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INDISCIPLINA PARTIDARIA la columna de Hoenir SarthouUN MOMENTO DE SINCERIDAD

publicado a la‎(s)‎ 15 jun. 2014 11:53 por Semanario Voces

La escena sigue grabada en mi memoria aunque han pasado casi dos semanas desde que ocurrió.

La misma noche del domingo, en la sede desde la que se condujo su campaña para las internas, Jorge Larrañaga reconoce ante las cámaras de televisión el triunfo de Lacalle Pou y asume su propia derrota.

Hasta allí, nada nuevo. Muchos han tenido que hacer lo mismo. En el Uruguay, por suerte, es tradición que quien pierde una elección admita públicamente el resultado y felicite a su rival. Es una práctica saludable, que en muchos países no existe y que  a todos debería enorgullecernos.

Lo peculiar del caso de Larrañaga es lo que dijo después.

Recordemos que su situación era especialmente desairada. Siendo favorito en la interna blanca, con más edad, más carrera política y mucha más experiencia que su rival, habiendo gastado fortunas en publicidad, perdió ante un candidato más joven e inexperiente que, para colmo, le ganó “de atrás”.

Confieso que, mientras esperaba ante el televisor para oír su discurso, sentí  compasión. Imaginé lo que significaría para él tener que admitir una nueva derrota , esta vez ante el hijo de quien le ganó en las internas pasadas. Una derrota cuando tenía todo para ganar. Un golpe muy duro, sin duda.

Sin embargo, a medida que Larrañaga hablaba, mi compasión se fue transformando poco a poco en respeto.

Hay que ser “guapo” en serio para dar la cara en ese momento, asumiendo además personalmente toda la responsabilidad por el resultado.

Pero lo más importante fue la parte final del discurso. Cuando –tal vez por única vez- el ser humano Larrañaga se antepuso al candidato Larrañaga y, con visible dolor, habló casi confesionalmente sobre su futuro. Habló como un derrotado: “Me voy al Río Negro”, “Voy a escuchar mi propio silencio”, “Subiré por última vez las escaleras del Honorable Directorio”, “Yo voy a elegir  mi trinchera”.

Probablemente esos doloridos mensajes de apartamiento y de renuncia fueron un error político. Es decir, no hay políticos jubilados. El político de raza no renuncia ni se retira. Es más, recién está verdaderamente fogueado y es totalmente sólido cuando ha soportado derrotas aplastantes y ha sobrevivido a ellas sin perder la cabeza ni el estilo. Muchas personas muy respetables, metidas circunstancialmente en política, descubrieron que no eran vocacionales de la política al enfrentar una derrota.  Recuerdo por ejemplo el caso de Enrique Tarigo, cuando en 1989 perdió una elección interna con Jorge Batlle.

  

 Si tuviera que apostar, apostaría a que Larrañaga va a volver. Apostaría incluso a que tendrá que comprometerse con la fórmula y con la campaña de su partido. Se lo van a exigir –ya se lo están reclamando- sus propios partidarios, que lo necesitan para defender sus chances en la elección de octubre. Y se lo va a pedir encarecidamente el ganador, que lo necesita para presentar una imagen de unidad y optimizar las posibilidades del Partido Nacional en la elección de octubre, que será muy reñida y se definirá por márgenes estrechos.  Si Larrañaga no volviera, seguramente estaría renunciando para siempre a toda actividad política.

Pero quiero volver ahora a la noche del primero de junio. Esa noche seguí  el conteo de votos  en casa de amigos, todos gente de izquierda, quizá un poco cansados o decepcionados de las prácticas políticas. Observé sus caras a medida que se iban conociendo los resultados. Y hubo un cambio de expresión generalizado cuando “El Guapo” pronunciaba su discurso. De cierta sorna casi “sobradora”, las caras pasaron a una concentrada y diría que respetuosa atención. Cuando el discurso terminó, hubo un momento de silencio. “¡Qué fuerte!”, dijo alguien, aludiendo a la intensidad del momento.  Y todos asentimos en silencio, pensativos.

¿Qué significaron ese “¡Qué fuerte!” y ese silencio? ¿Por qué el drama de Larrañaga salteó las barreras partidarias, generando respeto e incluso conmoviendo a mucha gente que no comparte su militancia blanca?

He pensado bastante en eso en estas semanas.

Es posible que el respeto se debiera a la sorprendente aparición de una realidad humana, el dolor personal ante el fracaso, luego de una campaña satinada y plastificada, en la que todos los candidatos se presentaron como lindos, prolijos, contentos y exitosos. 

