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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¿Un Guantanamo bueno?

publicado a la‎(s)‎ 29 abr. 2015 15:29 por Semanario Voces

El truco es muy viejo. Lo han usado los policías de todo el mundo. Al parecer, interrogar a un prisionero con dureza durante todo el tiempo termina por acorazarlo o insensibilizarlo ante el miedo y el dolor. Por el contrario, si se le ofrecen momentos de respiro, si alguien, sin gritarle ni golpearlo, le ofrece un trago de agua o un cigarrillo, y, sobre todo, aparenta preocuparse por él, le aconseja no seguir soportando el castigo, aflojarse y descansar, porque “ya aguantaste mucho” y además “no vale la pena”, “pensá en tu vieja y en tus hijos”, “¿no querés volver a verlos?”, el prisionero, contra toda lógica, llega a confiar en el “policía bueno”, entonces se ablanda y muchas veces termina por hablar.

Sí, el truco del “policía bueno y el policía malo” está muy visto.

Cuando el avión de la Fuerza Aérea de los EEUU aterrizó en territorio uruguayo trayendo a los prisioneros de Guantánamo encadenados, una duda me pasó por la cabeza: “¿En qué carácter llega esa gente?”, me dije, “¿Son refugiados o prisioneros?”. “¿Dónde se vio que los refugiados lleguen al país que los asilará encadenados a un avión de guerra del país que los encarceló y torturó, y dónde se vio que el asilo lo solicite el gobierno del mismo país que los tenía presos?”.

En ese momento, los poquitos que planteamos esa duda recibimos toda clase de sopapos verbales y morales de parte de personas “prácticas”, “humanitarias” y “realistas”. “Almas podridas incapaces de dar una mano”, se nos dijo, “Puristas insensibles ante la tortura”, “Parece mentira que vengan con formalismos y se nieguen a recibir a gente que ha sufrido durante trece años”.  

Fue inútil aclarar que uno no proponía negarse a recibirlos, sino asegurar que se los recibiera como auténticos refugiados, con los derechos que corresponden a los refugiados. Porque, de no ser así, la alternativa era terrible: que Uruguay estuviera oficiando como servicio carcelario externo para el gobierno de los EEUU. Pero a las personas “prácticas” eso no les importaba.  La cosa era confiar en el gobierno, recibir a los presos y sentirnos la mar de humanitarios, sin reparar en leguleyerías y pavadas.

Ahora han pasado varios meses y, como en una historia de Onetti, el tiempo ha hecho su efecto degradante. De pronto, se terminó el romance con los presos de Guantánamo. Incluso las personas “humanitarias y prácticas”, esas que antes se emocionaban hasta las lágrimas con solo verlos, hoy los consideran unos vagos y unos aprovechados. “No quieren trabajar ni aprender el idioma, nada les alcanza, se les dio casa, comida, dinero, psicólogos, teléfonos,  ¿qué más quieren?, ¿no saben que a  muchos uruguayos les faltan esas mismas cosas?”.

Y, claro, los supuestos refugiados no ayudan mucho. Siguen sin hablar el idioma, rechazan los trabajos que se les ofrecen, se quejan de la casa en la que viven, algunos se mudaron a un hotel, se niegan a firmar un acuerdo que les presenta el gobierno y, para colmo, ahora acusan al gobierno de mentiroso y hacen protestas públicas frente a la embajada de los EEUU.

Sin embargo, las personas “practicas” siguen negándose a ver que demasiadas cosas no cierran en esta historia guantanamera.

En primer lugar, que el pedido de asilo y el traslado de los prisioneros los realice el mismo gobierno que los encarceló y violó todos sus derechos es sencillamente increíble.

En segundo lugar, es absolutamente inverosímil que todos los refugiados de Guantánamo quieran quedarse a vivir en el Uruguay (tan extraño para ellos en cultura y costumbres), así como es inverosímil que ninguno de los países musulmanes del mundo esté dispuesto a recibirlos.

En tercer lugar, tanto nuestro derecho como el derecho internacional exigen que se les expida a los refugiados un “documento de viaje”, una especie de pasaporte especial que les permita abandonar el país cuando lo deseen. Así lo disponen la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, de 1951, y las leyes uruguayas números 18.076 y 18.382. Porque la condición de refugiado es esencialmente voluntaria. Sin embargo, de estar a sus declaraciones, no desmentidas por el gobierno, los refugiados de Guantánamo no han recibido el “documento de viaje”.

