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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: ¿Un mundo feliz?

publicado a la‎(s)‎ 4 may. 2016 15:51 por Semanario Voces

El video se llama “La dictadura científica”, es de 1958 y está en Youtobe (también puede verse en mi muro de Facebook).

En él, el escritor y pensador inglés, Aldous Huxley, entrevistado por el periodista Mike Wallace, predice un mundo autoritario de nuevo tipo, en el que, debido a “fuerzas impersonales”, como el aumento de la población y el desarrollo de la tecnología,  las personas pierdan la libertad gustosamente, adormecidas por la publicidad, la manipulación psicológica y quizá por el consumo de drogas, en tanto creen ser cada vez más libres.

Aldous Huxley (1894-1963), conocido como autor de la inquietante novela “Un mundo feliz”,  fue poeta, novelista, ensayista y guionista cinematográfico. Tenía sólida formación en artes y en ciencias, viajó mucho, investigó  la filosofía oriental, experimentó con el consumo de drogas y definió un perfil místico que se insinúa ya en su excelente novela “Contrapunto” e inspira claramente a “El tiempo debe detenerse”.

La entrevista de 1958 (imprescindible verla) parece por momentos anacrónica. El entrevistado, y sin duda el entrevistador, respiran guerra fría, la idea de la Unión Soviética como un enemigo temible que ha eliminado la libertad y, sin embargo, puede conquistar al mundo. Pero hay momentos perturbadores, en los que Huxley parece perforar el tiempo y ver el Siglo XXI con una lucidez que muchos aun no tenemos.

Su tesis es que en Occidente, a mediados del Siglo XX, ya operaban “fuerzas  impersonales” que conspiraban contra la libertad, Según él, el crecimiento exponencial de la población mundial (“sobrepoblación”) presionaría sobre la disponibilidad de recursos naturales, como alimentos y energía, determinando conflictos sociales y mayor complejidad de las organizaciones (“sobreorganización”), que administraran esos recursos. Paralelamente, el desarrollo tecnológico les permitiría a esas organizaciones concentrar el poder y ejercer con más eficacia el control sobre los recursos y sobre las personas.

Puede ser que algunas cosas no sean hoy exactamente como Huxley las preveía, por ejemplo, el control de los recursos naturales parece estar cada vez menos en manos de los Estados y más en las de corporaciones empresariales, pero lo esencial de su mirada o de su intuición es rigurosamente cierto: el control de los recursos naturales valiosos y finitos (petróleo, agua, tierra, minerales, etc.) se concentra progresivamente en manos de organizaciones cada vez más complejas y poderosas que determinan la política, la economía y la guerra, pero también la cultura, el pensamiento, las pautas de consumo y la educación que rigen a la mayor parte de la población del planeta.

La parte más perturbadora de la entrevista es cuando Huxley advierte que esas fuerzas impersonales (sobrepoblación, sobreorganización y desarrollo tecnológico) causarían una pérdida de libertad que, paradójicamente, iría acompañada por una aceptación feliz y casi hipnótica por parte de sus víctimas. Huxley pensaba en la publicidad, sobre todo en la publicidad subliminal, potenciada por nuevos dispositivos tecnológicos, como el instrumento capaz de manipular a los individuos a través de sus impulsos más básicos e inconscientes, haciendo que las decisiones racionales, indispensables para la vida democrática, fueran sustituidas por instintos, pulsiones y temores fácilmente manejables mediante publicidad mediática.     

¿Hemos llegado a esa etapa? ¿Somos ya marionetas más o menos satisfechas en un escenario dominado por fuerzas que no controlamos?

Los seres humanos del Siglo XXI, al menos en la cultura occidental, albergamos dos ideas contradictorias, que conviven esquizofrénicamente en nuestras cabezas.

Por un lado, sabemos que el mundo y la forma en que vivimos están seriamente amenazados. La crisis ecológica y climática, la escasez de recursos esenciales (agua, energía), la tecnología como riesgo potencial para la vida humana, los conflictos culturales puestos en evidencia por guerras y migraciones, el poder del dinero y la insignificancia individual ante los intereses económicos que dominan el mundo,  la inadecuación de las formas políticas y de los códigos jurídicos y morales tradicionales para interpretar las nuevas realidades, son un “fondo de pantalla” cerebral del que no siempre somos conscientes pero que condiciona nuestro  “estar en el mundo”. Vivimos en un sistema económico basado en el desequilibrio feroz de oferta y demanda,  que se defiende a sí mismo diciéndonos siempre  que es el único sistema posible.