Buena parte de la mejor literatura universal narra historias de perdedores. La literatura clásica griega, el romanticismo, El Quijote, Martín Fierro, el tango, la narrativa y en general el arte de la generación “beatnik” o “beat”, por dar sólo algunos ejemplos, encontraron la esencia de la humanidad, o al menos la parte más intensa de la condición humana, en situaciones de derrota o marginalidad.

El éxito encarna el brillo inmediato y se justifica por sí mismo. La derrota tiene una belleza más sutil . Jorge Luis Borges escribió: “Todo fracaso (es) una misteriosa victoria” y “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”.         

Nuestras campañas políticas, nuestra publicidad, nuestros debates, nuestra cultura misma, están cada vez más subordinados a la idea del éxito.

El culto del éxito y el terror a ser o a parecer un “loser” nos han llegado desde hace años, probablemente de la mano con la tradición protestante y la cultura comercial y deportiva de los EEUU.

Explicaciones para ese fenómeno hay muchas. La más simple es decir que el poder económico impone una ideología que lo justifica y sustenta. Incluidas las ideas estéticas.

La consecuencia del culto del éxito es la radical insinceridad de los discursos públicos. De casi todos los discursos, los comerciales, los políticos, los deportivos y hasta los artísticos y culturales. Porque lo importante no es tener razón, ni el acierto de las ideas, ni su honesta exposición, ni su capacidad de dar cuenta de la realidad o de proponer vías para mejorarla. Lo importante es vender, convencer, imponer la moda, captar el voto, transmitir la idea de que se será exitoso y lograr así el respeto y la aceptación acrítica del público.

En el campo de lo político, la religión del éxito genera propuestas superficiales e insinceras y candidatos que nunca pierden, o que, sin desconocer el resultado material, no admiten haber perdido.

En la pasada elección interna, salvo Larrañaga, todos los candidatos de todos los partidos se las arreglaron para considerarse de alguna manera exitosos. Unos porque ganaron, otros porque lograron niveles de votación algo superiores a los más pesimistas previstos por las encuestas, otros explicando su baja votación por ser candidatos únicos, e incluso algunos porque obtuvieron al menos los votos para seguir existiendo.      

Bien se dice que la victoria tiene muchos padres y que la derrota es huérfana.

¿Por qué este artículo a tantos días de las elecciones internas, cuando su momento periodístico ya pasó y sus posibilidades de despertar interés están disminuidas?

Tal vez porque el mensaje es ese: que el culto del éxito nos hace a la vez falsos y esclavos, dependientes de la imagen y de los temas y asuntos que se nos imponen como “actuales”, “importantes” y “de interés público”.

El culto del éxito por el éxito mismo es, de por sí, una idea conservadora. Porque el éxito refleja, en general, la adecuación a lo establecido, a lo aceptado.

Casi toda las ideas y las propuestas que han hecho dar a la humanidad saltos históricos comenzaron por no ser exitosas. Desde la teoría heliocéntrica hasta las teorías de la evolución, de la relatividad y del psicoanálisis, pasando por las corrientes artísticas, filosóficas y de pensamiento que han cuestionado a los sistemas sociales imperantes en todos los tiempos.

El riesgo, la fortaleza ante las críticas, la aceptación de muchos aparentes fracasos y la persistencia en una convicción, sin importar el juicio inmediato de los contemporáneos, parecen ser factores comunes de aquellas  teorías y actitudes que han cambiado al mundo y a la historia.

Este artículo tiene al menos doble lectura. Por un lado, nuestra actitud ante el éxito y el fracaso puede ser leída como un fenómeno cultural de alcances amplísimos. Por otro lado, tiene aplicación a asuntos más concretos y quizá menores, como la realidad política uruguaya y en particular la de la izquierda.

Lo que quiero decir –muchos ya lo habrán adivinado- es que el culto del éxito, sobre todo del éxito visible e inmediato, no es, o no debería ser, asunto central de la izquierda. No al menos de la izquierda como actitud de cambio de la realidad.

Muchas veces, la persecución incondicional del éxito está reñida con la fidelidad a los objetivos profundos de una teoría o de una organización humana.   

El éxito o el triunfo son instrumentos. Cuando se transforman en fines en sí mismos, terminan traicionando la causa de fondo que les da sentido.

Parafraseando a Borges, algunas victorias pueden ser derrotas misteriosas.  

   

 

     

 

 

  


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