En cuarto lugar, la conducta de los “refugiados” no necesariamente debe ser interpretada como la de unos aprovechadores . ¿Y si simplemente se niegan a establecerse y a adaptarse al Uruguay porque vivir aquí no fue una decisión libre?¿Y si les fue impuesta como la única alternativa a Guantánamo? ¿Acaso no sería lógico que se negaran a la mansa adaptación a una sociedad que les es impuesta?

En quinto y último lugar, la actitud del gobierno no condice con lo que fue su versión de los hechos. Si usted recogiera de la calle a una persona en situación de peligro y miseria extrema, si la alojara en su casa dándole gratuitamente comida, abrigo, cama, luz, agua caliente, y si de pronto esa persona se quejara de la comida y protestara porque la cama es dura y el baño tiene poco espacio, ¿no le diría ud.: “Es lo que hay, valor; si no te gusta, la puerta está abierta y la calle es libre”? Sin embargo, no es lo que hace el gobierno. Por el contrario, se muestra con la cola entre las patas y se enreda en explicaciones contradictorias.

Todos estos hechos imponen considerar, al menos, la posibilidad de que los refugiados estén en realidad obligados a permanecer en el Uruguay, por ejemplo, por alguna amenaza recibida antes de salir de Guantánamo. Si así fuera, ¿cuál sería el papel de Uruguay en esta historia horrible? ¿Es menos transgresor de los derechos de las personas el “policía bueno” que el “policía malo”?

Ya sé, no faltarán las personas “prácticas” que digan: “¿Y de qué se quejan? Después de todo, siempre están mejor que en Guantánamo” (la libertad y, en general, las cosas que no pueden tocarse, no son muy apreciadas por las personas “prácticas”).

Abro un paréntesis: Algún día voy a escribir la “Execración de la practicidad” y me desahogaré contra la soberbia de algunas personas “prácticas” y “realistas”, como las que a lo largo de la historia pronunciaron frases visionarias como éstas: “No sé que quieren inventar con eso que llaman casas; son novelerías estúpidas; lo que hay que hacer es conseguirse una cómoda cueva”. O, “Siempre hubo esclavos y siempre los habrá”. O, “No sé a quién se le ocurre que el hombre pueda volar; si eso fuera posible, Dios nos habría dado alas”. O, en la Alemania de los primeros tiempos del nazismo: “No sé de qué se quejan, si a Alemania le va muy bien”.  Pero, el hecho de que toda la historia no haga más que desmentirlas, no hace mella en las personas “prácticas”. Ya está: cierro el paréntesis.

Volviendo al tema, esta historia de refugio está tomando ribetes de tragicomedia. Los refugiados están descontentos, pero, por alguna razón desconocida (¿temor? ¿falta de documento de viaje?), no se van. Y, los que deberían poder decirles “Si no les gusta, allí está la puerta”, por alguna razón desconocida, no lo dicen o no pueden decirlo.

Mientras tanto, los inventores del asunto, Mujica y Obama, se lavan las manos. Mujica ya no es Presidente. Y Obama, a través de su embajador, les contesta a los ex presos que deben pasar por la embajada en horario de oficina.

Ojalá me equivoque, pero, si llegara a ser cierta la hipótesis de que en territorio uruguayo hay un grupo de personas que no pueden salir del país, estaríamos colocados en una situación escabrosa de las que no vivíamos desde los tiempos de la dictadura. La clase de situaciones a las que se llega cuando, con supuesta “practicidad”, se anteponen razones políticas y se desprecian las garantías y los procedimientos jurídicos.

Si esa hipótesis fuera cierta, hay una sola solución: entregarles formalmente a los refugiados el documento de viaje al que tienen derecho y hacerles saber que, si no les interesan las ofertas de trabajo que han recibido, las fronteras están abiertas para ellos.

Sí, claro, es una actitud principista. Porque, como seguramente observarán algunas personas “prácticas”, al gobierno de los EEUU puede no gustarle.

Pero la alternativa sería enredarnos cada vez más en una situación escandalosamente violatoria de derechos fundamentales.


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