que se autodefine a veces como “nueva izquierda”.  Me refiero a quienes creen que el centro de las luchas sociales está en prevenir la discriminación y declarar derechos específicos para ciertos colectivos, definidos por su etnia, su género o su orientación sexual.

ESQUEMAS ROTOS

Hemos entrado a una nueva etapa histórica, en la que ciertos códigos heredados del Siglo XX no sirven más como brújula.

El factor determinante de la nueva época, el “signo de los tiempos”,  parece ser una nueva forma de organización económica y social por la que el poder está cada vez menos en los Estados y partidos políticos y más en manos de corporaciones empresariales, que determinan no sólo lo que ocurre sino también cómo vemos  la realidad (los efectos omnímodos de la publicidad) e incluso nuestras creencias acerca de lo que está bien y mal en esa realidad. Porque el poder, el verdadero poder, no está en el dinero ni en las armas, está en el control de las creencias, sentimientos e ideas. Quien lo dude, que se fije hacia dónde apuntan las corporaciones que dirigen Soros, Rockefeller, Ford y su entramado de fundaciones, universidades, foros internacionales, tecnócratas sociales e ideólogos a sueldo.

En esa nueva realidad, si se quiere evitar la manipulación y el papel de “cretino útil”, es imprescindible repensar muchas cosas. Entre otras, el significado de “ser de izquierda” y “ser de derecha”, o “ser progresista” y “ser conservador”.

Claro que las categorías “izquierda” y “derecha”  siguen existiendo. Sólo que no pueden significar lo que significaban en 1917, ni en 1968, ni en 1984.

La tesis que quiero sostener –y que no podré desarrollar en este artículo- es que dos ideas gratas al “progresismo” latinoamericano, la del “desarrollo” ligado a la inversión extranjera (en realidad transnacionanal) financiera o dedicada a actividades extractivas de recursos naturales, y la de políticas sociales focalizadas en grupos étnicos, sexuales o de extrema marginalidad, son en realidad una receta única, pensada por los ideólogos del poder económico global y financiada por éste para promover sus intereses y otorgarnos una causa de lucha que no cuestione esos intereses.

La elección en EEUU nos ha hecho  ver los resultados sociales de esa receta cuando es aplicada durante muchos años, incluso en una sociedad mucho más rica. Por eso nos ha sacudido tanto.       


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