Por otro lado, paradójicamente, nuestra “cultura”, la que se expresa en la publicidad y progresivamente también la que pretende estatus político y académico, nos alienta a creer que podremos acrecentar ilimitadamente nuestros derechos, nuestras libertades y nuestras pautas de consumo. Estamos convencidos –incluso contra la evidencia- de que vivimos una era de emancipación individual, en la que todos los deseos, impulsos y ambiciones pueden ser satisfechos, en la que todo puede ser gozado,  gastado o ignorado, sin responsabilidad y sin consecuencias. Curiosamente, suelen identificarse “felicidad” y “libertad” con el goce de experiencias y el consumo de cosas, como si la felicidad y la libertad vinieran desde afuera hacia adentro, y no al revés. Por supuesto, esa posibilidad de goce es una ilusión. Muchas personas no pueden alcanzar esas aspiraciones de libertad, derechos y consumo. Pero, en el imaginario social, esos son los valores y esa la meta. Todos creemos que, en alguna medida, por la vía que sea, algún día comeremos al menos un pedacito de la torta.

¿Cómo atar a esas dos moscas por el rabo? ¿Cómo ser pesimistas en lo global y optimistas en lo individual? ¿Cómo sentirnos más cómodos, libres y felices en un ómnibus que se desbarranca?                

Hay un punto de inflexión en el desarrollo de esa actitud esquizofrénica. Tengo la impresión de que es justo al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En ese momento, la humanidad tomó conciencia de que tenía los medios técnicos para la destrucción del Planeta. Entonces la vida dejó de ser un hecho involuntario. Pasó a depender de lo que los propios seres humanos hiciéramos. Ahora sabemos que ni siquiera será necesaria una explosión atómica para destruirnos. Alcanzará con seguir incrementando los niveles de consumo, de producción y de contaminación ambiental y los conflictos que generan.

En la misma época, fueron relanzados los derechos humanos para fundamentar el juzgamiento de los líderes nazis. Coincidiendo con una etapa de fuertes cambios en la economía mundial, ese relanzamiento abrió camino al actual “discurso de los derechos”, base ideológica de una actitud de insaciables reclamos individuales y corporativos, que terminan sustituyendo a la política democrática como instrumento para las decisiones colectivas y la administración de los recursos. Con la agravante de que quienes suelen satisfacer realmente sus “derechos” son los más poderosos y no los más necesitados.

Casi sesenta años después de la entrevista, hay información que Huxley no pudo conocer. Por ejemplo, confirmamos que la dictadura que él temía no necesita de un Estado totalitario ni de un partido único. Tampoco de televisores que reiteren todo el tiempo un mensaje oficial.

Es posible dominar y neutralizar a la gente por medios más sutiles. Basta con evitar que nazcan ciudadanos. Para ello, se debe reducir la educación al aprendizaje de técnicas parciales y degradadas. Después, se puede abrumar con toneladas de información irrelevante y dar la sensación de libertad mediante la opción entre marcas comerciales, equipos deportivos, candidatos electorales, gustos estéticos, ritmos musicales, estilos de vestimenta y destinos vacacionales.

Pero lo esencial es la imposición de un cierto sentido común de valores superficiales y acríticamente aceptados. Luego se puede introducir en el debate público temas de escasa importancia, que no interfieran con la economía ni con el poder, pero que den la sensación de participar en los asuntos del país y del mundo. Si se los puede cargar con contenido ético y simbólico (la conducta moral de un político, la declaración “políticamente incorrecta” de alguna figura pública, o las costumbres “atrasadas” de una cultura exótica), mucho mejor. Porque nada satisface más que indignarse en nombre de lo moral y políticamente correcto.

¿Cuál sería una actitud crítica frente a ese sistema que, a la vez, amenaza con el abismo colectivo y promete el paraíso individual?

Tal como están las cosas, la verdadera rebeldía pasa ante todo por la autonomía intelectual, una suerte de actitud cartesiana (la del inicio del Discurso) de no dar por bueno nada, ni descartar nada,  sin confrontarlo antes con la experiencia y la propia razón.

Parece fácil, pero no lo es. Porque el sistema perdona muchos “momentos de locura”, pero no tolera que se piense por fuera de sus márgenes.    

         

 

  

 


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